Si otro mundo es posible, es mejor que sea laico

La crítica de la religión desengaña al hombre para que piense, para que actúe y organice su realidad como un hombre desengañado y que ha entrado en razón. (Marx, Crítica de la filosofía del Derecho de Hegel. Introducción).

Me produjo cierta alarma -sólo cierta, en un país en el que mirando a izquierda y a derecha, sobre todo a derecha, es frecuente sentirse alarmado- que el Documento Político que debía servir de base para las discusiones preparatorias del congreso constituyente de Los Verdes-Izquierda de Madrid careciera de referencia alguna a la necesidad de defender los valores laicos en la sociedad como uno de los pilares fundamentales y fundacionales de la nueva federación, y que entre las enmiendas presentadas, ninguna, salvo la mía, se entretuviera en ese asunto.

Los Verdes-Izquierda de Madrid presenta cuatro interesantes rasgos -es una formación política nueva, alternativa, ecologista y de izquierda- que por sustentarse en un pensamiento crítico y científico -creo-, además de en un renovado humanismo, debiera abordar, antes que nada, la crítica de la religión entendida como un componente innecesario, tanto en las tareas transformadoras que el Documento Político señala, como en la configuración ideológica y cultural del tipo de sociedad que propugna.

Desde ningún punto de vista la hipótesis de la existencia de Dios -como diría Laplace- es necesaria para justificar la vigencia del proyecto político de Los Verdes-Izquierda de Madrid. Y por esto mismo, tal hipótesis debería quedar descartada desde las primeras páginas del Documento, haciendo explícitas su vocación laica y su concepción atea del mundo y de la vida. Posición tanto más necesaria por cuanto estamos atravesando por una coyuntura política en la que, en España, la vieja y mal resuelta cuestión religiosa aparece un día sí y otro también en forma de noticias que dan cuenta del prepotente modo de actuar de la Iglesia católica, alentado por el evidente escoramiento ideológico del Gobierno del Partido Popular, y fuera de España, por el ascenso de las versiones más extremistas de diversos credos religiosos, que, en unos casos -el renovado puritanismo anglosajón y la rigidez del catolicismo del papa Woijtila- echan por tierra la mejor tradición crítica y racionalista de Occidente, en otros, como el judaísmo, alimenta el sueño imperial de Israel a costa de Palestina, y en unos terceros -el islamismo-, se presenta ante las empobrecidas masas del tercer mundo como la única alternativa a una modernización fracasada, a la depredación económica de las potencias industriales, a la hegemonía del Occidente capitalista y cristiano, y como el camino más eficaz para salir de su galopante miseria.

En España, esta actitud de la Iglesia católica dista de ser nueva, pues desde hace siglos considera al país como suyo o poco menos que confiado por Dios a su custodia -España, católica-, pero de día en día se vuelve más altanera, haciendo valer como inalienables derechos los innumerables privilegios obtenidos por la complacencia y el interés de la derecha y por la condescendencia o debilidad de la izquierda, al tiempo que se ve envuelta en turbios asuntos de índole financiera -Gescartera-, que muestran que sus actividades tienen tantos intereses en este mundo como en el otro.

Una de las razones que deberían justificar la aparición de una nueva fuerza política en el espectro español es la situación de desfallecimiento de los partidos de izquierda también en esta espinosa materia, en un momento en que la Iglesia se presta gustosa -cobrando de una u otra manera- a colaborar en la tarea emprendida por el Partido Popular de retornar al más rancio conservadurismo y reevangelizar España.

ESTAMOS SOLOS.  Otro mundo es posible, pero a condición de que partamos de nociones laicas sobre la vida, la sociedad y la naturaleza.

El actual grado de desarrollo de la ciencia nos permite saber con bastante certeza que vivimos en un apartado confín del universo y que en algunos miles de años luz a la redonda es bastante difícil hallar algo similar a lo que llamamos vida. En la Tierra, un planeta surgido con otros de un colosal cataclismo, brotó casualmente una forma rudimentaria de vida -las paleobacterias o arquebacterias-, que, en su desarrollo, en el que tuvieron tanto que ver el azar como la necesidad -¡aquel librito de Monod!-, produjeron miles de especies, otros tantos desaparecieron -desaparecen todavía, en parte por nuestra causa-, y dieron como resultado, después de millones de años de evolución (o de revolución biológica), lo que conocemos como especies superiores y, entre ellas, la especie humana.

