Sociedad laica

Incluye el artículo del compañero Eduardo Castro, periodista granadino, y las replicas y contrarreplicas a que dio origen.

LA razón de ser del movimiento laicista en Europa no es acabar con la religión (con ninguna de ellas, por absurdas que a muchos nos parezcan casi todas), sino sacarla del ámbito de lo público y ubicarla exclusivamente en el de lo privado. Al igual que la militancia política, el hábito alimenticio, la inclinación sexual, el gusto musical, la preferencia literaria o la afinidad deportiva, la creencia y la práctica religiosas deben ser siempre una opción libre, individual y privada, nunca obligatoria, gregaria y pública.

Por eso llama tanto la atención esta especie de cruzada desatada en nuestro país para imponer al conjunto de la sociedad civil, a golpe de decretos políticos o chantajes episcopales, la doctrina de un solo grupo, por muy mayoritario que éste sea y muchos derechos históricos o tradicionales que a su favor se esgriman. Porque eso es, precisamente, lo que la nueva Ley Orgánica de Calidad de la Enseñanza, la controvertida LOCE, supone respecto a la Religión: una imposición forzosa en toda regla (legal, pero ilegítima; mayoritaria, pero inconstitucional) hecha al amparo de una mayoría parlamentaria que, además de absoluta, se ha mostrado asimismo absolutista para sacar adelante contra viento y marea la transformación de una asignatura hasta ahora ‘maría’ y voluntaria en obligatoria y trascendental. Juzguen, si no: desde el primer curso de Educación Primaria hasta la entrada en la Universidad o el pase a la Formación Profesional, la Religión, tanto en su opción confesional católica (cuyos profesores seguirán siendo nombrados por los obispos) como en su supuesta alternativa no confesional (cuyos contenidos y criterios han sido denunciados por su tendenciosidad), tendrá un total de 840 horas lectivas, por encima de asignaturas como Ciencias Naturales, Geografía, Historia o Filosofía, y bastantes más que las enseñanzas artísticas o la propia Ética, aparte de contar su evaluación para posibles repeticiones y la nota media del bachillerato, con su consecuente repercusión en el futuro universitario del estudiante.

Por si fuera poco el ataque a la inteligencia (y a un derecho tan elemental como el de la libertad de conciencia) que esta imposición supone, al quedar reflejada en el expediente del alumno la opción elegida se vulnera también algo tan sagrado para los mentores políticos de la polémica ley como la mismísima Constitución, que en su artículo 16 dice taxativamente que nadie será obligado a declarar sobre sus creencias religiosas.

No es de extrañar, pues, que la asociación Andalucía Laica, nacida bajo la matriz de Europa Laica y a iniciativa de la pionera Granada Laica, haya acordado realizar una campaña informativa que, bajo el lema ‘Por una sociedad laica’ y en colaboración con la Confederación de Asociaciones de Padres de Alumnos y distintas organizaciones profesionales, políticas y sindicales, pretende alertar a la sociedad española del grave retroceso civil que la próxima entrada en vigor de la LOCE traerá parejo. Porque resulta ciertamente inadmisible que, en pleno siglo XXI y a respaldo de un Concordato pactado con el Vaticano antes de aprobarse la Carta Magna, se puedan impartir en la escuela pública contravalores como la discriminación de género o la intolerancia hacia opciones religiosas, sexuales o familiares distintas a las del nacional-catolicismo que la Conferencia Episcopal y nuestra ministra-candidata parecen empeñados en devolvernos a nuestro pesar.

Sociedad aconfesional

José Carlos Martínez Gámez,/profesor de Religión. Ogíjares (Granada).

Sr. Director de IDEAL: Tras la lectura en su periódico de un artículo de opinión firmado por Eduardo Castro, titulado ‘Sociedad laica’, y con fecha de 14 de Febrero de 2004, no he podido reprimir la ocasión para dejar claros algunos puntos que pueden dar lugar a algunas confusiones, independientemente del debate que puedan suscitar los distintos argumentos:

En primer lugar, podría calificar de ‘absurda’ la tesis laicista de la sociedad que el autor esgrime, como respuesta al poco respeto que muestra reduciendo las religiónes al absurdo y poniendo en duda la utilidad que la fe produce en millones de personas pero, por cortesía, la respeto y por supuesto, no la comparto.

