¿Socialismo de Iglesias o de Clodomiros?

Siempre me ha sorprendido que al hablar de políticos, sobre todo de izquierda, Gonzalo Puente Ojea comience ponderando, como algo esencial, su formación intelectual, sus fundamentos ideológicos. Pero ¿no da esto igual, no es cierto lo que decía Felipe González: “Gato blanco, gato negro… lo importante es que cace ratones”?

            Todos los socialistas saben que el creador de su partido fue Pablo Iglesias, de hecho este mismo año distintas localidades (como Cádiz y Don Benito) han celebrado con entusiasmo el centenario de una simple visita del fundador del PSOE, la UGT y El Socialista. Victorino Mayoral (Presidente de la Fundación Educativa y Asistencial CIVES, y exdiputado miembro de la Comisión Interparlamentaria por la Laicidad), reflexionando sobre “La asignatura pendiente de la laicidad” (Público, 4-11-13), apelaba, de cara a la inminente Conferencia Política del PSOE, a la “rica tradición” de este partido en los siglos XIX y XX, en la que Iglesias representa seguramente la referencia primordial.

            Pero si uno lee algo de y sobre Pablo Iglesias y examina las acciones del PSOE, se pregunta asombrado qué socialistas —en particular, qué líderes socialistas— han estudiado y asimilado al fundador. Si atendemos al discurso y las actitudes de éste en torno a la Iglesia, la Monarquía, el Ejército y el capitalismo, no los reconocemos entre los dirigentes socialistas recientes, al menos a la gran mayoría de los que hemos conocido desde la transición; parece como si el interés por el gran socialista histórico les hubiera llevado a ver “La vida de PI” equivocada. Me centraré aquí en la cuestión de la laicidad. Aunque nuestro PI era muy consciente de los daños causados por “la alienación religiosa”, precisamente su defensa de la libertad de conciencia podía llevarlo —en ejemplar modo volteriano— a defender los derechos de los creyentes religiosos; contaba Luis Gómez Llorente en 2000 (“Pablo Iglesias: sus ideas, su compromiso político”) que,en un Congreso en el que alguien pidió que se expulsara a los que apoyaran la religión católica, Iglesias dijo: “No ha lugar a deliberar. La creencia individual no hay que entrar en ella”. Pero su oposición al clericalismo, su denuncia de los abusos eclesiales, en definitiva, su laicismo, eran congruentemente radicales. Rememoraba Gómez Llorente que “se oponía sistemáticamente al presupuesto del clero” (se entiende que se refería al presupuesto público). Y, ya que precisamente el 9 de noviembre hace un siglo de las elecciones municipales en las que obtuvieron el acta de concejales por Madrid los socialistas Iglesias y Besteiro, recordemos también con Gómez Llorente que el primero “como concejal armó un gran escándalo porque el Ayuntamiento de Madrid dio fondos para la interminable obra de la catedral de la Almudena”.

Por supuesto, la lectura de Pablo Iglesias requiere un análisis crítico que tenga en cuenta su contexto histórico, pero, hecha esta consideración, para nada queda como un pensador obsoleto (lo que no quiere decir, claro, que no alberguemos discrepancias); el ideal socialista, que incluye como aspecto esencial la laicidad estatal, sigue plenamente vigente. De hecho, si pensamos que después de la muerte de Iglesias se promulgó la Declaración universal de los derechos humanos y la Declaración de los derechos del niño, que recogían aspectos importantes del ideario socialista y laicista, ni siquiera habría que apelar expresamente a éste para sustentar la defensa de derechos derivados de la libertad de conciencia.

