Solidaridad entre cruzados

Las imágenes que desde el miércoles transmitían los telediarios españoles atenazaban el alma al más ateo. Rostros compungidos cubiertos de lágrimas, cuerpos abrazados en un intento por transmitir consuelo, auguraban otro atroz suceso con los que últimamente nos obsequia la madre naturaleza. No era un tsunami avanzando hacia la península. Tampoco un desastre nuclear promovido por la mano y la estupidez humana. Era que estaba lloviendo y no iban a poder pasear los ídolos católicos por las calles y plazas de la piel de toro (u tora). Rostros crispados y moqueantes encaraban las cámaras de reporteros y con quebrada voz, un tanto gangosa, como de súplica, lamentaban: «todo el año esperando a este día y no para de llover». Una pena muy honda.

No han podido vestirse (es un decir) de cofrades penitentes, con esos ropajes tan vistosos, los unos de túnica morada, báculo con cruz y, en la cabeza, elegante capuz con dos agujeros para los ojos (como los de la ETA pero sin txapela y con cucurucho ascendente, tipo al de las hermandades arias norteamericanas). Otros no han podido lucir como alabarderos de los Tercios imperiales y los que gustan vestir de romano con sandalia primaveral, falda corta y aplumado casco han visto su gozo en un pozo. Las aguas mil de Abril, tan republicanas ellas, han dado al traste con las mayores ilusiones de algunos.

Tantos años sacando el santo pa que llueva, que en el cielo se han hecho un lío. O el dios de los católicos es un cachondo, o un cabrón. O le da pampurrias ver a su hijo (que a la vez es él) medio en pelota picada, amarrado a una columna mientras lo flagelan, crucificado, en resumen, hecho un Ecce Homo, (nunca mejor dicho); y a la madre de su hijo (que no es su mujer, ni su madre a pesar de que su hijo y él son uno mismo) con el corazón partío, contrito y asaetado por vistosos y afilados puñales, venga de llorar y llorar en los diferentes pasos de la que unos encapuchados portan en sus hombros por las calles, acompañados por diversos cuerpos policiales y políticos de diferentes partidos pero similar pelaje que configuran un estado declarado aconfesional.

Cuando todo parecía perdido y la lluvia no paraba de anegar campos y corazones católicos, unos hombres venidos de las colonias africanas del Imperio desembarcaban tras una cabra en Málaga y con un valor sin parangón, desafiando a los elementos y toda clase de adversidades, con marcial paso cogieron al crucificado y entre doce (como apóstoles) le dieron el paseíllo. Alzándolo, en los momentos cúl- menes, con un solo brazo (¡y dos cojones!) mientras cantaban aquello de «soooy el nooovio de la muerte…». ¿Puede haber algo más español que el maridaje entre la mística castrense y la mística católica?

Hay a quien le choca que el viril brazo de un legionario, de un novio de la muerte, un hijo de Millán Astray (el que quería matar la inteligencia), luciese una cruz esvástica. Nada más normal que la ayuda entre esas dos cruces, queridos. Hagan un poco de memoria.

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