Sobre multiconfesionalidad

La multiconfesionalidad es hoy en día un hecho lo mismo en España que en la mayoría de los países de la Unión Europea. Es un fenómeno social que sin duda va a más como consecuencia de los importantes procesos migratorios en curso. Es notorio, por ejemplo, que el número de personas que se declaran practicantes del islamismo y del cristianismo ortodoxo ha aumentado de forma importante durante la última década. Según los datos disponibles, el número de practicantes de la religión islámica ronda en España la cifra de setecientas mil personas. Algunos informes recientes elevan la cifra a un millón. Y se calcula que los cristianos ortodoxos, la mayoría de ellos inmigrantes procedentes de los países del Este de Europa, serían unos trescientos mil.

A musulmanes y cristianos ortodoxos hay que añadir algunas otras religiones minoritarias. La minoría más consistente la constituyen los evangélicos, en sus distintas corrientes protestantes, que seguramente superan ya el millón de personas contando a los residentes procedentes de países europeos y americanos. Hay, además, alrededor de doscientos mil testigos de Jehová; treinta mil mormones; unos veinte mil judíos; y están presentes otras religiones con un número menor de practicantes.

La mayoría de la población que en España se declara católica varía mucho si se distingue entre practicantes y no-practicantes. Según las últimas encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas, quienes se consideran católicos constituyen casi el 80% de la población española, pero sólo el 40% dice practicar efectivamente esta religión. Por otra parte, entre agnósticos (11,7%) y ateos (alrededor del 5%) habría ahora en España algo más de seis millones de ciudadanos.

Del análisis de estos datos se puede sacar una primera conclusión provisional, pero relevante para la discusión sobre multiconfesionalismo: el conjunto de los no-religiosos es la minoría más mayoritaria y el conjunto de los que no practican ninguna religión constituye la mayoría absoluta de la población. Esta conclusión, por provisional que sea, tiene importancia para situar las cosas en sus justos términos y no avanzar juicios temerarios sobre conflictos o choques entre religiones. Pues el hecho de que la mayoría de la población esté hoy en día constituida por personas que, considerándose culturalmente católicas, no practican esta religión y por personas que no tienen ninguna creencia religiosa en particular es seguramente el primer elemento que hay que tener en cuenta para explicar que la multiconfesionalidad no se esté viviendo como un trauma, a diferencia de lo ocurrido en otros momentos históricos, sino más bien como una ocasión u oportunidad para el diálogo. Incluso para un diálogo que no se presenta sólo como interreligioso sino como intercultural o entre civilizaciones, puesto que se quiere incluir en él también a aquella minoría que no manifiesta creencias religiosas.

Conviene subrayar que esta situación actual es muy distinta de la que se produjo en otras circunstancias históricas marcadas también por la multiconfesionalidad. No es en absoluto comparable, por ejemplo, a la que se dio en varios países europeos en los comienzos de la modernidad o en los siglos XVII y XVIII cuando la multiconfesionalidad derivó hacia la exclusión, primero de las otras dos religiones monoteístas (islamismo y judaísmo) y luego hacia las guerras de religión en el ámbito del cristianismo. Todo indica que en la situación actual la composición socio-cultual de las poblaciones europeas no admite comparación posible con ninguna de esas otras fases históricas. Y esto, a pesar de que las puntas fundamentalistas de algunas de las religiones que hoy se practican parezcan a veces interesadas en fomentar el choque; y a pesar también de la repercusión que las declaraciones y actividades de algunos de los representantes de estas puntas fundamentalistas de las religiones (sobre todo del islamismo y del cristianismo) están teniendo en los principales medios de comunicación durante los últimos años.

Tiene importancia insistir en esta diferencia socio-cultural respecto de situaciones históricas anteriores para subrayar que una de sus consecuencias es que las derivaciones integristas o fundamentalistas de las confesiones o doctrinas religiosas son ahora minoritarias en el conjunto de las poblaciones europeas. Y se puede añadir que, con diferencias entre los países, esto es un efecto del espíritu laico heredado de la Ilustración y de las tradiciones republicanas europeas. Por encima de esas diferencias entre países, en las que no voy a entrar ahora aquí, se puede observar ese efecto en los dos segmentos que componen la mayoría socio-cultural a la que se ha hecho referencia en el caso de España (y, por extensión, a buena parte de los países de la Europa central, occidental y del sur). El primer segmento, el de los católicos no practicantes, se ha acostumbrado a abordar las diferencias religiosas como un asunto autónomo, es decir, no directamente derivado de lo que se predica en los credos o dogmas de tal o cual religión. Y el segundo segmento, el compuesto por agnósticos y ateos, tiende a considerar las diferencias religiosas como un asunto mayormente privado en el que el Estado no tiene por qué entrar.