Dice Mayoral que “el PSOE a lo largo de su prolongada historia ha figurado entre los movimientos impulsores de la laicidad y en la implantación de un Estado laico en España”. Esta frase me parece un exceso que puede colar entre los muy despistados, si queremos aplicarla a la historia de España desde la transición. El PSOE fue, no ya cómplice, sino coautor (con Peces Barba a la cabeza) de los nefastos Acuerdos con la Santa Sede de 1979, que no hacían sino aggiornar el anterior Concordato, guía del nacionalcatolicismo franquista. Unos Acuerdos preconstitucionales en su gestación y antidemocráticos en su contenido. El PSOE corredactó asimismo una Constitución aconfesional pero que dejaba unas ostensibles grietas abiertas al criptoconfesionalismo (por usar la expresión acuñada por Puente Ojea). También suscribió la lamentable Ley de libertad religiosa de 1980, que acercaba los Acuerdos a la práctica efectiva. Ha sido, además, el mayor benefactor de la Iglesia desde entonces. Con el pragmatismo gatuno de Felipe González y sus pudorosos ronroneos con monseñor Tarancón, empezó a recorrer toda España una profusión de tradicionales romerías y actos piadosos nunca antes celebrados. Encabezados y con frecuencia promovidos por los alcaldes, a menudo socialistas. A ello se añadieron una extraordinaria generosidad económica con la Iglesia católica, y otros síntomas enfermizos, como el recular tras poner al citado Puente Ojea como embajador en el Vaticano. Pero lo peor fue mantener la religión católica, con sus aberraciones morales —sobre todo en materia sexual— y su irracionalismo anticientífico, en la escuela; el falso aperturismo de permitir la entrada en ella a otras religiones no sirvió, precisamente, para mejorar la laicidad en la enseñanza.

Zapatero dio a la clericalla el disgusto del matrimonio homosexual, pero se lo compensó ampliamente, de la mano de la visitacardenales María Teresa Fernández de la Vega; hincaron figuradamente la rodilla, entre otras cosas, aumentando la recaudación de la Iglesia vía IRPF (con lo que se reparaba el agravio de que Europa obligara a la Iglesia a pagar el IVA, válgame Dios). A la hora de soltar pasta a la Iglesia, no le mojó nadie la oreja. Ah, y la religión en la escuela, ni tocarla.

Qué triste es leer ahora a Mayoral (en línea, por cierto, con el citado Gómez Llorente) a propósito de algunas de las prerrogativas de la Iglesia: “Pero el obstáculo fundamental reside en importantes cláusulas de los Acuerdos suscritos con la Santa Sede de 1979 que limitan y condicionan la efectividad de la laicidad posible según nuestra Constitución.” Y respecto a la posibilidad de “denunciar los Acuerdos para su derogación total”: “Siempre es aconsejable buscar soluciones menos conflictivas”.  

Ay, Señor, un socialista tantos años enfrascado en esta cuestión, ¿aún se refiere a ciertas cláusulas de los Acuerdos como el problema, aún es incapaz de ver que la mera existencia de unos acuerdos internacionales con un Estado teocrático y nada democrático, que condicionan gravemente nuestras leyes, que socavan nuestra independencia, es, en sí misma, una absoluta aberración? Especialmente si se aprecia que España no se beneficia en nada con los Acuerdos, y que el objetivo evidente de estos es imponer las normas morales (algunas de las cuales atentan contra derechos humanos y contra nuestra Constitución) y asegurar el beneficio económico de la Iglesia católica. ¿No siente Mayoral rubor al confesar miedo al “conflicto” con la Iglesia si se derogan? Se ve que el conflicto que planteamos quienes defendemos un Estado democrático, no arrodillado ante las sotanas, le parece de poca monta: ¡tal vez tengamos que ser mucho más “conflictivos”!

Lo más lamentable es que la posición de Mayoral sigue siendo la habitual entre los dirigentes socialistas: lean, por ejemplo, a Pedro Zerolo diciéndonos que “Socialismo es laicismo” (Diario Progresista, 7-11-13). Hace unos meses Rubalcaba parecía tener muy claro que España debe ser un Estado laico, y que para eso es necesario denunciar los Acuerdos con la Santa Sede; de hecho, llegó a anunciarlo como una decisión “irreversible”. Se diría que al pasar a la oposición tuvo tiempo de darle un repaso a los principios socialistas, entre los que está en lugar preeminente el laicismo, el rechazo total del confesionalismo.