En segundo lugar, el autor confunde ‘creencia y práctica religiosa’ con enseñanza religiosa (argumento habitual y poco imaginativo de aquellos que defienden un modelo laicista de la enseñanza). Pues bien, la diferencia es clara: la primera se centra en la vivencia de la fe, (donde se incluye la catequesis) y la segunda en la enseñanza de los contenidos del hecho religioso como realidad humana desde una perspectiva histórica, cultural y social. Esta área, según la LOCE, denominada ‘Sociedad, Cultura y Religión’ tiene dos modalidades de opción libre para todos los alumnos: confesional (desde una orientación católica, evangélica, musulmana o judía) o aconfesional (donde no existe una orientación confesional).

En tercer lugar, el argumento gratuito de inconstitucionalidad de este área y de su opción hace evidente el desconocimiento del autor de la Constitución española y de los acuerdos firmados por el Estado español y el Vaticano en 1979, es decir, en consonancia con la Carta Magna de 1978. Según el artículo 16. 1 se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley. Por tanto, la religión puede tener manifestaciones públicas de forma lícita independientemente del aspecto privado. Es cierto que en el mismo artículo se declara que nadie podrá ser obligado a declarar sobre sus creencias religiosas, ¿pero acaso se pregunta sobre la creencia religiosa de los alumnos cuando éstos se matriculan en una opción u otra? Ej: ¿Es usted ateo, agnóstico o creyente practicante, o creyente no practicante, va los domingos a misa …? ¿O simplemente se hace constar la modalidad (confesional o aconfesional) elegida por el alumno o por sus padres? Ustedes mismos juzguen.

Por otro lado, el artículo 27.3 garantiza el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones. ¿Quién quebranta la Constitución?

En último lugar, el culmen de simpleza argumentativa llega a su máximo esplendor con su teoría de los ‘contravalores’ que se imparten en la enseñanza religiosa. Frente a los propuestos por el autor, destacamos algunos de los contenidos del currículo del área ‘Sociedad, Cultura y Religión’: Valor integrador de la sexualidad como don de Dios. Respeto y valoración de ambos sexos. Responsabilidad educativa de la familia (ESO); Las grandes religiónes monoteístas y el cristianismo en la actualidad. Nuevas formas de religiosidad hoy. Fundamentación humana y evangélica de la construcción de la paz y la civilización del amor. El voluntariado en la Iglesia y en otras instituciones (Bachillerato).. ¿Valores o contravalores?
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Tres respuestas a esta carta:

Publicada el 26-03-2004

El Sr. Martínez Gámez (IDEAL 4/3/04) en relación con el debate sobre el laicismo y la escuela, no aborda la naturaleza conflictiva de la enseñanza de la religión en la escuela financiada con fondos públicos.

            Como tantos defensores de las prebendas públicas para la promoción de su fe, confunde la libertad de cualquier persona a manifestar en público sus ideas, convicciones o creencias privadas, en solitario o en grupo, cosa que nadie discute, con la exigencia de un trato privilegiado para las organizaciones religiosas por parte de los poderes públicos, cosa que el laicismo combate.

Lo cierto es que la enseñanza de la religión en la escuela, en la práctica diaria,  produce innumerables conflictos, cosa que no ocurre con otras materias. Y ello es así pues, por la naturaleza fuertemente emocional de la fe, los creyentes toman como ofensa la mera exigencia del cumplimiento de la ley, por lo que el problema es de fondo y no de forma.

Así, se produce un conflicto en el centro cuando algún padre o maestro solicita que se retiren los símbolos religiosos de las aulas u otras dependencias. También es un conflicto, por razones que es prolijo detallar, que los padres exijan que la asignatura alternativa tenga una programación y desarrollo equivalente al de cualquier otra materia. Es un conflicto que se demanden contenidos atractivos para esta asignatura, pues se considera un intento de atraer a otros niños. Es un conflicto que los no católicos promuevan que los niños se matriculen en la asignatura alternativa, tal y como las organizaciones católicas promueven la asignatura de religión.

Por último acabaré citando la existencia de diversas prácticas en colegios religiosos (mobbing educativo) para limitar la libre elección de asignatura e incluso centro a los padres no católicos, de modo que la red de centros concertados religiosos deja de ser oferta educativa pública para serlo sectaria, en el mejor sentido de la palabra.

En conclusión: enséñese cada religión en cada casa y cada templo, y déjese la escuela financiada por todos para la promoción de valores cívicos compartidos por todos y para la enseñanza de materias científicas y humanística por profesionales de la educación.

