Terrorismo suicida y fanatismo religioso

Afirma Julio de la Guardia en El País (8-2-2004) que los precedentes históricos de este trágico fenómeno se remontan a sicarios y zelotes, dos sectas extremistas judías cuyos miembros no dudaban en arriesgarse a una muerte segura.

En Oriente Próximo radica el origen de la civilización occidental, pero también el de sus impulsos más autodestructivos y nihilistas. Además de las innumerables guerras ocurridas, las que tienen lugar en estos momentos -ya sea de forma abierta, como en Irak, o sutil, como la que libran Israel y Hezbolá- y las que están por llegar, ha supuesto igualmente el banco de pruebas para lo que hoy se considera una amenaza global, a partir de la que toda medida política y de seguridad parece quedar justificada. El terrorismo suicida, fenómeno que alcanzó su clímax en el atentado del 11 de septiembre, nació aquí, para luego crecer y reproducirse indiscriminadamente (en Estados Unidos, Turquía, Sri Lanka, Kenia y Tanzania, entre otros países).

Sus precedentes históricos se remontan a sicarios y zelotes, dos sectas extremistas judías cuyos miembros no dudaban en arriesgarse a una muerte segura cuando atentaban en lugares públicos contra la vida de los representantes del Imperio Romano que en el siglo I antes de Cristo ocupaba su tierra. Este modus operandi fue más tarde corregido y aumentado por la secta musulmana de los asesinos.

Como describe en una de sus obras más conocidas el orientalista Bernard Lewis, estos primeros exponentes del actual extremismo islámico actuaron entre los siglos XI y XIII en el territorio por el que hoy se extienden Siria e Irán. Tanto en un caso como en el otro el fanatismo religioso, orientado bien hacia Jehová o bien hacia Alá, se convertía en la principal fuente de legitimación de la muerte. Asimismo, el cristianismo medieval proclamó una doctrina altamente agresiva, que dio lugar a algunas de las atrocidades perpetradas durante las Cruzadas (tales como los pogromos perpetrados por los cruzados en Europa central cuando se dirigían a Tierra Santa), aunque en este caso se buscaba la muerte ajena mientras se salvaguardaba la propia. Así vemos que, a pesar de que el judaísmo y el islam condenan taxativamente el suicidio, en ellas podemos encontrar los orígenes de esta modalidad de terrorismo.

La manifestación contemporánea del fenómeno -que ahora se reproduce casi a diario en Irak- aparece durante la ocupación de Líbano a principios de los ochenta. Entonces, 241 marines estadounidenses y 58 soldados franceses fallecieron como consecuencia de los primeros atentados suicidas de grandes dimensiones, ocurridos en Beirut. Con ellos, el movimiento integrista chiita Hezbolá marcó el inicio de una fórmula de resistencia, de la que luego, sin embargo, se desmarcó optando por la guerra de guerrillas. Y aunque ahora parezca que las mujeres suicidas hayan surgido con la segunda Intifada palestina, entre 1985 y 1987 al menos cinco se inmolaron en la franja sur y en la capital de Líbano, causando 13 muertos y más de un centenar de heridos.

Según el investigador Nachman Tal, del Jaffe Center for Strategic Studies de la Universidad de Tel Aviv, el primer ataque suicida palestino tuvo lugar en abril de 1993 cerca de la colonia de Mehola, donde un conductor kamikaze detonó su vehículo, causando un muerto y siete heridos. De acuerdo con las estadísticas recopiladas por Tal, se produjeron tres olas de ataques suicidas antes de que estallara la segunda Intifada: la registrada inmediatamente después de la firma de los Acuerdos de Oslo, en septiembre de 1993; la ocurrida tras la masacre perpetrada en Hebrón por Baruch Goldstein (que mató a 29 musulmanes mientras rezaban en la mezquita), en febrero de 1994, y la desencadenada por el asesinato del ingeniero de Hamás, Yihye Ayash, en enero de 1996.