Pero, amigos, la irreversible decisión de la derogación se ha quedado en la temblorosa “revisión” defendida por Mayoral y Zerolo; ya le ha entrado la eclesiofobia (como terror, no como aversión) o le ha abandonado el desconfesionante. O se le han subido a las barbas los poderosos Socialistas por el Cristianismo (¿o era al revés?) y similares: los Bono, Belloch, Vázquez…, que, en su afán de fundir el socialismo con el cristianismo (léase aquí servilismo a la Iglesia), confunden culos ciudadanos con témporas litúrgicas, gimnasia espiritual con magnesia mineral, y, lo que es peor, laicidad con criptoconfesionalidad (y, si acaso, multiconfesionalidad), olvidando o ignorando lo que Pablo Iglesias y otros prohombres y promujeres establecieron como principios socialistas y republicanos. Creo que, en general, las bases socialistas (y también bastantes creyentes religiosos, como los de las Redes Cristianas) nunca ha comulgado con este beaterío más o menos disimulado, pero hacen de tripas corazón para comprenderlo como “la única estrategia posible hoy día”: es que la sociedad no está madura, y el coste electoral sería excesivo, y… ?tal vez no lo sepas nuunca, /
tal veez no lo puedas creer, / ¡tal veeez te provooque riiisa  / veerme tírao a tus pieees!?
(*).

            Sin embargo, pregúntenles a todos los líderes socialistas y verán con qué convicción explican que sí que quieren un Estado laico, pero (y por este “pero” se escapa toda la laicidad real, sin añadidos lesivos) que defienden una laicidad positiva, inclusiva, moderna… en una palabra, chupi. Presten atención a la musiquita de su discurso, sin atender mucho a su contenido, y les sonará de maravilla. Y es que son Clodomiros. El entrañable Clodomiro el Ñajo de Carlos Mejía Godoy tenía que pedir en la ferretería “una libra de clavos y un formón”, pero por el camino se fue distrayendo… Nuestros Clodomiros (y Clodomiras, claro) tenían que recordar los principios del socialismo, del laicismo, pero se han ido distrayendo: como el Ñajo, se acuerdan bien de la musiquita, ¡pero se les olvidó la letra!

            Después del anunciado reforzamiento de la religión en la escuela y el deterioro de la escuela pública, de las expectativas de retroceso en la ley del aborto, del auge de la caridad frente a la justicia… todo lo que no sea una decisión clara por un verdadero Estado laico será una traición no ya solo a los principios del socialismo, sino a los derechos de los ciudadanos. Esa decisión supone, como paso imprescindible, la denuncia total de los Acuerdos con la Santa Sede, tras lo que se necesita sustituir la Ley de Libertad Religiosa por una Ley de Libertad de Conciencia como la que propone Europa Laica. Sólo así serán posibles objetivos concretos irrenunciables, como sacar la religión —las asignaturas confesionales— de la escuela, lo que supone no contemporizar aceptando (como implícitamente hace Zerolo) un adoctrinamiento o abuso mental optativo, y acabar con otras aberrantes prerrogativas —sobre todo económicas— de la Iglesia, lo que no significa, claro, extenderlas a otras confesiones ni limitar sus derechos de organización privada. Y que dejen de confundirse los intereses públicos con las creencias particulares, de modo que las autoridades y representantes de todos (empezando por el rey) dejen de participar e incluso promover, a título institucional, procesiones, liturgias, romerías y otros actos propios solo de quienes coinciden en ciertas convicciones. Todo ello en beneficio de la democracia —inimaginable sin laicidad—, en defensa de la libertad de conciencia de los ciudadanos, que es un derecho humano fundamental, sustento de otros.

            Para terminar, si quieren un lema con el que abordar estas cuestiones en la Conferencia Política, tomen este, referido al ámbito público: “Más Iglesias, menos Iglesia”.

(*) Milonga sentimental, popularizada por Carlos Gardel (música de Sebastián Piana, letra de Homero Manzi).

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