Siglos separan a anglicanos y católicos

La renovación de los jerarcas de dos de las más importantes Iglesias cristianas del mundo, la católica y la anglicana, ha venido a coincidir en un momento en que las confesiones de Occidente viven tiempos de creciente desafección. El papa Francisco (que asume el pontificado romano tras la sorprendente renuncia de Benedicto XVI) y el nuevo arzobispo de Canterbury, Justyn Welby, comienzan su trabajo cuando el 16,3% de la población mundial no se identifica con ninguna de las religiones existentes, según un reciente estudio del think tank estadounidense Pew Center.

Aparte del tamaño (hay más 1.000 millones de católicos y unos 80 millones de anglicanos), muchas cosas separan a ambas confesiones cristianas: por ejemplo, el celibato que han de cumplir los curas católicos no pesa sobre los anglicanos. Sin embargo, los retos de Francisco y Welby gravitan en torno a los mismos temas: la homosexualidad, el papel de la mujer o los escándalos de abusos.

El pastor ejecutivo

Justin Welby fue quizás el primer sorprendido por su llegada a la cima de la Iglesia de Inglaterra. Nacido el 6 de enero de 1956, no abrazó el sacerdocio hasta bien cumplida la treintena y después de pasar 12 años como ejecutivo en la industria del petróleo. Su carrera pastoral ha sido aún más meteórica: necesitó menos de 20 de sacerdocio para ser obispo y menos de 12 meses para saltar del obispado al arzobispado.

La agenda que le espera no es muy distinta de la del papa Francisco: la supervivencia de la religión en un mundo crecientemente secular, el papel de la mujer en la Iglesia y las inevitables cuestiones sexuales: la posición eclesiástica ante la homosexualidad y el problema de los abusos a menores. Esta última cuestión no ha tenido en la Iglesia de Inglaterra, ni por asomo, el mismo impacto que en la católica.

El caso más relevante se acaba de cerrar con condenas de cárcel en la diócesis de Chichester y obligó al anterior arzobispo, Rowan Williams, a abrir la primera investigación diocesana desde 1890. Aunque más parece un caso aislado protagonizado por dos vicarios que un problema endémico, el hecho de que los abusos, cometidos en los años setenta y ochenta, no fueran entonces denunciados ha hecho que los anglicanos se tomen el asunto muy en serio.

Los problemas de sexo que deberá afrontar el arzobispo Welby son, sobre todo, el papel de la mujer en la Iglesia y la homosexualidad, tanto dentro como fuera de la Iglesia. Él es decidido partidario de que las mujeres accedan al obispado, pero los anglicanos rechazaron esa opción en noviembre, apenas 10 días después de que fuera anunciada su designación.

El nuevo arzobispo, que ha destinado muchas horas a mediar en conflictos bélicos y sabe desde sus tiempos en el mundo del petróleo cómo cerrar un acuerdo, espera persuadir al sector más reticente para que acepte que el ascenso de la mujer en la escala pastoral es inevitable. Son ya pocos los que se oponen al obispado femenino, aunque el sistema de toma de decisiones del sínodo les permite ser decisivos.

La cuestión homosexual ya es otro cantar, aunque la Iglesia anglicana tiene una posición muchísimo más abierta que la católica. Quizás porque entre los anglicanos no existe la obligación del celibato y los curas se casan y tienen hijos, se aborda con algo más de distancia. Los armarios anglicanos no están tan llenos de sacerdotes homosexuales como los católicos y en la Iglesia de Inglaterra se acepta no solo que un cura sea gay, sino incluso le está permitido que viva en pareja. Aunque, en un típico compromiso británico, no se les permite tener relaciones sexuales. Es un compromiso de buena fe: no se sabe que ningún sacerdote haya sido sometido a inspecciones médicas para dilucidar si mantiene o no relaciones con su pareja del mismo sexo.