Sin perfil del suicida
La actuación decidida de los servicios de seguridad de la Autoridad Nacional Palestina (a costa de flagrantes violaciones de los derechos humanos de los detenidos, que en aquel momento no parecieron molestar a Occidente, hoy tan comprometido con las reformas de la ANP) hizo que el número y la magnitud de los atentados descendiera notablemente. Y durante el periodo comprendido entre comienzos de 1998 y finales de 2000 la amenaza terrorista alcanzó su punto mínimo, debido fundamentalmente a la fluida cooperación entre los servicios palestinos y los israelíes, a su vez fruto del progreso en el proceso de paz.

Si hasta octubre de 2000 el número de atentados suicidas no llegó al medio centenar, en menos de tres años y medio esta cifra se ha triplicado, sin contar el gran número de intentos frustrados por las fuerzas de seguridad. A este importante incremento hay que sumarle lo que el catedrático de Psicología especializado en terrorismo, Ariel Merari, califica de «ruptura del perfil del suicida». Según Merari, «antes solían ser hombres, de fuertes creencias religiosas, solteros, y de entre 18 y 38 años», mientras que ahora ya no existe ese patrón. Desde el comienzo de la llamada Intifada de Al Aqsa hemos visto cómo el intervalo de edades se estiraba desde los 16 a los 48, las organizaciones radicales laicas se incorporaban a lo que antes hacían sólo las integristas, las mujeres decidían participar en lo que antes estaba reservado para hombres y el tener hijos dejaba de ser un impedimento (la reciente mujer suicida de Erez tenía dos hijos de corta edad).

Ésta, con cada vez mayor incapacidad para prever de dónde puede venir una amenaza progresivamente más impredecible, ha hecho que el Gobierno israelí haya optado por construir un muro de separación que aislará herméticamente Cisjordania, de la misma forma que antes hizo con la franja de Gaza (desde donde no ha partido ningún ataque suicida exitoso en toda la Intifada). Esta barrera -que alterna tramos de valla electrificada con otros de muro de hormigón de nueve metros de altura- se presenta ahora como la panacea antiterrorista.

Pero el último atentado, perpetrado por un suicida procedente de Belén (donde el muro ya ha sido construido), demuestra que, además de las medidas de seguridad estáticas, la tantas veces providencial actuación de los servicios de seguridad israelíes, y la importantísima cooperación por parte de sus homólogos palestinos, es necesario que se intervenga en el ámbito de las motivaciones. Como sugiere el director del Institute for Counterterrorism de la Universidad de Herzliya, Boaz Ganor, «tiene que haber una oferta política que haga posible la paz con los palestinos y permita poner fin al círculo vicioso de la violencia». No obstante, en su opinión, hoy en día compartida por muchos dirigentes israelíes, «esta paz no será viable mientras estén gobernados por Yasir Arafat», al que los servicios israelíes acusan, si no de promover, sí de no hacer nada para evitar los atentados suicidas.

Según el catedrático de Historia del Islam de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Rafael Israeli, lo que ocurre en Oriente Próximo es parte de lo que califica como «una tercera guerra mundial, en la que hay múltiples escenarios en los que se está combatiendo simultáneamente». Israeli, que acaba de publicar su libro Islamikaze, diferenciaba entre aquellas organizaciones de pequeño tamaño y poca aceptación social como la Yihad Islámica o las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, «que pueden ser combatidas por medios militares», de aquellas otras, como Hamás o Al Fatah, cuyos niveles de apoyo popular son tan altos «que es imposible eliminarlas militarmente».

Organizaciones clandestinas
Quizá el mejor conocedor de los entresijos internos de las diferentes organizaciones clandestinas que operan en los territorios ocupados, el ex agente del MI-6 Alistair Crooke, proponía recientemente la creación de una Loya Jirga palestina, siguiendo el actual modelo afgano. En opinión de Crooke, dedicado ahora a la academia tras trabajar varios años como asesor de seguridad del enviado especial de la UE Miguel Ángel Moratinos, sólo la participación de los movimientos islamistas palestinos dentro del sistema parlamentario e institucional permitirá desactivar la llamada «infraestructura terrorista». El reto para Israel con los extremistas palestinos, así como para Occidente con los extremistas islámicos, está en conseguir integrarlos políticamente, que no en eliminarlos físicamente, viene a decir este oficial de los servicios secretos británicos.

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