Subsidiados

UNA noticia resalta por encima de las otras en el periódico digital; es del lunes y tiene muchos comentarios, gente que opina y protesta, muchos indignados, casi todos diciendo lo mismo. Se trata de las declaraciones del domingo del arzobispo de Granada, pronunciadas en la Abadía del Sacromonte. Preocupado, pedagógico, enfadado y casi ofendido, el señor arzobispo hizo un llamado para romper con lo que nombro como "la mentalidad de pueblo subsidiado", esa que, según el, caracteriza a la sociedad española y que determina que un alto por ciento de los jóvenes aspiren a ser funcionarios. Para el señor arzobispo, esta mentalidad constituye una "enfermedad social" y es necesario cambiarla, eliminarla, y apostar, dijo, por el riesgo. Y agrego que dicho cambio, necesario, estaba relacionado con la fe, pues el riesgo, según el señor arzobispo, es un signo de la identidad cristiana.

Como a casi todos los comentaristas de la noticia, me sorprenden mucho las declaraciones del señor arzobispo. Porque es difícil encontrar, en Espana, otra institución que reciba más subsidios que la Iglesia Católica, y eso a pesar de que, a diferencia de los funcionarios, sus servicios no son para todos, sino, por lo general, sólo para una parte muy concreta de la población. Por ejemplo, cuando hay un fuego, todos sabemos que el funcionario bombero no pregunta cual es la creencia religiosa (o política o de otro tipo) del dueño de la casa, para decidir si lo apaga o no. El funcionario bombero apaga sin mas el fuego, porque es su deber, su obligacion. Un cura, en cambio, solo ofrece sus servicios de consolación a aquel que se arrepiente de sus pecados y a quien está dispuesto, además, a rezar dos padres nuestros. O a quien se ha casado por la Iglesia (por la suya, no por otra), o a quien no es homosexual, o quien nunca se ha divorciado. Así, entre ambos subsidiados, el funcionario público es sin duda mucho más útil, neutral y creativo que el subsidiado de la Iglesia. Pero además, a diferencia del segundo, el primero se arriesga mucho mas. El bombero, por ejemplo, se arriesga a que aquel a quien ha atendido sin preguntar quién era, sea un pirómano y cause, mañana, otro fuego.

El cura, en cambio, se arriesga muy poco: solo trabaja para los fieles, para aquellos siempre iguales a él y a sí mismos. Ser funcionario público es, así, una profesión de mucho mas riesgo que ser funcionario de la Iglesia Católica. Estaría bien, entonces, que antes de mirar la paja en el ojo ajeno, el señor arzobispo viera la viga en el propio; y después, hablara.

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