El planeta Tierra es, pues, una magnífica excepción, un coloreado y sonoro accidente en un universo oscuro, pétreo y silencioso, perdido en un espacio al parecer ilimitado, en medio de un tiempo sin fin. Estamos extraviados en la nada, arrojados al mundo, como decían los existencialistas, y el mundo arrojado al tiempo y al espacio sin un propósito inteligible. ¿Por qué?

Hegel sostenía que estamos condenados por Dios a ser filósofos, es decir condenados a preguntarnos sobre lo que somos y sobre lo que pintamos en este mundo, cuya marcha parece absurda en la mayoría de las ocasiones, pero no es obligatorio introducir a Dios en la respuesta como él hizo, aunque disfrazándolo de Idea o de Espíritu, ni tampoco es conveniente, porque introducir a Dios es dar una respuesta primitiva, demasiado fácil y consoladora, pero a la vez insatisfactoria, porque desplaza más lejos -y más alto- las causas de nuestra inquietud pero no las elimina. Es mejor preguntarse hacia dónde va la humanidad, qué sentido tiene la vida, hacia dónde camina la naturaleza, el mundo o el universo, y tratar de saberlo utilizando medios humanos -la ciencia, la investigación, la reflexión filosófica-, que preguntarse cuál es la voluntad de un dios que todo lo gobierna y cómo podemos conocerla -por la revelación, la invocación o por la interpretación de los signos-, suponiendo que la propia noción de Dios permita el atrevimiento de intentar conocer su voluntad, lo cual no ocurre en todas las religiones, y mucho menos tratar de influir sobre ella -el gran pecado de soberbia, tan castigado por los guardianes de los credos- para tratar de enderezar nuestra vida y el rumbo del mundo. Podemos seguir preguntándonos, y debemos seguir preguntándonos, pero ya sabemos muchas cosas; muchas cosas esenciales; lo sabemos casi todo.

Lo sabemos todo -indica Flores D’Arcais -. Quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos. Y es inútil fingir, inútil esconderse o escapar, añade. Queríamos saber, pero hemos hecho trampas: no queríamos saberlo todo, sino ver confirmada nuestra necesidad de finalismo. Dar carácter científico a nuestra voluntad de sentido, a nuestro rechazo de ser una partícula insignificante de un esputo en el cosmos, surgido por sorpresa de una lotería sin esperanza ni desesperación. Habíamos preguntado al cosmos y éste nos ha dado una respuesta inexorable: azar y necesidad. No era la respuesta que queríamos.

Efectivamente, no era esa la respuesta apetecida. No era la respuesta; es sólo una respuesta. No era la respuesta para todos; la respuesta que podía dar sentido a todas las vidas y a la marcha del mundo -la respuesta que han buscado las religiones-, sino una respuesta que permite a cada cual dar sentido a su propia existencia -y ser más libre- en este rincón del cosmos, en un universo en expansión, cuyo origen y destino ignoramos. Esto es lo que sabemos, al menos aquí, en este lado del globo terráqueo, y lo que sabemos no es muy excitante; no entusiasma, no ilusiona, al contrario; la racionalidad conduce a un mundo desencantado, nos había advertido Weber. La sabiduría -sigue escribiendo Flores D’Arcais-, ahora, o es sabiduría en el desencanto o es rechazo de la sabiduría. Es decir, pánico del desencanto. La sabiduría es hoy aprender a vivir en el círculo frío del conocimiento y no en el mágico de la ilusión.

Ahora ya sabemos que estamos solos y que disponemos además de poco tiempo, pero se trata de un abandono aceptado y de una brevedad asumida y, más importante, puesto que estamos solos con nosotros mismos, solos con otros semejantes, solos con otras criaturas sin Creador, se trata de una soledad compartida, de un extravío colectivo en este universo vacío de vida, sin propósito ni fin. Así, pues, liberados de los cuidados o de las iras de los dioses, el (des)orden social es imputable solamente a nuestra responsabilidad; el cosmos o el caos del mundo son obra nuestra.

