Sobre creencias. Las creencias de los españoles

Los ateos (no creyentes o agnósticos escépticos) no tenemos ningún credo. Simplemente, no creemos que exista un Creador personal del universo, ni que una consciencia rija el cosmos o la evolución de los seres vivos. Y vivimos en la práctica sin pensar en Dios (el dios de la mayoría de la gente que nos rodea), ni en ninguna deidad (ninguna otra modalidad de inteligencia rectora, ningún dios personal).

Tampoco creemos, salvo muy raras excepciones, que tengamos un alma espiritual, inmortal o que sobreviva a nuestro cuerpo; ni que exista más vida que ésta que compartimos con los demás seres dotados de ella. No somos, pues, “creyentes” en Dios ni en las cosas que se le suelen asociar.

No existe, que yo sepa, un “manual ateo”, ni “agnóstico”. Y si alguien tuviera noticia de lo contrario, debería saber que la inmensa mayoría de los ateos no seguimos ni ese ni ningún otro manual. Motivo por el cual le invito a comprobar si esa idea tiene fundamento, encuestando a diferentes personas no creyentes, a ver qué tipo de creencias –aparte de las increencias definitorias consignadas supra- compartimos entre nosotros.

Claro está que me refiero a “creencias”, no a razonamientos tipo “carga de la prueba”, “razones en contra de sospechar existencia”, o “a favor de sospechar inexistencia”, ya que este tipo de razones, lógicamente, y en especial desde los diversos hallazgos científicos y señeros ensayos de pensadores añejos y filósofos críticos de cualquier tiempo y lugar, forman parte del “Zeitgeist” (espíritu de los tiempos) que promueve una visión o enfoque filosófico próximo a un agnosticismo escéptico coherente con la que podemos considerar “la actual visión del mundo”: del cosmos, de la vida, del hombre…

No quiere decir lo anterior que sea mejor no ser creyente que serlo, ni tampoco lo contrario. No es difícil comprobar que se puede ser perfectamente moral, humanista, defensor de los derechos humanos, demócrata, solidario, etc., siendo creyente, no creyente o agnóstico intermedio. Tiene tan poco que ver con las variables analizadas como haber nacido en tal o cual lugar, o ser de esta raza o aquella. Recalcando lo dicho, no cabe predecir que una persona sea mejor o peor en base a su fe en un dios personal, en el karma, en la reencarnación, o en un paraíso al que vayan las almas; ni a la falta de fe que tenga en cualquiera de estos entes o propuestas hipotéticas.

Las ideas son sólo ideas. Muchas de ellas son independientes entre sí. Se pueden debatir libremente –desde el respeto personal, y no necesariamente a las ideas- sobre lo que sea. Es un placer hacerlo cuando nos centramos en los argumentos y controlamos las emociones que pudieran dar lugar al típico apasionamiento que lleve al ataque personal. Siendo constructivos, sólo podemos ganar (aprender, mejorar…).

No es lo mismo ser materialista, en un sentido filosófico, que serlo en otro sentido; se puede ser materialista filosófico y una persona muy espiritual o idealista. Y esa misma persona puede ser irreligiosa sin ser anti-religiosa, ni anti-cristiana.

El problema de las generalizaciones es que nunca proceden. (Ni siquiera ésta.) Falsean la realidad y son injustas, no digamos ya cuando se asocian a prejuicios o incluyen el ejercicio de falacias argumentales; o cuando se usan contra personas descalificándolas por aversión o aun con la clara intención de dañarlas moralmente.

El que uno sea ateo, agnóstico (con diverso grado de tendencia al ateísmo, al deísmo o al teísmo) o creyente, es una opción personal bastante irrelevante en cualquier sentido que afecte a otros, y sujeta a un posible cambio. Si hoy considero que la existencia de Dios es tan improbable como un 0,01% de factibilidad, puede que algún nuevo descubrimiento o argumento me la haga parecer más probable –incluso mucho más- o, como ha venido ocurriendo en los últimos 40 años, aún menos. Cada cual hallará razones que expliquen su creencia o su increencia. Las mías incluyen tanto la falta de razones a favor (que podría haberlas: Dios no tendría por qué esconderse, ni pergeñar un mundo que sea perfectamente explicable sin su existencia), como la existencia de razones en contra. Dicho sea sin soslayar que la “carga de la prueba” (“a quien afirme, incumbe la prueba”) afecta a quien haga la propuesta de que exista algo de cuya existencia se dude y no cuente evidencias a favor. Esto es, sólo se puede demostrar la existencia de lo que existe, no la inexistencia de lo que no existe, y no digamos ya si a un ente hipotético carga con atributos como inverificable, incognoscible o indetectable.