Donde los anglicanos se resisten a ir más allá es a la hora de aceptar que un gay sea obispo (en ese sentido, ser gay y ser mujer es equivalente: pueden oficiar misa, pero no pueden alcanzar la cima del obispado). Y, entrando en terreno que se escapa a su ámbito estrictamente legal, aceptan la ley de uniones civiles de personas del mismo sexo pero les niegan el acceso al matrimonio.

Pero el verdadero reto del arzobispo de Canterbury es mantener viva a una Iglesia anglicana cada vez más irrelevante, sobre todo en la propia Inglaterra. El arzobispo Welby es optimista.

Una viña devastada

“Háblame de tú, como solemos hacer los jesuitas”. Así comenzó Francisco su conversación con el prepósito general de la Compañía de Jesús, el español Adolfo Nicolás. La entrevista la gestionó el Papa llamando él mismo a la portería de la residencia de su superior jesuita. Era el único teléfono que tenía de la orden desde que, hace décadas, se agriaron sus relaciones con el mítico padre Arrupe a cuento del liderazgo jesuítico sobre la teología de la liberación, que Juan Pablo II y Ratzinger, castigaron sin misericordia. Bergoglio tuvo que lidiar en Argentina con sacerdotes de su orden metidos peligrosamente en política. Tampoco sentó bien que aceptase ser obispo, en una congregación poco amiga de cargos. Pelillos a la mar. Francisco quería amigarse con su prepósito general. “Por favor, quiero hablar con el padre Nicolás”, dijo al teléfono. El portero: “¿De parte de quién?”. “Soy el Papa”. El portero lo tomó a broma y pasó la llamada a un jesuita que pasaba cerca, para que lidiase al bromista.

El carisma de la Compañía de Jesús va a marcar este pontificado. Francisco, austero, espartano, puritano, es la viva imagen de Ignacio de Loyola, que cuando estudió en París coincidió con Erasmo y Rabelais en el Collage de Montaigu, un ruinoso caserón donde la comida era repugnante, los dormitorios hedían a orina y abundaban los castigos corporales. Erasmo detestaba el lugar. Rabelais quiso incendiarlo. Ignacio recordó con agrado el tiempo que pasó allí. Son reflejo de una de las divisiones del siglo XVI: humanistas frente a puritanos.

¿Un puritano en el Vaticano, donde brillan la soberbia y los oropeles? No le será fácil a Francisco acabar con tanto boato. Tomará medidas para recuperar el prestigio perdido, pero no hará cambios doctrinales. No habrá ordenación de mujeres, ni se relajará el celibato de los sacerdotes, ni se tolerará el matrimonio entre personas del mismo sexo, ni se rebajará la intransigencia ante la ciencia que avance más allá de la bioética tridentina. En materia de disciplina eclesiástica y de moral sexual, Francisco es Benedicto XVI. Eso sí, acentuará lo social. Y se notará un cambio geoestratégico. “Ya no será Europa quien gobierne la fuerza espiritual más grande del mundo, con su derecho, su teología, sus ritos y su pensamiento. Vienen aires de la otra parte del mundo”, opina Juan Rubio, director de Vida Nueva y que publica estos días La viña devastada, un madrugador libro sobre lo que se espera de este Papa. Rubio ha conversado muchas horas con Francisco, que apadrinó en octubre pasado la edición argentina de su publicación con un bello discurso sobre “el cansancio de una Iglesia que está perdiendo la ternura”. Contento de “poner cara” a un escritor que lee cada semana, Bergoglio pidió a Rubio: “No me saques mucho. Ya soy un jubilado”.

Este pontificado tendrá consecuencias para España, antaño luz de Trento y martillo de herejes, ahora laboratorio de un laicismo radical. Aquí nació la Compañía de Jesús, pero también el Opus y los Kikos. Francisco, informado por los obispos, escucha, además, sectores eclesiales ninguneados, pero no doblegados por quienes se creen dueños de la Iglesia romana. Trabajando contra marea ante obispos entregados a los nuevos movimientos, esperan cambios. Se producirán pronto en la Conferencia Episcopal, en manos del cardenal Rouco, a punto de cumplir 77 años. Y poco más.

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