Testimonios

Viví desde 1948 a 1952 -entre los 5 y los 10 años- en Madrid en el Hospital Asilo de San Rafael, regenteado por frailes "Hermanos de San Juan de Dios". Vivian de la caridad pública y atendían a "niños pobres" -aunque bastante habitual, no siempre cierto- muchos de los cuales, por la distancia, no eran visitados por sus familias con frecuencia. La visita, de unas 2 horas, era el domingo  por la tarde: la inmensa mayoría, en aquellas inmensas salas de, al menos, 50 camas, eran solo espectadores de las visitas ajenas. Buen número de aquellos frailes ejercían una solapada violencia ya sea con "sutiles ironías" o gritos desmesurados que pretendían avergonzar a veces por tonterías, sin capacidad alguna para aplicar o enseñar conceptos como la empatía o la justicia. El trato vejatorio era especial ante alguna ligera actitud reivindicatoria -las edades de los enfermos eran de entre 5 y 15 años-, y había algunos especialistas, como el hermano Fidel, encargado de las palizas, labor que llevaba a cabo con fruición, sin hablar y sin siquiera movérsele un músculo facial. Había un hospital en Santander, de similares características, con el que se efectuaban intercambios de "veraneo" -en 4,5 años me tocó un mes-. En Madrid jamás fuí objeto ni me enteré de casos de abusos sexuales, pero entre los que venían de Santander, eran frecuentes los comentarios en tal sentido, de los que  solo los compañeros éramos confidentes. Lo que quisiera destacar son los ingredientes de inocencia y curiosidad que parecían intervenir en aquellos niños al narrar esos episodios, y la percepción intuitiva de aquella "falta" que les hacía guardar un cómplice silencio. Esto me hace pensar que las estrategias de los abusadores diferían de unos a otros y que podían tener tanta variedad como la paleta del pintor, e iban desde los casos más patológicos y desvergonzados que muestran los prontuarios que han salido a la luz, hasta los  más subrepticios que jamás saldrán a la superficie, pues en muchos de ellos -quizá la inmensa mayoría-, tuvieron solamente el pensamiento o la intención perversa y poco más. Éste hecho no los exculpa en absoluto, pero otorga la completa seguridad de que los abusos del clero, desde tiempos inmemoriales hasta hoy, han sido de proporciones abrumadoras, a las que no responden los comparativamente exiguos porcentajes de los casos conocidos o por conocerse.

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