Son las personas, no las creencias, las que deben respetarse. Éstas se pueden cuestionar e incluso cabe debatir su coherencia interna como conjunto de ideas. Por ejemplo, si no creo en Dios pero sí en que tenemos un alma inmortal que sobrevive a la muerte, es normal que se me pregunten cosas adicionales. También en el caso de que crea en Dios pero no sepa explicar a qué me refiero, ni aproximadamente, o no creo que sobrevivamos a nuestra muerte. Y no digamos si, como tanta gente (como veremos), me llamo cristiano, pero no creo que Jesús haya existido, o fuera un personaje divino, etc.

Cuando digo que no creo en ninguna deidad, significa exactamente eso. Ni más, ni menos. No cabe imaginar 10.000 deidades y decir que apenas nadie cree en 9.999 de ellas. Se entiende el significado de “ninguna”. Y ello no significa descartar nada constructivo, ni preferir no darle una buena solución a algún problema que la tenga. Creemos aquello que nos resulte creíble, no lo que habría sido “mejor” ni más deseable. Podría ser mejor no morir nunca, o vivir 400 años; y que la despedida de nuestros familiares y amigos no fuera tan definitiva (ni siquiera la de nuestros mejores animales); que no hubiera enfermedades incurables, etc. Pero nada de ello (nos) torna más creíble –me refiero a los agnósticos o ateos- aquella realidad alternativa.

Calificar a alguien con términos despectivos, sólo en base a su creencia o increencia -otra cosa sería, de referirse al dogmatismo, el fanatismo o la intolerancia- dice más del descalificador que del descalificado. Aprovecho para decir, una vez más, que no me siento más próximo a un supuesto grupo de no creyentes -“per se”- que a otro conformado por personas tolerantes y amigas de un debate respetuoso y honesto. De buen rollo. Y éste no es un deseo hipotético que vaya a contradecir en la práctica.

El que alguien comente públicamente su fe, o los motivos de la misma, no lo convierte en dogmático, “ateísta” o “cristianista”. Sincerarse, o comentar las propias ideas o los motivos de las mismas, sólo nos define como ateos, creyentes o agnósticos. Una vez más, el recurso a la falacia del “hombre de paja”, dice más del descalificador gratuito, que caricaturiza al opinante para atacarlo personalmente sin contraargumentar, que del atacado. Aprovecho para recalcar que no tengo interés en hacer proselitismo ateo; entiendo perfectamente que nuestras razones son personales y que la mayoría de las personas están más satisfechas creyendo –o no creyendo- en lo que sea. Pero a algunos nos gusta intercambiar razones, ideas y argumentos, especialmente en plan constructivo. Así aprendemos.

Los motivos para creer son más de índole emocional que racional, esto es, se asocian más a esos sentimientos asociados al ambiente infantil y a la ideología maternal que a un ejercicio autónomo de la razón que se asoma analíticamente a los datos. Nuestra fe, o grado de increencia, no es algo cien por cien voluntario. A pesar de ello, el número de creyentes en todo Occidente ha decrecido sustancialmente en las últimas décadas, pasando a ser inferior al de no creyentes en varios países. Y hace tiempo que lo era en China y Japón.

¿Cuántos creyentes hay actualmente en España y en qué creen?

Es difícil precisarlo más allá de lo que nos muestren las estadísticas del CIS. Durante el último año la cifra ronda los 2,7 creyentes por cada no creyente.

La gente se define así:
—un 68,8% católicos,
—un 2,3% creyentes de otra religión,
—un 15,7% no creyente y un 10,2% ateo (el encuestador sabrá, quizá mejor que el encuestado, cuál es la diferencia),
—un 3% no sabe o no contesta.

