Solsticio de invierno y espiritualidad

Tras la vorágine electoral, que parece nos traerá más vorágines políticas en los tiempos venideros, se nos ha echado encima otra vorágine, la de la navidad. Hace años que intento pasar de puntillas por ella. Nunca me gustó del todo, ni cuando era niña, aunque no entendiera bien por qué; a excepción, claro, de la noche de los regalos de reyes (perdón, de los padres). Y cada año me gusta menos. No me gustan los matasuegras, ni el consumismo desaforado, ni la alegría forzada, ni los belenes, que perpetúan un mito que es eso sólo, un mito.

No me gusta la felicidad programada, ni los villancicos, ni las cenas insufribles llenas de cuñados o similares; no me gustan esas horribles guirnaldas de colores que hieren la más primaria sensibilidad estética, ni me gustan los pavos al horno, ni la gente bebida, ni las misas del gallo, ni ese supuesto “espíritu navideño” que vende un falso amor al prójimo, tan efímero que sólo dura hasta el día seis de enero.  Ni me gustan los escaparates llenos de recién nacidos congelados de otras especies, ni me gusta que se multipliquen por mil las muertes de seres indefensos que llenarán las barrigas de los de los peces en el río y los del falso amor al prójimo. No me gusta la falsedad, ni me gusta la inconsciencia ni la hipocresía, por muy tradición secular que sean.

Ya sé que para muchos eso es ser una rara avis, o un “bicho raro” en términos coloquiales. También yo lo creía; hasta que empecé a encontrarme a más gente como yo. En realidad hay mucha, pero se suben al carro del rebaño, y lo sufren callando. Las consultas de los psicólogos se llenan en Navidad. Se multiplican las depresiones y las distimias, promovidas por ese espíritu navideño que contempla un modelo único e idílico familiar que no es real, es ficticio. ¿Cuántas familias pueden reunirse al completo? ¿En cuántas falta uno o más seres queridos? ¿Cuántas familias son monoparentales? ¿Cuántos ancianos viven solos?

No quiero chafar las fiestas a nadie. No. Al contrario. Quiero exponer, simplemente, que la Navidad no es más que la fiesta cristiana que usurpó las celebraciones naturales precedentes del Solsticio de invierno que, como las Saturnales romanas o la fiesta Yule celta, celebraban el cambio de ciclo de la naturaleza, el final de la oscuridad, la vuelta de la luz, y el comienzo de un nuevo ciclo natural de la vida. Es eso, en mi fuero interno, lo que yo celebro.Y quiero contar que la espiritualidad no es ningún dogma ni ninguna creencia concreta, ni la obcecación en vivir tradiciones absurdas que obnubilan las neuronas y que se han convertido, o quizás siempre lo han sido, en un gran negocio; que la espiritualidad es la vida misma, es lo que existe, es lo que es. Es la enorme belleza del planeta que habitamos, es la inocencia que se puede encontrar en los corazones limpios, y el vivir la vida con plenitud y consciencia, y el querer saber y conocer la realidad que nos rodea, para entenderla y fluir y fundirse con ella. Y espiritualidad es el respeto, y el amor, a lo nuestro, y también a lo de todos. Y es la consciencia de que tenemos el poder de cambiar cosas, de nosotros mismos y del mundo.

Espiritualidad es sentirse parte del todo, es saber que no somos entes separados e indefensos. No, no lo somos. Todos somos una pequeña parte del todo, y todo y todos formamos parte del entramado exquisito de la existencia. Ésa es la verdadera espiritualidad, y el sentido profundo del amor y de la solidaridad. No sentimos empatía hacia los otros porque seamos amorosos, sino porque, en el fondo, sabemos o intuimos que todo y todos somos lo mismo. Según avanza el conocimiento humano nos acercamos más a esa confluencia de la ciencia con lo que llamamos espiritualidad o sentido de lo trascendente. Ahora se sabe que todos los átomos de todo lo que existe son idénticos. Lo que varía es la forma en que se combinan formando las moléculas de cada ser o cada cosa que se manifiesta en la diversidad maravillosa de la vida, esa diversidad que muchos se niegan a respetar. Incluso los átomos de mi cuerpo son idénticos a los de Rajoy, o Cañizares, aunque me cueste creerlo y asumirlo.

En serio, en estos días de consternación, tanto por los agrios resultados de unas Elecciones que no nos han sacado del todo, inexplicablemente, de la voracidad de esta derecha, como dicen algunos “quasi-criminal”, tanto por la algarabía de las fiestas que tenemos en ciernes, me viene a la mente lo estúpida que puede ser la condición humana. Siete millones de españoles han seguido votando a un partido político que lleva años arrasando su país y a sus gentes de manera obscena y canalla. Dudo mucho que esa condición de “homo sapiens” sea real en muchos casos. Estamos aún muy lejos de alcanzar el siguiente escalón evolutivo, que sería el “homo amans”, más que el “homo ludens” de Huizinga. Al menos, en este país en el que parece hacerse veraz la famosa sentencia del periodista norteamericano Edward R. Murrow, “una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos”.

A pesar de eso y de todo, la naturaleza, el tiempo y la vida siguen imparables su marcha. Y, a pesar de eso y de todo, el mundo sigue siendo, aun enormemente maltratado por la especie humana, realmente, maravilloso.

Muy felices fiestas de Solsticio de Invierno a todas las personas de buena voluntad y de corazón, sean lo que que sean, y piensen como piensen.

Coral Bravo es doctora en Filología

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