Símbolos religiosos, ¿reliquias del pasado o señas de identidad?

Desde su llegada al poder, el Gobierno Zapatero apuesta por un “laicismo moderno”, al estilo francés. Y legisla en función de ese modelo. La derecha, por su parte, pone el grito en el cielo y lo acusa de querer cambiar la estructura actual del Estado de aconfesional a laico. La lucha entre Dios y la laicidad. Una contienda que se dirime en los despachos, en el Parlamento y en la calle. Y que afecta incluso a la presencia pública de los símbolos religiosos. ¿Hay que mantener el crucifijo en la escuela, por ejemplo?

El país ha pasado de la España del Franco “caudillo de España por la gracia de Dios” a un Estado constitucionalmente “aconfesional”. Con un Gobierno socialista que declara que “la Iglesia católica debe saber que esto es un Estado laico”. La Iglesia responde que laico no es sinónimo de laicista. Una lucha de términos que esconde la vieja cuestión de la separación Iglesia-Estado. El papel de Dios y del César en una sociedad multicultural y multirreligiosa como la España de hoy.

Un papel que se plasma en símbolos y ritos religiosos. Para la Iglesia, signos de nuestra identidad. Para los laicos, “reliquia del pasado”, como los definió el propio presidente Zapatero. No hay términos medios. De entrada, la Iglesia presenta datos y hechos irrefutables. Y es que, por mucho que haya cambiado, la otrora “reserva espiritual de Occidente”, sigue oliendo a religión católica por los cuatro costados. En cifras: el 80% de los españoles se declara católico y 9 millones siguen yendo a misa todos los domingos.

Y en presencia social del catolicismo. Iglesias, campanarios, torres, conventos, colegios, seminarios, basílicas y catedrales pueblan la geografía española. Se mire a donde se mire, uno se topa siempre con alguna muestra de patrimonio religioso. Es la omnipresencia de lo religioso en la vida de la gente.

Los sacramentos han bajado mucho en la cotización popular, pero la inmensa mayoría de los españoles sigue bautizando a sus niños, casándose por la Iglesia y enterrándose en sagrado. Aunque muchos curas denuncien que algunos sacramentos (por ejemplo, las primeras comuniones) se “están convirtiendo en meros ritos sociales”.

Pero ahí están, modulando el ciclo vital de la gente a nivel personal y familiar. Pero también social. Los grandes eventos sociales rezuman simbología religiosa. Hacer un elenco de todos los acontecimientos firmados por la cruz, sería prolijo. Citemos sólo algunos.

Piedad popular.

España entera se echa a la calle detrás de la cruz. En el norte, en el sur y en el centro. Y en las procesiones de Semana Santa hay más que folclore. Son pura exhibición de simbología religiosa. Y lo mismo pasa en las fiestas patronales de todos los pueblos de España.

Todas las profesiones tienen su santo patrón. La cruz aparece en muchas banderas españolas, entre ellas en la de Asturias. Los equipos de fútbol rubrican sus hazañas deportivas, entregando sus trofeos a diferentes vírgenes. El Madrid, a La Almudena; el Barcelona, a la Virgen de Monserrat o el Valencia, a Nuestra Señora de los Desamparados. La inmensa mayoría de los nombres españoles son religiosos. Y lo mismo cabe decir de los topónimos. Desde San Sebastián a Santa Coloma de Gramanet.

Los símbolos religiosos permean, pues, la vida social, pero también la política e institucional. Se juran los cargos de ministros ante un crucifijo y sobre la Biblia, aunque, desde hace unos años, también se puede prometer. La cruz preside las escuelas y las salas de los tribunales. El funeral de Estado por las víctimas del 11-M se celebró en la catedral de La Almudena. Y tanto el Rey como el presidente del Gobierno realizan todos los años la ofrenda al apóstol Santiago en la catedral de Compostela.

Expresión de identidad.