SOLOS CON GEA. Junto con el viejo mito de un dios -padre, jefe o rey- creador del mundo, propio de las religiones, en nuestros días se ha perdido el no menos viejo, o más viejo aún, mito de la inagotable fecundidad de Gea -Rea o Gaia-, la ubérrima madre tierra, cuya ilimitada fertilidad parecía destinada a proporcionar para siempre abundantes cosechas, jugosos frutos y preciados minerales de sus entrañas.

El bíblico jardín del Edén ha sido en nuestra cultura ancestral la metáfora que vincula la creencia en una tierra dispensadora de bienes sin fin con la antigua aspiración humana de vivir sin trabajar, hasta que el incumplimiento del pacto de la Creación por la parte más débil -la humana- de las dos partes contratantes puso fin a la estancia en el paraíso. Según cuenta la metáfora bíblica, desde aquel día aciago no ha sido posible vivir sin esfuerzo, consumir sin producir, y consumir incesantemente significa producir de modo incesante, transformar la naturaleza continuamente, aplicando ingentes cantidades de trabajo humano en esa transformación. Durante siglos, Gea ha sido capaz de proporcionar recursos de manera creciente a medida que crecía la población, a medida que crecían sus necesidades y a medida que crecían los conocimientos aplicados a esa labor explotadora de los recursos naturales. Y durante siglos, la Tierra y su espacio inmediato -la biosfera- ha sido capaz de recibir las sobras, los detritos, la materia residual -sólida, líquida o gaseosa- de la labor humana, asumiendo la doble función de generar y reutilizar, de ofrecer riqueza y aceptar mierda, haciendo de granero y de basurero, de redil y de estercolero, de mina y de pozo negro simultáneamente, pero en la Europa de la revolución industrial, un día, hacia 1860, junto con la creación de ingentes cantidades de mercancías -las formas elementales de la riqueza en los países capitalistas, según Marx – la polución ambiental y la generación de residuos empezaron a crecer de manera inusitada, crecimiento que en nuestros días aún no ha cesado .

Gea, la Tierra fecunda, dispensadora de bienes, muestra síntomas de cansancio, de agotamiento, pide una tregua y solicita que revisemos con ojos críticos nuestras utopías mercantiles, porque, a este ritmo de producción y consumo -de destrucción-, nos advierte de que no hay recursos para todos. La ecología política es la respuesta de hoy a este lamento de la Tierra. Hemos sido arrojados a un universo infinito, pero habitamos en un planeta finito, grande pero limitado en su capacidad, que pone coto a nuestras desmesuradas expectativas de crecer continuamente -¡el sacrosanto desarrollo económico!-y al sueño de haber hallado fuentes inagotables de energía y filones sin fin de materias primas para transformar en mercancías. No hay para todos; lo sabemos, pero nos hacemos los sordos y actuamos, como individuos de manera diligente pero como especie muy lentamente, permitiendo que operen libremente dos lógicas perversas y contradictorias. Por un lado, en zonas muy localizadas del planeta, una reducida minoría de seres afortunados puede conseguir que sus deseos, por muy insensatos que sean, puedan -y deban- convertirse en realidades más pronto que tarde, cargando sobre todos los demás, en particular sobre los menos favorecidos, los costes de esos caprichos. Por otro lado, en extensas zonas del mismo planeta, millones de seres humanos -seres semejantes a los anteriores- carecen de lo más elemental para que su vida se pueda llamar vida, que en no poca proporción no llega a la mera supervivencia. Gentes de los cinco continentes, pero en especial de Asia, África y América central y meridional, viven abandonadas a un nuevo malthusianismo: a la muerte sugerida o al menos vista como inevitable. El derroche de unos pocos -cada vez menos- tiene como necesario correlato la existencia de millones de seres tocados por un destino tan inexorable como aciago, a quienes parece que les ha tocado vivir menos tiempo y en peores condiciones, como si sus vidas estuvieran sometidas a la planificada obsolescencia de las mercancías.

