Soy ateo y merezco un respeto

Cuando era joven atravesé una época en la que busqué mi fe. Me sentía como aquel caballero de las Cruzadas que retrató Ingmar Bergman en El Séptimo Sello. Tras explorar esa inquietud, leer mucho al respecto y sobre todo, profundizar en el sentido antropológico e histórico de la religiosidad, acabé plenamente identificado con el ateismo, según la RAE una doctrina que niega la existencia de Dios o de cualquier divinidad.

Una de mis teorías, que no tiene porqué compartir nadie aunque algunas personas lo hacen, se nutre de una lógica aplastante. La gente suele creer en el Dios que le dicta y exige la cultura religiosa predominante del lugar en el que nace y/o vive. Así pues, una familia de tradición católica nacida en el barrio de Santiago, Jerez (por poner un ejemplo), tiene muchas posibilidades de creer en el Dios cristiano, el mismo que se supone que se manifiesta en tres entes: padre, hijo y espíritu santo. Esa misma familia tendría ínfimas posibilidades de creer en los dioses del Ásatrú, que son varios y tienen origen nórdico y escasa tradición en España. Ya lo decía Rousseau, “La fe es cuestión de geografía“. Con esta lógica del relativismo geográfico se disipa la idea de un Dios universal, situando esta creencia en el ámbito de la construcción histórica y cultural, religiones que han servido en muchas fases de la Historia como herramienta de los poderes fácticos para controlar al pueblo llano y mantenerlo obediente y sumiso.

No solo para eso, también han servido, y no lo discuto, para que el ser humano sienta amparo y cobijo cuando se encuentra en problemas, cuando ve cercana la muerte o simplemente, cuando intuye circunstancias adversas. A muchas personas la fe en ese Dios que aún no se ha manifestado empiricamente le ha servido para superar malos tragos o momentos duros, algunas han salido de la depresión gracias a esa esperanza religiosa. Y yo lo celebro. De verdad. Pero nada evidencia que sea cierta. Sin embargo, me pregunto qué clase de Dios nos dejaría lidiar en un mundo egoísta y cruel que cada año se sumerge en guerras, que es insolidario con los emigrantes, que discrimina a las personas por su condición sexual, que se aprovecha de los ingenuos y no es capaz de dar comida, techo y pan y dignidad a nuestros coetáneos. Como diría el escrito francés Jules Renard, “No sé si existirá Dios, pero sería mejor para su reputación que no“. 

Son muchas las celebridades se han hecho esa gran pregunta, desde Asimov a Bukowski, Frida Kalho, Jodie Foster, Chaplin, Saramago, Erich Fromm, Hemmingway, Stephen Hawking o Woody Allen. Artistas e intelectuales que he admirado, que me han influido y que se manifestaron ateos sin rubor, abiertamente y siempre con respeto a los creyentes.

Ocurre que ese respeto, desde que salí de mi armario aconfesional, no se caracteriza precisamente por su bidireccionalidad. El ateísmo escandaliza a muchas personas, sobre todo mayores, indigna a los ultracatólicos, aburre a los dogmáticos e incluso te cierra puertas laborales y/o sociales. Ser ateo es una profesión de riesgo. Hoy día es mucho más respetado un creyente que un ateo, al que frecuentemente se le tacha de nihilista, de pecador, hedonista, trivial, superficial o transgresor. Una relación causa-efecto falsa, burda y eminentemente incorrecta.

Conozco creyentes que admiten tener una vida interior muy ligera y ateos, como yo, con más preguntas que respuestas, con una inquietud perenne por comprender al ser humano y lo que ha sido, es y será capaz de hacer. La fe no garantiza un nivel de instrospección mayor, esa es otra leyenda urbana.

Otro error bastante tópico es asociar el ateismo con el anticlericalismo, que sí tiene relación pero no en el sentido popular del término. Según la RAE, el clericalismo es la “influencia excesiva del clero en los asuntos políticos”, sin embargo, la gente no utiliza esta acepción. El anticlericalismo en la calle es concebido como la repulsa ante todo lo que huela a Iglesia. Y tampoco es exactamente así. Debería asociarse al rechazo a que el clero maneje y dirija asuntos públicos, con lo cual sí estoy de acuerdo porque creo en un estado laico y no aconfesional. Laico, sin medias tintas. La diferencia es sutil pero importante. Un Estado laico es aquel que excluye completamente el hecho religioso de todos los ámbitos estatales, especialmente en la educación pública. Y me parece adecuado porque entiendo que el Estado no debería imponer una determinada religión a su pueblo. En España existe un trato de favor brutal hacia la religión católica por encima de las 4.200 religiones existentes en el mundo. Aquí la Iglesia se inmiscuye con naturalidad en los asuntos públicos dominando demasiados espacios que son de todas y todos. Es una herencia directa del franquismo, pues la Iglesia fue un claro instrumento de control y represión de Franco y de los falangistas. La Iglesia fue cómplice reconocida de Franco. Aún duran vicios que deberían estar superados, pero que desafortunadamente no lo están.