Con todas estas realidades a su favor, los obispos lo tienen claro. “Un Estado no tiene por qué renunciar a sus señas de identidad y desvestirse de cualquier rito o símbolo que haga referencia a su cultura, a su historia. Un Estado sin identidad propia sería impensable. Los símbolos no dan identidad, pero la expresan”, argumenta el cardenal de Sevilla, Carlos Amigo.

A su juicio, “a un verdadero creyente no le molestan los signos religiosos, sino la vejación que se pueda hacer de ellos”. Además de eso, lo que le preocupa al purpurado andaluz es que se sigan inventando ritos y símbolos puramente laicos como “bandera de un laicismo poco menos que perseguidor de todo lo religioso”. O como dice el arzobispo de Santiago, Julián Barrio, “lo negativo es que se quiera reducir la religión a la esfera de lo privado y subjetivo”.

Por la catedral de Santiago pasan todos los años los Reyes o sus legados y políticos de todo el arco parlamentario para hacer la ofrenda y abrazar al apóstol. Acostumbrado a estas situaciones, el prelado gallego reconoce que “entre los espiritual y lo temporal hay un espacio fronterizo incierto y, de ahí, la tensión que surge a veces”.

De todas formas, monseñor Barrio asegura que los ritos y los símbolos religiosos “no tienen razón de ser como símbolos del Estado, sino como parte de una sociedad con una conciencia religiosa dentro de un Estado que en su condición de aconfesionalidad o laicidad ha de respetar todas las creencias”. Desde esa perspectiva, “es oportuno tenerlos como referente, porque impregnan las tradiciones, el modelo de vivir y la cultura”. Y concluye el prelado gallego: “La cohesión social y la paz no se logran retirando la religiosidad característica de una cultura”.

Porque, como argumenta Rafael Navarro-Valls, catedrático de Derecho Canónico de la Complutense, “la aconfesionalidad del Estado no exige la retirada de cualquier símbolo que ostente un carácter religioso”. De ahí que el catedrático del Opus Dei sostenga, al igual que el Consejo de Estado italiano, que “el crucifijo sirve para manifestar el origen religioso de los valores de la tolerancia, del respeto recíproco, de la solidaridad humana y del rechazo a toda discriminación”.

Más conciliador, el teólogo gallego Andrés Torres Queiruga explica que la política nació dentro de la religión” y que “la memoria hace la historia, y la memoria tiene historia”. Por eso, a su juicio, “hacer tabla rasa sería crear desierto. Pero mantenerlo todo, sería momificarlo”. En consecuencia, si los ritos y símbolos religiosos “encarnan memoria fundacional, tienen razón de ser”. Pero “cuando se devalúen o creen conflicto, conviene suprimirlos o cambiarlos. Sin discriminar, pero también sin crear desierto simbólico. Debe ser una medida que navegue entre el respeto al diferente y el respeto al que conserva”.

Exquisitamente neutral.

En el bando laico también argumentan. Por ejemplo, Dionisio Llamazares, director de la cátedra de Laicidad y Libertades Públicas Fernando de los Ríos de la Universidad Carlos III de Madrid, única en España, dice que “no casa con la laicidad la presencia de símbolos religiosos en actividades públicas o en actos de Estado”. Y cita el ejemplo de la cruz en las sedes de la administración de Justicia y en las aulas de la enseñanza pública: “Una y otra tienen que ser exquisitamente neutrales ideológica y religiosamente y la presencia de esos símbolos desnaturaliza esa neutralidad”.

El que fuera director general de Asuntos Religiosos en la época de Felipe González tiene claro, pues, que esos “símbolos deben suprimirse”, sin que ello “provoque enfrentamientos y problemas de convivencia”. Pero sin sustituirlos por otros civiles. “Una religión civil no tiene sentido. La sacralización de la vida civil conduce a sacrificar la libertad de conciencia y, para percatarse de ello, basta echar una ojeada a la historia”.

Victorino Mayoral, diputado del PSOE y presidente de la Fundación Cives, comparte las tesis de su correligionario. A su juicio, los símbolos religiosos en un Estado aconfesional “no tienen razón de ser y deberían suprimirse los que todavía persisten”. Pero Dios se resiste a dejar de ser visible.

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