Rafael Gallego Sevilla

NO PUBLICADA

Ante la carta del profesor de Religión Católica, Sr. Martínez Gómez, el pasado 4 de marzo creo necesario puntualizar algunos conceptos básicos para evitar los equívocos a que estamos acostumbrados quienes defendemos la laicidad.

El laicismo, que no es sino la acción militante de quienes buscan una sociedad laica, no trata de acabar con las religiones, busca una sociedad donde todas las personas puedan convivir. Y por ello respetamos las ideas y creencias de cada cual, pero nos negamos a que las ideas religiosas de unos se hayan de imponer a todos en la ordenación del espacio social público. Sea esto en el ámbito de la ciencia, de la sexualidad, de la moral,… Y ello independiente de las mayorías, al igual que rechazamos un brote racista o de violencia aunque una mayoría de personas haya podido estar de acuerdo. Y esta es la imposición que se pretende hacer con la nueva asignatura de Sociedad, Cultura y Religión como muy bien señalaba Eduardo Castro en un artículo reciente.

La Constitución no establece que la escuela haya de dar formación religiosa. El artículo 27.3 garantiza a los padres el derecho a elegir esa formación, pero no recoge que haya de ser en la escuela, y mucho menos con el carácter de área fundamental. Los padres podrían elegir una formación religiosa y moral para sus hijos tanto en el ámbito familiar como de las propias organizaciones confesionales o ideológicas. Ahora los únicos que en la práctica tienen garantizado ese derecho son los católicos. ¿Y que pasa con musulmanes, evangélicos, agnósticos, ateos,…? ¿Cómo se garantiza su derecho a esa formación?  Fueron unos Acuerdos preconstitucionales redactados en la transición política en 1976 y desarrollados en 1979 los que establecieron esa obligación. La escuela no puede convertirse en un supermercado religioso o ideológico, que por otra parte no haría sino fomentar la segregación y la división entre los alumnos que recibieran cada opción.

No se trata de evitar, ni mucho menos rechazar la cultura de lo religioso como fenómeno social, histórico, artístico,…sino que estos conocimientos tienen que integrarse en el contexto del desarrollo histórico de las sociedades en asignaturas como Ciencias Sociales, Geografía, Historia, Filosofía, Arte…La escuela debe dar una formación científica y humanista basadas en los derechos humanos y los valores democráticos como lugar de convivencia y no segregación. Será así como se pondrán las bases para una sociedad integradora y respetuosa con todos sus miembros, será esta practica la que forme en los valores de la paz, la convivencia pacífica, la solidaridad, de la comprensión,.. esta es la verdadera Educación en Valores.

La escuela no puede utilizarse, ni los ciudadanos pagar a los “catequistas escolares” versus profesores del religión (cualquiera que esta sea) que como delegados de la jerarquía eclesiástica inculcarán  los dogmas y la moral oficial ¿o no es esto lo que se pretende cuando tanto los contenidos como la selección y revocación de los “catequistas escolares” depende de la jerarquía eclesiástica, cuya doctrina sobre temas como la sexualidad, la familia, la ciencia,… han puesto de manifiesto con la Pastoral sobre Familia o las investigaciones con células madre?

   Hoy más que nunca debemos ser conscientes de los peligros que amenazan a la sociedad cuando las ideas religiosas y su cultura de verdades tratan de imponerse o sobrevalorarse. La historia es reflejo de ello. Defendamos una escuela que sea aprendizaje colectivo de convivencia, respetuosa con las creencias e ideas, pero integradas en una concepción humanística común a todos los seres humanos.

                                                                                                Manuel Navarro Lamolda

NO PUBLICADA

Estimado Sr. Director:

Me dirijo a Ud. como profesor de Ciencias Sociales en el Primer Ciclo de Educación Secundaria y en contestación a la carta de D. José Carlos Martínez Gámez, profesor de Religión en Ogíjares.

Yo también quiero dejar claros algunos puntos que pueden dar lugar a algunas confusiones.

En mi centro me han hecho comprender de forma «sutil» que no debía distribuír una escueta información sobre la campaña de CEAPA por una escuela laica; la «compañera» de Religión (su colega) ha llegado a acusarme de manipulación política; otros me han indicado que algunos padres, si quisieran, podrían llegar a denunciarme y que, ya que yo soy libre para repartir tal información, ellos lo son para requisarla si vuelvo a intentarlo, etc, etc.

