Tantos corruptos por banda, no corre el mal, sino vuela

Lo que sí afirmo es que algunos creyentes, especialmente los degenerados y chorizos que abundan granadamente en el PP, consideran que todo les está permitido, porque Dios existe.

No se trata de saber quién fue antes si la jirafa o el avestruz, si el huevo o la gallina. El problema no es de anterioridad o de simultaneidad causal, sino de saber exponencialmente de qué fibras está hecho el ser humano, porque, en cuanto lo dejan suelto, se vuelve una fiera corrupia, capaz de matar, incluso, a la madre que le dio la vida o al perro que le acompañó en sus noches de soledad y de tristeza.

¿Tan mala carrocería se utilizó en la construcción del primer bípedo inteligente? Es una pena que no resucite Darwin y, a la vista de los despropósitos cometidos por este mono evolucionado que él tanto amó, explicara en qué punto de la cadena falló el engranaje de las piezas de este depredador canalla llamado ser humano.

Podríamos preguntarnos si estos políticos corruptos con crisis de moralidad apabullante estaban lastimados ya por defecto de fábrica o se malograron en cuanto se los puso en circulación. O, si como diría el psicoanalista de turno, sufrieron en la infancia algún trauma que los dejó para el arrastre.  

Tanta ambición, tanta facilidad para perpetrar el cambalache, la mentira, el trueque de la ética por una legalidad de mierda, solo es posible en sujetos que de niños sufrieron algún trastorno cerebral o cenital –he dicho bien, cenital, y no genital, no sean mal pensados-, es decir, una frustración en el punto máximo de su esplendor o degradación como niños mimados o abandonados, respectivamente. Bien sabido es que en este país los caminos de la corrupción, como los senderos de Yahvé, son inescrutables, y no hay Lacan ni Freud que aclare el comistrajo armado. Así que por probabilidades explicativas que no falten aunque no esperemos que los propios corruptos nos digan el porqué de sus desmanes. Muchos de ellos, solo hablan de sus pícaras acciones cuando son pillados in fraganti, consiguiendo, entonces, que todo el mundo se entere más si cabe de su nula formación ética.

Algunos pueden pensar que todos valen para sacar a flote al corrupto que llevan en la sangre en potencia, incluso ellos mismos. Consideran que hacerlo es muy fácil. Se equivocan. Hacerte un sinvergüenza público no está al alcance de cualquiera. Es verdad que muchos son los llamados, pero pocos los elegidos para culminar su desarrollo como crápula. No diremos que es necesario seguir un largo y costoso aprendizaje, pero para llegar a emular las hazañas de Blesa o de Rato, de un Granados o de un Majarliza, de un Urdangarín o de un Torres, hacen falta unas tragaderas insaciables, propias de una bestia del Pleistoceno, que no las tiene cualquiera.  

Pero consolémonos un poco. Pues, de hecho, la mayoría de los políticos de este país han dominado al corrupto que llevan dentro, signo esperanzador de que el deseo malévolo de destruir la hacienda pública no está en el objetivo de esos corruptos. Menos mal. Pero advirtamos de que quienes lo consiguen están dentro del sistema, lo que tiene su quid que dijera aquel. Un sistema imaginado para que quienes están dispuestos a perpetrar cualquier tejemaneje criminal puedan hacerlo y, en principio, salir inmunes de cualquier responsabilidad penal. 

Un corrupto de esta calaña no es gente cualquiera. No lo es. Convenzámonos de una vez. Las mentes de esta gentuza no están hechas con la misma sustancia gris que la del resto de los mortales. Su coeficiente intelectual para producir mal es sobresaliente. Están por encima del nivel medio. No estoy diciendo que sean inteligentes, porque no lo son. Pero sí listos, muy listos.

Una persona lista es la que utiliza su inteligencia para sacar provecho de cualquier situación favorable, caiga quien caiga, sufra quien sufra, se muera, incluso, quien se muera.

Una persona inteligente utiliza la misma inteligencia que el listo pero para hacer lo que es justo, lo que es honrado, lo que es legal y, al mismo tiempo, ético.

Una persona inteligente es aquella que cuando observa que entre la legalidad y la moral hay colisión, opta por la segunda y se inhibe de llevar adelante cualquier actividad a pesar de estar respaldado por la contundencia y el peso de la ley. Quien ante idéntica situación obra para sacar tajada personal, es, además de listo,  caradura y  sinvergüenza.  

Como es bien seguro que no devolverán jamás lo que han robado al erario, el Estado debería obligarles a tener un gesto de generosidad con el resto de la ciudadanía.

Un gesto que, si no reparará los daños colaterales causados por sus cohechos, los mitigara la larga. Estaría bien que antes de incorporarse de nuevo a la vida pública, estos brillantes macarras se acercaran al bufete de su notario particular y dejaran en herencia al Estado sus cerebros, los cuales, una vez póstumos y conservados en formol, serían estudiados por la ciencia criminológica.

Un cerebro de esta calaña no se encuentra todos los días en las vitrinas de los zoológicos. Su composición química tiene que registrar alguna variante craneal con el resto de los buenos y ejemplares ciudadanos. ¡Lo que Lombroso habría de disfrutar analizándolos in situ! El bien que podría obtenerse de esta investigación sería de aplicación universal. Hasta el propio Estado podría cobrar sus royalties por su exportación a países que padecen la pandemia institucional de la corrupción, que no son pocos.

Cabe apuntar, finalmente, que es altamente satisfactorio constatar que esta pléyade de relumbrones corruptos es gente de fe, de misa y de convicciones católicas manifiestas. ¿Quiere esto decir que si fueran ateos no habrían actuado de este modo? Para nada. Creer o no creer en Dios no nos exime de cometer cualquier burrada existencial.

Lo que sí afirmo es que algunos creyentes, especialmente los degenerados y chorizos que abundan granadamente en el PP, consideran que todo les está permitido, porque Dios existe. Claro que, si no existiera, también, perpetrarían las mismas sevicias y latrocinios, pero no lo harían con la misma alegría e impunidad con que las cometen, y, menos aún, las justificarían con falacias tan peregrinas. Me explico.

Esta gente de fe y comunión pascual ha estado acostumbrada desde in illo témpore a cometer cualquiera tipo de atrocidad en nombre de ese Dios. Así que, tampoco, extrañaría que sus cohechos, prevaricaciones y demás elementos delictivos de hogaño, los hubiesen perpetrado invocando bajo manga  el nombre de ese mismo Dios que tan bien les ha funcionado como detergente sintético a lo largo de la historia.

Y, como lo que opina Dios es secreto del sumario, al que solo tiene acceso algún Rouco Varela ambulante, pues poco o nada podremos argüir. Ni siquiera dedicarles las palabras del profeta Ezequiel valdrían para conjurar su farsa fundamentalista: “Con terrible venganza y furiosa ira caeré sobre aquellos que intenten envenenar y destruir a mis hermanos. Y sabrán que yo soy el señor cuando ejecute en ellos mi venganza” (Ezequiel 25, 17)-.

Porque, además de mandar al profeta del Antiguo Testamento a una fosa pelágica, asegurarán que aquí los únicos que intentan envenenar a los demás son los otros, y que ellos, a fin de cuenta, se limitan a cumplir los designios de ese Dios fetiche, creado a imagen y semejanza de su instinto de supervivencia crapulosa.

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