Hace cerca de 25 años (octubre de 1994) la relación era de 5,76 creyentes por cada no creyente (o “indiferente”), ya que esos porcentajes eran, respectivamente:
–81,2% católicos,
–1,7% creyentes de otra religión,
–7,8% indiferentes,
–4,6% no creyentes,
–2,0% ateos,
–1,9% otra respuesta, 0,9% no sabe o no contesta.

En otras palabras, el número de no creyentes se ha doblado en este tiempo. Y esa parece ser la tendencia general en el mundo, incluidos los países de América.

Me parece conveniente, hasta donde sea posible a partir de encuestas fiables, profundizar en cuáles son esas creencias que la gente confiesa tener espontáneamente ante un encuestador anónimo. Los datos del CIS, aun siendo fiables, son harto escuetos.

La última encuesta en que se profundizó sobre las creencias de los españoles fue la del “Eurobarómetro Especial 225”, de junio de 2005, elaborada por el grupo británico TNS. Por entonces el CIS –del que echo en falta encuestas similares, y espero que los sondeos sobre religiosidad no sufran la suerte de aquellos que había sobre la institución monárquica- daba resultados intermedios a los referidos ayer (el año 2005 cae en mitad del descenso operado entre 1994 y 2017):
–79,4% católicos,
–2,3% creyentes de otra religión,
–11,0% no creyentes,
–6,0% ateos,
–1,3% no sabe o no contesta.

Esto suponía 4,8 creyentes por cada no creyente (casi el doble de la proporción actual: 70% de creyentes frente al 27,7% de ateos en el barómetro del CIS de abril de 2018, lo que significa un no creyente por cada 2,53 creyentes).

Según el Eurobarómetro (1) , “el 59% de los españoles declararon «creer en un dios», el 21% en «alguna clase de espíritu o fuerza vital» y el 18% en «ninguna clase de espíritu, dios o fuerza vital». Este 18% se parece mucho al 17,4% de “no creyentes” y “ateos” calculado por el CIS por aquella fecha” (unos 5 creyentes por cada no creyente).

Tras lo cual, cabe preguntarse (como D. Antonio Cantó en el artículo reseñado en la nota) en qué creen los integrantes de ese grupo que se considera “católico”.

En el Eurobarómetro de 2008 (nº 69, p. 15-16), se nos dice que “sólo un 3% de los españoles consideran la religión como un valor importante, muy lejos de la paz (45%), el respeto a la vida (42%) y los derechos humanos (38%). En realidad, es el menos relevante de los valores propuestos a los entrevistados, y está muy por debajo de la ya de por sí débil media europea del 7%. Sólo hay un país que le dé menos importancia: Portugal.” (2)

“Más intrigante resulta analizar las características de esa fe católica que afirman procesar la mayoría de los españoles. Si recordamos el Eurobarómetro Especial 225 mencionado antes,
–el 59% afirman «creer en un dios»,
–el 21% en «alguna clase de espíritu o fuerza vital» y
–el 18% en «ninguna clase de espíritu, dios o fuerza vital».

Ahora bien, “si un 76% de los españoles se declaran católicos pero sólo un 59% cree en «un dios» en el sentido clásico, monoteísta, del término… significa que al menos un 17% dice ser católico pero no creer en un dios sino, en el mejor de los casos, en «alguna clase de espíritu o fuerza vital».

“¿Cómo es esto posible?” –se pregunta el científico-. Para responder a esto, analiza los datos obtenidos por una encuesta más concienzuda, la del Obradoiro de Socioloxia (3). Sus aportes coinciden con los del CIS en la parte general: “tan solo un 15,3% de los católicos va a misa «casi todos los domingos y festivos» o más a menudo, y un 26,1% «algunas veces al mes» o «varias veces al año».

Precisando, sólo
–el 73% de los encuestados cree que “Jesús fue un personaje histórico que existió realmente”;
–un 47% cree que Jesús fue “Dios o Hijo de Dios”;
–un 41% cree que nació de una virgen;
–un 43% cree que después de morir resucitó;
–un 41% cree en los milagros;
–un 32% cree que existen los ángeles;
–un 34% cree que un Dios creó el mundo de la nada;
–un 29% cree que Adán y Eva fueron los primeros seres humanos;
–un 41% cree que el alma vive después de la muerte;
–un 27% que existe el cielo;
–un 37% que existe el cielo;
–un 29% que existe el demonio;
–y un 53% cree que existe Dios.

