Sobre la prohibición de las vestimentas

Las prohibiciones en sociedades no regidas por legislaciones religiosas o de origen divino tienen que ver solamente con actos cometidos contra los derechos de otros. Prohibir vestirse de azul o rojo, de blanco o amarillo, con mucha o poca tela, mostrando u ocultando alguna parte, no tiene asidero, pues nada de eso implica afectar los derechos de terceras personas.

La vestimenta es expresión de la intima convicción que tiene alguien sobre como se ve mejor o se siente a sí mismo. Un gaucho no vestirá como rapero aunque los pantalones holgados les sean comunes, a menos que se incline por dicho estilo musical y la parafernalia que le acompaña. Eso podría parecerle mal a sus padres gauchos, al ministro de educación de Argentina o al propio presidente del país, pero a todas luces sería ridículo prohibir la ropa que identifica a un rapero por considerarlo atentado a las costumbre y herencia gaucha o argentina en general.

Las prendas de vestir son parte de la identidad de las personas, identidad labrada y modificada por las prácticas culturales del seno íntimo de cada individuo, empezando por la familia, por ello entrometerse en dicha esfera de libertades es convertir al estado en un agente fiscalizador de las prácticas culturales más intimas. Solo faltaría que supervisen qué forma y tamaño han de tener los pañuelos ante un estornudo.

Que hoy en día en los países llamados laicos se pretenda legislar sobre la vestimenta es un atropello a la razón, a la lógica y a los derechos individuales. En defensa de la libertad no se puede imponer un uso o costumbre mayoritaria en cierto lugar y tiempo. No es coherente con la práctica democrática que exige la mayor tolerancia posible a los diversos usos y costumbres, siempre y cuando no se cometan delitos contra otros. Se vulnera plenamente el derecho individual al exigir cierto tipo de patrón cultural para todos, negando el mismo reconocimiento a todos los habitantes de un país. Se niega a los padres el derecho fundamental a educar a sus hijos según sus creencias, obligándoles a aceptar aspectos relacionados con creencias ajenas. Eso no es cónsono con la libertad ni el derecho.

En Europa existe un clima hostil a lo musulmán, por la creciente presencia de inmigrantes con una alta tasa de fecundidad, sin embargo no es reprimiéndolos legalmente como desaparecerá este fenómeno. Ellos escapan de la crónica crisis económica de sus países de origen, de guerras permanentes y de la corrupción de sus gobiernos. Escapan hacia un “paraíso artificial”, pues la legislación social europea convierte a estos inmigrantes en seres “protegidos” y “favorecidos”. Y eso, lectores míos, no es culpa del Islam ni de los musulmanes, sino de la frondosa legislación proteccionista de la cual la progresía europea se siente tan orgullosa. Es su propia mano la que ha escrito el posible epílogo de una etapa histórica y cultural. La Europa laica y cientificista transformada en Eurabia.

El permitirles quedarse bajo un régimen legal que los iguala con la población nativa no tiene por qué ser motivo para conflictos, a menos que se hayan sentado las bases legales para ello. Esa es la directa consecuencia de la discrimación positiva,  la que trata de “reparar” el daño históricamente causado a los extranjeros. Tan buena intención hoy sirve de pretexto para aterradoras consecuencias, tal como la exigencia de abrir oratorios islámicos en hospitales porque existen capillas cristianas en ellos. Es como para reírse, sino fuese el caso grave y delicado, evidente motivo de hastío y repulsa hacia una minoría que se abre camino por el “favor” político y no por sincera aceptación social.

La derecha europea, para no perder su autoimagen de cristiana o laica, según la vertiente, previene sobre cualquier elemento ajeno a ambas tradiciones y no halla mejor manera que ampliar más la función del estado convirtiéndolo en diseñador de modas. El estado ahora también se encarga de supervisar qué tipo de indumentaria atenta contra la tradición democrática.  Mejor harían en eliminar la legislación proteccionista y dejar que cada quien use lo que quiera en el cuerpo y tenga la libertad para cambiar sin ninguna cortapisa.

Que existan cientos de escuelas en Burdeos, Hamburgo o Bristol con niñas enfundadas en burkas o cubiertas por velos no tiene por qué ser un delito, como no lo es el tener playas y espacios nudistas a las que uno asiste con la familia completa, incluidos los arrugadísimos abuelos y los tiernísimos hijos. Vestirse o desvestirse es un derecho personal, que se basa en la intima libertad de conciencia y creencias.

Regimentarla o regularla es a todas luces autoritario, y la reacción será probablemente un incremento del fanatismo religioso, no su neutralización. La mejor manera de preservar una tradición cultural es dejarla competir con otras, solo pervivirá si es más “efectiva” que las demás. Pero la mayor tradición defendible del mundo occidental es y será la tolerancia. Vulnerarla en casa es entregar a los radicales islamistas y fanáticos religiosos de cada lado el poder que desean para someternos a todos.

Martín Portillo      Director del Centro Cultural Al Andalus

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