Te Deum en Bariloche

Una ceremonia católica y multiconfesional para un acto político atentando a la laicidad.

Como cada año, el gobernante supremo de Argentina (actualmente la presidenta Cristina Fernández de Kirchner) asistirá hoy a un Te Deum para dar gracias a Dios junto con (en representación de) todo el pueblo por la emancipación de nuestro país de (parte del) yugo colonial español, que ocurrió formalmente el 25 de mayo hace 202 años. Digo formalmente porque en realidad lo que pasó ese día fue una proclama de un grupo de patricios en la ciudad de Buenos Aires que deseaban gobernar ellos en lugar de ser gobernados por un virrey designado en España, y de esta “noticia” las provincias se enteraron días o semanas después.

El Te Deum es uno de los primeros himnos cristianos. No es un himno de acción de gracias sino de alabanza y sometimiento a Dios. La ceremonia político-religiosa que llamamos Te Deum debe mucho a este himno; tradicionalmente presidida por el obispo local, éste agradece a Dios por lo que consiguieron los hombres, y a renglón seguido pasa a criticar desde su púlpito, como representante de Dios en la Tierra, a las autoridades seculares que tiene enfrente, pasando lista a sus faltas. Este último punto comenzó a verse con regularidad con la vuelta de la democracia; antes de eso la Iglesia Católica se cuidaba muy bien de extremar las críticas a la dictadura militar, aunque cada tanto manifestara soto voce alguna objeción al genocidio perpetrado diariamente por orden de los mismos que luego pasarían a comulgar, arrodillados con sumisa mirada frente al jerarca religioso.

El presidente Carlos Menem, del cual poco bueno puede decirse, soportó con disimulado malhumor las críticas del arzobispo de Buenos Aires cada 25 de mayo durante los diez años que pasó en el poder. Néstor Kirchner no era tan paciente con aquellos a quienes no podía contestarles, y después de una mala experiencia decidió “federalizar” el Te Deum, haciéndose recibir (salvo en 2006) por obispos de otras diócesis, menos políticos o más amigables, con el pretexto de que no era justo que la ceremonia se hiciera siempre en Buenos Aires. Cristina Fernández, su viuda, continuó con la tradición. En la primera oportunidad, en 2008, se anunció que no habría Te Deum (o mejor dicho, que la presidenta no iría a un Te Deum) y que en su lugar se haría una “ceremonia multirreligiosa”. Poco después esta mínima concesión a la laicidad de estado se volvió atrás y Cristina terminó asistiendo a un Te Deum tradicional en la catedral de Salta, donde el jerarca al mando de dicho feudo católico dio lugar a unas palabras de parte de tres pastores cristianos de diferentes denominaciones y uno judío.

En 2009 el Te Deum se celebró en Puerto Iguazú, Misiones, y el de 2010, año del Bicentenario, en Luján, provincia de Buenos Aires (en Luján es donde reside una estatua de la Virgen que supuestamente decidió quedarse allí milagrosamente cuando la transportaban en una carreta; la Virgen de Luján es hoy la patrona de Argentina y el Estado ha pagado para colocar carteles con su imagen a lo largo de todas las rutas nacionales del país). En 2011 Cristina hizo celebrar el Te Deum oficial en Resistencia, Chaco. En aquella oportunidad la Coalición Argentina para un Estado Laico (CAEL) le envió una carta abierta, que reproduje, pidiéndole que desistiera de participar en una ceremonia que no puede ser menos que sectaria y divisiva. No hace falta decir que Cristina no recibió el mensaje.

Este año Cristina asistirá al Te Deum en Bariloche, en la patagónica provincia de Río Negro, con la novedad de que por primera vez participará en el acto un obispo metodista, junto con los demás miembros de religiones minoritarias, incluyendo un representante del pueblo mapuche, a los cuales la Iglesia Católica les permitirá brevemente el uso de la palabra. (La CAEL envió este año una segunda carta abierta a la presidenta pidiéndole que desista.) Según el diario oficialista Tiempo Argentino, este Te Deum será “un termómetro para la relación entre el gobierno y la Iglesia”, afectada por la proximidad de una reforma del Código Civil que incorporaría, por ejemplo, un reconocimiento a nuevas formas de familia. El autor del artículo, Martín Piqué, señala que “implica un límite a la separación entre Iglesia y Estado que debería caracterizar a la democracia liberal”. Resulta esto algo curioso dado que entre los kirchneristas, “liberal” no es un término elogioso; la tradición liberal argentina de fines del siglo XIX se fue perdiendo con el auge del fascismo y el nacionalismo a partir de los años 1920 y recibió su golpe de muerte con el peronismo.

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