Un resultado así cuestiona no ya que haya –hubiera, en 2005- tantos cristianos [como decían las encuestas superficiales], sino que los no creyentes no se aproximen en número a los creyentes en Dios.

“Más de la mitad de los «católicos no practicantes» –dice D. Antonio- no creen que Cristo fuera Dios o hijo de Dios, que naciera de una virgen o que resucitara al tercer día (curiosamente, tampoco lo creen un 20% de los que se consideran «practicantes»). Y más del 60% no creen en el cielo ni en el infierno, en los milagros, en Adán y Eva, en la creación divina del universo o en la supervivencia del alma tras la muerte.

Extraordinariamente, sólo el 54% de ellos dicen «creer en Dios», lo que viene a aproximarse a ese 59% que, según el Eurobarómetro, «creen en un dios».” “Uno podría preguntarse –continúa- qué clase de católicos son estos, y también por qué se identifican como católicos ante los encuestadores y eligen a la Iglesia Católica Romana para sus ritos sociales”.

“Más curiosa resulta su fe en cuestiones esotéricas y paranormales, que entre los no creyentes es residual, desmintiendo aquella frase de G. K. Chesterton según la cual «quien no cree en Dios cree en cualquier cosa». Por el contrario, más del 15% y hasta la cuarta parte de los católicos (practicantes y no practicantes) tienen fe también en la astrología (24% de encuestados), el mal de ojo (21%), la reencarnación (14%), los fantasmas (16%), la videncia (15%), la comunicación con los muertos (14%) y la existencia de personas con poderes maléficos, como las brujas (19%); todas ellas, creencias heréticas e incluso malignas según la doctrina católica.”

Pueden ustedes revisar los datos y profundizar en las respuestas dadas según la adscripción de los encuestados a un grupo u otro. Un 89% de quienes se consideran católicos practicantes dice creer en Dios (un 11% de ellos no cree). Este porcentaje es del 54% en los que se definen como católicos no practicantes (un 46% no cree). Los no creyentes y ateos dan un coherente 0%.

Cree que tenemos un alma que sobrevive a la muerte el 72% (contra un 28%) de los católicos practicantes y sólo un 34% de católicos no practicantes (contra un 66%); y también un curioso 14% de no creyentes y ateos (contra un 86%).

Cree que Dios es el creador del mundo (de la nada) un 68% de los católicos practicantes (un 32% no lo cree), un 26% de los católicos no practicantes (contra un 74%) y un curioso 3% de los ateos y no creyentes.

Otras creencias dan los porcentajes siguientes, respectivamente, para católicos practicantes, católicos no practicantes, y ateos y no creyentes:
–existieron Adán y Eva (58%, 25%, 2%),
–existe el cielo (71%, 31%, 2%),
–existe el infierno (49%, 24%, 0%),
–existe el demonio (55%, 26%, 3%),
–existen los milagros (67%, 36%, 14%).

[Otras cuestiones no dejan de ser curiosas. Por ejemplo, un 13% de católicos practicantes, un 17% de católicos no practicantes y 8% un de ateos cree que es posible comunicarse con los muertos; y un 22%, un 19% y un 9%, respectivamente, cree que existen brujas o personas con poderes maléficos.]

Parece claro que uno de cada tres católicos practicantes y tres de cada cuatro no practicantes, no son, en realidad, creyentes. Y que uno de cada 30 no creyentes es, en realidad, creyente.

Mi conclusión particular es que los católicos-católicos (que compartan los dogmas exigidos para serlo, es decir, aquéllos cuyo cuestionamiento hubiera supuesto ni más ni menos que la intervención de la Inquisición) rondan más o menos el 7% de nuestra población. Y los no creyentes se aproximan a la mitad.