Dicho más claramente: el católico que lo es culturalmente, sin practicar ritos particulares de la religión católica, no tiene ahora motivos para enfrentarse con los practicantes de la religión en que él se ha formado; y en todo caso, al criticar el exceso ritualista o dogmático del practicante de otra religión, aducirá los mismo motivos ha tenido para alejarse de las prácticas de la religión en que él mismo se formó culturalmente, en la mayor parte de los casos motivos de tipo pragmático. Por otra parte, quien se declara agnóstico o ateo tenderá a aducir respecto del multiconfesionalismo religioso razones parecidas a las que le han llevado a alejarse de las creencias de la religión mayoritoria en su país.

Esto es lo que, tal como yo lo veo, está ocurriendo de hecho en nuestras sociedades europeas, más allá de situaciones conflictivas, aisladas o puntuales, que habrá que abordar y a las que me referiré luego. Lo que a veces se llama “retorno de las religiones” es parte de la sociedad del espectáculo. Por lo general hay más conflicto en el seno de nuestras sociedades cuando lo que está en juego es el predominio de un concepto confesional o laico en la enseñanza primaria o secundaria (como ha ocurrido en España a propósito de las últimas leyes educativas) que cuando el tema a discutir es la multiconfesionalidad realmente existente, o sea, la forma en que haya que tratar a las confesiones religiosas minoritarias, independientemente de cuáles sean éstas. Puede ocurrir que esa situación cambie en el futuro si, por ejemplo, las minorías de practicantes católicas e islámicas tienden a igualarse en número y proporción, pero hoy por hoy ese no es el caso, puesto que el porcentaje de los no-practicantes supera con mucho el porcentaje de los practicantes de una y otra religión.

Ahora bien, a pesar de lo dicho hasta aquí no se puede obviar que en los últimos años ha habido acontecimientos más o menos graves que revelan incomprensiones de fondo del fenómeno multiconfesional tanto en España como en otras sociedades europeas. Ha habido actitudes y atentados que ponen de manifiesto la persistencia del fanatismo y de la intolerancia respecto de la práctica de las religiones minoritarias. En lo que hace a España, varios informes de fuentes diversas han relatado actos de vandalismo contra instituciones de la comunidad judía en Barcelona, Toledo, Melilla, etc., y actos de discriminación contra comunidades islámicas en varios puntos del país: oposición de vecinos a la construcción de mezquitas, negativas institucionales a ceder espacios para oratorios y actitudes claramente discriminatorias en lo relativo al empleo y el alquiler de viviendas a musulmanes. También ha habido quejas al Estado o a los gobiernos de las comunidades autónomas por parte de representantes de otras religiones minoritarias que hablan de discriminación en el trato que las autoridades y las instituciones dan a las distintas religiones.

Existe, sin duda, en determinados sectores de la población una cierta islamofobia y también existe en sectores minoritarios cierta judeofobia más o menos latente, como sigue existiendo desprecio o incomprensión respecto de los Testigos de Jehová y otras confesiones religiosas minoritarias a las que a veces se alude abusivamente como “sectas”. Respecto de la judeofobia, habría que decir que tiene que ver con la persistencia en España del viejo antisemitismo y a veces con manifestaciones nuevas, derivadas casi siempre de un juicio unilateral sobre el conflicto palestino-israelí. La mayoría de las actitudes y manifestaciones islamofóbicas, en cambio, están relacionadas tanto con el rechazo de otras prácticas religiosas, acerca de las cuales la población tiene muy poca información, como con la xenofobia o el racismo diferencialista de una parte de la población que dice sentir en peligro la propia identidad ante la corriente principal de los flujos migratorios en curso.

Para explorar el futuro de la multiconfesionalidad tiene importancia aclarar cuál de estos dos factores (si el rechazo de otras prácticas religiosas o la xenofobia y el racismo diferencialista) juega ahora un papel más importante, aunque no puede descartarse, obviamente, que los dos factores vayan juntos en algunos casos de discriminación e intolerancia. Hay un dato que parece significativo para orientarse en esta cuestión: el setenta por ciento de los españoles que contestaron hace poco a una encuesta de Sigma-Dos no habían tenido nunca contacto con musulmanes y el cincuenta por ciento de los mismos declaraba que no sabía nada o casi nada sobre el Islam, a pesar de las numerosísimas referencias y reportajes aparecidos en los medios de comunicación durante los últimos años.

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Leer documento completo en el PDF: Sobre multiconfesionalidad 2006 Fernández Buey

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