Estas son las «absurdas» razones que me llevan a pedir libertad de expresión y de cátedra, a  gritar ¡No a la censura! y pedir que la Religión salga de la escuela, y éste es el respeto que muestran los partidarios de esa ideología ante los que pensamos de forma diferente.

La función de los profesores y profesoras de religión es proselitista y, si no la cumplen satisfactoriamente, son cesados por quien también los nombra según su criterio y voluntad: el Obispo de turno (conozco a una profesora de Religión que debe mantener a su hija en secreto porque es madre soltera y a otra que está en paro porque era simpatizante de IU y acostumbraba a tomar unas copas con un compañero a la salida del colegio), mientras que su sueldo ha de ser pagado con el dinero de todos, creyentes o no, tocados por la varita mágica de la fe o no; mientras que los demás, para acceder a un puesto de trabajo en la enseñanza, hemos de pasar por una durísima competencia y selección basada en la preparación pedagógica y los conocimientos científicos.

«La enseñanza de los contenidos del hecho religioso como realidad humana desde una perspectiva histórica, cultural y social» ya forma parte del Área de Ciencias Sociales, Geografía, Historia, Historia del Arte, etc. El pretendido modelo aconfesional, se refiere, entre otras cosas a «valorar» los sistemas éticos y morales propuestos por las diferentes religiones, a «evaluar» las respuestas con las que las religiones han respondido a las preguntas sobre el origen del mundo, de la vida, la muerte,… «valorar» la importancia pasada y presente de la tolerancia y la libertad religiosas, «valorar» las tradiciones religiosas, «valorar» las posturas filosóficas y culturales más significativas sobre la religión…

Y me pregunto, en este contexto, si me tocara ser profesor del Área Sociedad, Cultura y Religión: ¿me permitirían decirles a mis alumnos que el sexo no sólo existe con un fin reproductivo?, ¿me dejarían comentarles que el actual Papa de Roma proclama que el uso de preservativos es pecaminoso mientras el 50% de la población de muchos países africanos muere a causa del SIDA?, ¿podría plantearles que las parejas de hecho son tan válidas como las clásicas?, ¿tendría la posibilidad de comentarles que la pretendida «revolución sexual» de los 70 no tiene nada que ver con la violencia de género?, ¿que la concepción tradicional de las relaciones hombre / mujer es la responsable en gran medida de las muertes de 80 mujeres a manos de sus parejas?, ¿llegarían a denunciarme si les llevo un recorte de periódico que hable de los abusos sexuales con menores en el seno del clero?, ¿qué me puede pasar si llego a plantear la posibilidad de la eutanasia y del aborto?, ¿y si les hablo de las torturas de la Inquisición, de las Cruzadas a Tierra Santa, de Santiago Matamoros, del brazo en alto de los clérigos tras la Guerra Civil, del nacionalcatolicismo, del ideario católico del imperio español, de la censura, del silencio del Papa Pío XII ante las atrocidades nazis…?

Si la religión puede tener manifestaciones públicas de forma lícita, en la misma medida, y sin cortapisas de ningún género, ha de tenerlas el laicismo, el agnosticismo o el ateismo.

Cuando plantea: «¿pero acaso se pregunta sobre la creencia religiosa de los alumnos cuando éstos se matriculan en una opción u otra?» descubre su esencia demagógica y manipuladora D. José, como no puede ser de otra manera en alguien que busca adoctrinar sin querer / poder aceptarlo abiertamente.

Con la LOCE, quienes no tendrán la posibilidad de recibir la formación moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones, serán todos aquellos que no comulguen con la Religión Católica, Apostólica y Romana.

En cuanto a los valores: su opción religiosa carece de autoridad en materia de sexualidad; no puede hablar de valoración de ambos sexos quien prohíbe el casamiento de sus miembros, el que la mujer pueda participar en la liturgia; si de respeto por las creencia hablamos, el laicismo debería tener, en todo caso, la misma consideración que la ideología católica; las relaciones entre las distintas religiones lejos de procurarnos paz han ofrecido sangrientos enfrentamientos a lo largo de la historia de la humanidad; la resignación cristiana y el concepto relacionado de caridad han buscado postergar las reivindicaciones de los más desfavorecidos mientras la jerarquía eclesiástica aplaude al poder terrenal…

Podríamos seguir, pero sólo quiero reivindicar mi derecho a elegir libremente, sin imposiciones.

                                               Atte.: Pedro Laguna Guinea.-

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