“Nuestro país –continúa D. Antonio Cantó (4) – aún se halla en la zona media-alta de la religiosidad europea, con Francia y varios países nórdicos y bálticos en la parte inferior, mientras que Italia, Polonia, Portugal, Grecia, Chipre y Malta (y Turquía, si entrara en la Unión) son los más creyentes.

España, pues, sigue inmersa en la tendencia general de secularización, sincretismo y pérdida de religiosidad organizada que viene caracterizando a las sociedades europeas. (…) Esta tendencia se ha plasmado claramente en la última década. Más allá de la denominación que se dé, los españoles están abandonando los templos a millones. Cabe reseñar que 2004 fue el primer año en que el número de ateos y no creyentes superó al número de católicos que participan en los oficios todos o casi todos los domingos y fiestas de guardar o más a menudo”.

Por otro lado, decrece el número de sacerdotes y religiosas, cuya edad media superó los 60 años hace mucho. El número total de sacerdotes diocesanos descendió de 24.300 en 1975 (uno por cada 1.441 habitantes) a 19.307 en 2005 (uno por cada 2.285 habitantes), y en ese plazo de tiempo al menos 6.000 de ellos contrajeron matrimonio.

El científico se pregunta por la razón de este descenso. Y trata de responderse (5).

El declive progresivo de las creencias religiosas de los españoles no es sino parte del que se está operando en los países de Occidente.

“Se oye con frecuencia en los ámbitos más ultras del catolicismo –reflexiona D. Antonio- que este retroceso de la fe organizada se debe a la pérdida de referentes claros (queriendo decir duros), al aggiornamento de muchos sectores religiosos que ellos perciben como tibieza, cuando no traición. También acusan de la caída a un percibido anticlericalismo sociopolítico «que juega a la contra» y que tiende a repetir los clichés de otros tiempos: masonería, comunismo, izquierdismo, homosexualismo, judaísmo… Inevitablemente, disiento con ellos. Ese es un análisis facilón e interesado, acomodaticio, que obvia numerosos hechos históricos, filosóficos y sociológicos a gran escala.”

Entre estos, D. Antonio resalta los siguientes:

– Cosmovisión. Los dogmas inamovibles y la autoridad doctrinal, esenciales al hecho religioso organizado, son fundamentalmente incompatibles con las sociedades democráticas abiertas. Una sociedad que fomenta la individualidad, la pluralidad y el libre pensamiento difícilmente aceptará, al menos de forma mayoritaria, un conjunto único de verdades reveladas establecidas por un grupo único de individuos elegidos a quienes no se puede discutir.

– El extraordinario progreso de la ciencia y la técnica a lo largo de los últimos siglos ha ido ocupando muchos espacios que anteriormente regentaba la religión. Aunque ninguno de estos avances resulta devastador para la creencia tradicional, en conjunto ofrecen explicaciones cosmogónicas y beneficios materiales que diluyen las explicaciones y beneficios de la fe.
En la sociedad actual, muchas personas sólo consideran válido el conocimiento obtenido por métodos análogos al científico –datos, pruebas, razonamientos, aunque sean más o menos sesgados–.
En sociedades así, las búsquedas de la verdad por fe, por revelación o porque lo diga un libro o un hombre antiguos carecen de credibilidad. Pueden funcionar en circunstancias muy emocionales o de aislamiento, pero después se van debilitando ante el predominio del pensamiento racional.

– Pérdida de liderazgo. Se deriva de las dos anteriores. En el pasado, las religiones organizadas tenían a los principales creadores de pensamiento, opinión y filosofía. Pero los tiempos de Santo Tomás de Aquino o Guillermo de Occam pasaron hace mucho, y hoy esos creadores se hallan en otros ámbitos: las empresas, la política, los medios de comunicación, el mundo científico. Y las religiones organizadas van a rastras, ya no poseen las cabezas más brillantes, y se adaptan mal y lentamente a las innovaciones.

– Valores desadaptados. En otros tiempos, las sociedades evolucionaban muy lentamente. Las sociedades modernas se transforman a gran velocidad. Poco a poco, los valores tradicionales pierden su sentido conforme las personas se adaptan a nuevas formas de vida y pensamiento. Una buena parte de esos valores ya no sirven y sus proponentes van perdiendo audiencia, interés y respeto.