En el ámbito opuesto, el laicismo no atenta contra ninguna religión pues ni las agrede ni las prohibe, simplemente las excluye del espacio público compartido por la gente.Un Estado debe ser laico. Los estados confesionales terminan mal. Esto va contra la Historia“. No son palabras mías, son palabras del Papa Francisco en mayo del 2015, cuando apostó por una “sana laicidad” en los territorios. Francisco en realidad pronunció estas palabras pensando más en el crecimiento del Islamismo en ciertas latitudes que sobre su propia doctrina, pero que lo dijera él fue una estupenda pieza de hemeroteca.

La Semana Santa, por ejemplo, es una manifestación en la que la tradición religiosa se ha convertido con el paso de los años en cultura popular. Une a creyentes cristianos y no cristianos en torno a un ritual con una escenificación brutal, atractiva y ciertamente pintoresca. Que la gente exprese sus creencias religiosas en torno a unas procesiones no me parece mal, pese a la invasión del espacio público. El problema aparece cuando estas manifestaciones agreden este espacio de forma escandalosa. Jerez de la Frontera es un claro ejemplo: casi dos meses llevan los palcos (lugares reservados al mejor postor) colocados en el centro de la ciudad, perjudicando a los comercios y al turismo, impidiendo el acceso a muchas personas al centro y dañando la imagen de una celebración religiosa que tiene a media ciudad cabreada. Si a esto se le suma que el Ayuntamiento mantiene un acuerdo con la Unión de Hermandades que solo ellos conocen,que nunca se ha hecho público y cuyos detalles nadie puede consultar, el tema empieza a oler mal. Empieza a desprender un tufo a clientelismo.


La Semana Santa jerezana, inaccesible para personas con movilidad reducida.

Y llegados a este punto, volvemos a la doble vara de medir en cuanto al respeto. Los cristianos exigen tolerancia y cortesía ante la Semana Santa, pero después no respetan los intereses de los comerciantes, ni de los vecinos del centro, ni de las personas con discapacidad física ni de nosotros, los ateos. La empatía parece caminar en una sola dirección.

Es más, el otro día pude ver a través de la redes sociales al pregonero de la Semana Santa de Jerez dar la vuelta a la tortilla a la situación actual, y marcarse un discurso —que más bien era una afrenta— de escaso talante, de baja talla intelectual y barnizado de cuñadismo, para finalmente enrocarse en el victimismo buscando el aplauso fácil de los fieles. Parece que el heteropatriarcado cofrade prefiere la confrontación al entendimiento, una actitud poco cristiana que no suma en el terreno de la convivencia. Más bien resta. Y yo prefiero sumar a restar. Llámenme raro.

Y es que hay muchos católicos que confunden el criticar las élites eclesiásticas con atacar a toda aquella persona que tenga fe. Parece que no fuera normal rendir cuentas a quien abusa de su posición religiosa para obtener beneficios patrimoniales (Rouco Varela), al que añora el franquismo,al que consigue favores económicos en un entramado mafioso (el obispo Antonio Ceballos), a quien fomenta la homofobia (Cañizares) o a quien abusa sexualmente del prójimo (hay tantos casos que darían para varios libros). Y esos no son temas religiosos, son temas de corrupción que van más allá de las creencias. Son temas de perversión e injusticia humana.

 En fin, volvamos al ateísmo. El ateísmo debe reivindicarse, y así lo hago, como una creencia más, tan válida, sopesada, respetable y fundamentada como cualquiera otra. De hecho, es, a día de hoy, la más razonable que conocemos pues no tenemos pruebas fehacientes de la existencia de ningún ente divino. Que el ateísmo en España siga manifestándose con la boca pequeña no es casual, es fruto de siglos y siglos de supremacía católica y del poder que aún ejercen ciertos sectores de la Iglesia en nuestra sociedad. 

No se engañen tras leer estas líneas, yo no anhelo quemar ningún templo religioso, apalear a ningún sacerdote, prohibir las ceremonias ni reírme de los fieles que creen en un ente divino, sea cual sea su religión de las 4.200 existentes. Para nada. Esas acusaciones sin fundamento son subterfugios que pretenden llevarse tres aplausos. Lo que defiendo es un ateísmo respetado y respetuoso, una convivencia en armonía en la que los espacios públicos sean neutrales y se reserven los actos religiosos a la esfera privada, donde los dioses estarán encantados de manifestarse ante sus fieles. Ni más ni menos. Y estoy seguro que tú, creyente que lees estas líneas, crees en la convivencia y apuestas por el entendimiento, puedes llegar a comprenderme.

Alejandro López Menacho

Periodista, fotógrafo y diseñador gráfico. Ha escrito en Diario de Cádiz, Rock Estatal, y El Club de los Imposibles. Es director de La Réplica. Participa en Ganemos Jerez.
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