Sobre secularismo

Nuestros obispos hablan de que en España se da una «ofensiva laicista», algo que suena parecido a si los militares birmanos protestasen porque en su país se produce una «ofensiva democrática».

Nuestros obispos hablan de que en España se da una «ofensiva laicista», algo que suena parecido a si los militares birmanos protestasen porque en su país se produce una «ofensiva democrática». Quizá les vendría bien seguir en la web el interesante debate sobre secularismo –es decir, el paso social de lo religioso a lo civil– suscitado por Paolo Flores D’Arcais, en el que están interviniendo desde hace varias semanas pensadores de la talla de Thomas Nagel, Daniel Dennett, Sam Harris o Roberta Monicelli. Quisiera hacer una pequeña aportación a lo ya dicho por ellos. A mi juicio, hay al menos dos aspectos distintos a tratar. El primero, más personal: ¿Qué papel deben tener las creencias y símbolos religiosos en la vida intelectual de una persona reflexiva del siglo XX? Algunos piensan que no deben tener más que un valor muy limitado, a poca cultura que tenga esa persona: Goethe dijo que quien tiene arte y ciencia ya tiene religión, pero que quien no tenga ni arte ni ciencia necesita una religión.

En cualquier caso, no parece mínimamente honrado ni justificable utilizar soluciones religiosas para perplejidades físicas, biológicas o cosmológicas. Si entendemos por Dios algún tipo de entidad sobrenatural, su intervención parece de poca ayuda informativa a la hora de resolver cuestiones naturales: sólo un Dios sive Naturaleza como el de Spinoza –que no es Dios en el sentido religioso habitual de la palabra– podría cumplir esa función. Pero eso no impide que ideas o símbolos religiosos tradicionales puedan servir para estilizar ideales morales o sociales de compasión, solidaridad, justicia, fraternidad humana, etcétera. Creo que lo expresó muy bien George Santayana: «Las doctrinas religiosas harían bien en retirar sus pretensiones a intervenir en cuestiones de hecho. Esta pretensión no sólo es la fuente de los conflictos de la religión con la ciencia y de las vanas y agrias controversias entre sectas; es también la causa de la impunidad y la incoherencia de la religión en el alma, cuando busca sus sanciones en la esfera de la realidad y olvida que su función propia es expresar el ideal». (Interpretaciones de poesía y religión).

A veces incluso los menos piadosos sentimos deseos de echar mano de alguna referencia simbólica religiosa cuando se arremete injustamente contra valores que apreciamos como básicos: por ejemplo, yo lo he sentido hace pocos días, al escuchar unas declaraciones del premio Nobel James Watson asegurando que las ayudas al desarrollo en África pueden fracasar porque no toman en cuenta que los africanos son genéticamente menos inteligentes que la raza blanca. En casos como éste, como dijo aquel libertino francés, me gustaría que existiese el infierno para los impíos… aunque me pesara.

Pero otra cuestión distinta es la influencia institucional de las Iglesias o, mejor dicho, de los clérigos en la política de nuestras democracias. Ahí creo que habría que ser radical, no en la defensa del secularismo sino del laicismo. La separación entre Iglesia y Estado debe ser neta, sobre todo en aspectos como la educación. Por supuesto, no se debe permitir que la influencia clerical vete ciertas leyes o que pretenda orientar el currículo escolar de los alumnos. En España hoy existe una fuerte polémica al respecto: muchos padres de diversas confesiones religiosas –aunque mayoritariamente católicos, alentados por la Conferencia Episcopal, desgraciadamente muy activa en cuestiones políticas desde su pasado pero aún reciente apoyo a la dictadura franquista– sostienen tener derecho a que sus hijos no reciban otra formación moral en la escuela que la correspondiente a sus respectivas creencias. Es precisamente lo opuesto a lo que yo considero la función pública de los centros de enseñanza. Mi opinión se acerca mucho más a la expuesta por Bruce Ackerman: «El sistema educativo entero, si se quiere, se asemeja a una gran esfera. Los niños llegan a la esfera en diferentes puntos, según su cultura primaria; la tarea consiste en ayudarles a explorar el globo de una manera que les permita vislumbrar los significados más profundos de los dramas que transcurren a su alrededor. Al final del viaje, sin embargo, el maduro ciudadano tiene todo el derecho a situarse en el punto exacto donde comenzó, o puede también dirigirse resueltamente a descubrir una porción desocupada de la esfera» (Social Justice in Liberal State).

Por último, creo importante subrayar que en una sociedad democrática laica –perdón por la redundancia– los críticos de las creencias religiosas deben tener todo el derecho a formular su pensamiento, no en nombre de la libertad de expresión sino por respeto a la libertad religiosa. Porque de la historia universal de las religiones forman parte San Pablo, Mahoma o Dante, pero también Voltaire, Nietzsche y Freud.

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