– Pluralidad de oferta. Desaparecidas para bien las religiones de Estado en el mundo occidental, y existiendo sociedades abiertas y plurales, las creencias organizadas convencionales tienen que competir constantemente con otras ofertas que para la mayoría del público resultan más agradables y adaptativas.

– Conflictividad sociopolítica. La frecuente asociación de las religiones organizadas con determinados ámbitos del poder u opciones políticas específicas aleja a los sectores sociales que no están de acuerdo con las mismas.

– Pérdida de crédito social y distorsión perceptiva. Como consecuencia de todo lo anterior, el abismo entre amplias capas de la sociedad y las religiones organizadas se amplía cada vez más, y las vías de comunicación se van cortando. Por razones de psicología grupal, la gente religiosa va perdiendo sensibilidad sociológica y no comprenden, o les cuesta aceptar, lo que millones de personas piensan o desean de ella. En el proceso, dejan de comprender qué mueve a la gente, y poco a poco, a veces por escándalos y a veces a la chita callando, pierden crédito y respeto. Todo lo cual refuerza los demás elementos, en un círculo vicioso sin fin que termina generando, por un lado, un núcleo de partidarios duros entre los duros, y, por otro, una creciente animadversión o indiferencia.

“Pienso que las religiones organizadas, en su forma actual, no tienen la capacidad de superar estos problemas en el medio y largo plazo. Con altibajos, como todos los procesos históricos, seguirán languideciendo. Estos procesos son lentos, y pueden tomarse generaciones, con avances y retrocesos.”

“Pero observando lo ocurrido en los últimos 250 años y particularmente en el reciente medio siglo, el proceso parece irreversible. En las sociedades contemporáneas, las religiones tradicionales están atrapadas en una trampa mortal: o mantenerse fieles a su doctrina con el apoyo de un grupo de incondicionales cada vez más reducido y una animadversión social cada vez mayor, o abandonar sus dogmas y entonces dejar de existir para transformarse en otra cosa. Yo no sé si Dios habrá muerto o no, como dijera Nietzsche. Lo que sí sé es que, a este paso, las religiones tradicionales terminarán desapareciendo en las sociedades abiertas. Quizás, lo último en perecer serán sus formas y apariencias externas. Después, nadie sabe qué ocurrirá, ni si surgirán nuevas formas de espiritualidad, quizá mejores, quizá peores.”

José Manuel Barreda

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(1)TNS Opinion & Social, Special Eurobarometer 225 / Wave 63.1, realizado en enero-febrero y publicado en junio de 2005. Accesible en http://ec.europa.eu/public_opinion/archives/ebs/ebs_225_report_en.pdf, y reproducido por Yuri (el científico Antonio Cantó y bloguero de: http://lapizarradeyuri.blogspot.com (El estado de la religión en España 2009. Secularización e indiferencia generalizada, diversidad, sincretismo y lento ascenso del escepticismo caracterizan a la sociedad española del siglo XXI.)

(2) Yuri: http://lapizarradeyuri.blogspot.com (El estado de la religión en España 2009).

(3) Muestra agregada de los Publiscopios elaborados por el Obradoiro de Socioloxia entre septiembre y diciembre de 2008, con 12.800 entrevistas realizadas mediante sistema CATIA. Margen de error: 0,7%.

(4) http://lapizarradeyuri.blogspot.com (El estado de la religión en España 2009).
Aunque sean, precisamente, los países de Europa y los EEUU los que han liderado esta transformación moderna, la explicación no debe ser de índole paradójica. (Pienso en aquella hipótesis de que el cristianismo incluye el germen de su superación, vía humanismo, Ilustración, ciencia y derechos humanos… Lo que, en cierto modo, suena a desvarío. ¿Conduce al ateísmo? No lo creo…

(5) http://ec.europa.eu/public_opinion/archives/ebs/ebs_225_report_en.pdf, y reproducido por Yuri (el científico Antonio Cantó y bloguero de: http://lapizarradeyuri.blogspot.com (El estado de la religión en España 2009. Secularización e indiferencia generalizada, diversidad, sincretismo y lento ascenso del escepticismo caracterizan a la sociedad española del siglo XXI.)

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