El expolio de la naturaleza y la explotación de los seres humanos van parejos, como van parejos y responden a la misma lógica el expolio de la riqueza acumulada desde el pasado y la pobreza garantizada para las generaciones del futuro, que reciben un mundo ya hipotecado en el que se han dilapidado recursos naturales que han tardado millones de años en formarse y en estar disponibles. Urge, pues, llegar a un compromiso para no legar basura y miseria a las generaciones venideras siguiendo la acertada y vieja idea de los pastores kenyatas de que el mundo nos lo han dejado nuestros padres en préstamo para que nosotros lo dejemos a nuestros hijos. Desde este punto de vista, de un mundo que pasa de mano en mano, de generación en generación, un mundo sucesivamente legado en usufructo, que podemos usar pero no retener, la propiedad es un concepto absurdo que permite creerse dueño de algo durante unos pocos años pero no disponer permanentemente de ello, pues las propiedades no nos pueden acompañar en el último viaje, en el que nos hallaremos, a nuestro pesar, casi desnudos y ligeros de equipaje, como indicaba Antonio Machado en su Retrato, ni podemos esperar que el mundo y todo lo que contiene perezcan al tiempo que nosotros, aunque existen personas que actúan como si fuera a ocurrir así.

Esta alarmante situación, a la que hemos llegado por el enloquecido obrar humano, debe ser corregida también por humanos -¿por quién, sino?-, dejando a las divinidades y a sus representantes, sobre todo a éstos, al margen de esta tarea tan terrenal, tan propia de la especie humana de salvar a la especie salvando el entorno en que habita, porque, si de nuevo les damos vela, volverán a intentar imponer un orden terrestre a imitación de su imaginado orden celeste y a tratar de salvar las almas martirizando los cuerpos.

Y esto vale tanto para las religiones conocidas, como para las que puedan aparecer bajo las apariencias más modernas, porque, en este país, recientemente modernizado pero aún insuficientemente laico y tan dado a producir conversos, el excesivo celo ecológico puede desembocar en un nuevo credo, en un renovado culto a Gea. Y si el cielo poblado de dioses no sirve como inspiración de una sociedad humana, tampoco nos debe servir de modelo la naturaleza poblada de fieras.

Hoy, la ecología política se presenta como un renovador discurso sobre la situación del mundo y de las sociedades humanas, realizado desde una perspectiva muy distinta a la de las ideologías surgidas en el siglo XIX, pero en algunas de sus versiones aparece como un nuevo discurso omnicomprensivo y excluyente, dotado con la prepotencia de una nueva ideología muy segura de su poder, lo cual puede dar lugar a un nuevo fundamentalismo panteísta, a un nuevo pretexto para que afloren, con otras formas, las añejas categorías del pensamiento religioso y con ellas los nuevos profetas del credo verde -en muchos casos los mismos que antes han sido profetas del credo rojo-, sordos y ciegos a lo que no sea su propio discurso. En este aspecto, cuando alguien se refiere con devoción al Planeta, atribuyendo un propósito rector y trascendente a sus múltiples dinámicas, siento el mismo desasosiego que cuando se alude con la misma actitud al Pueblo, al Proletariado, a la Patria, a la Raza, a Dios o al Mercado, porque aparece una instancia superior que puede suscitar en quien habla la intención de convertirse en un privilegiado intérprete de la voluntad de ese ente supremo y hacer de sus inapelables decisiones pautas obligatorias de conducta.

SOLOS CON NOSOTROS MISMOS  En un tiempo conflictivo en que es notoria la influencia de rabinos, talibanes, muláhs, ayatolas y obispos resistentes (y de muchos popes de la economía) es absolutamente necesario dejar las creencias religiosas para el ámbito privado, para la conciencia, y establecer el orden social sobre valores laicos, pues un credo, que puede justificar la conducta privada de sus seguidores, no puede legitimar un sistema político, que es la esencia de lo público y compartido.

Una noción laica de la existencia debe ser el fundamento de una noción radical de la democracia, del gobierno de muchos. En primer lugar, porque los rasgos de un imaginario orden celeste no deben servir de modelo a un orden terrenal. En segundo lugar, porque un orden intemporal -o eterno- mal puede servir de inspiración para fundar un orden temporal, perecedero. En tercer lugar, porque la legitimidad de los gobernantes no puede venir dada desde el cielo por una autoridad superior, sino recibida desde sus pares en la tierra, que deben ser los verdaderos soberanos. En cuarto lugar, porque la imitación de un orden celeste hace de los mortales simples ejecutores de la voluntad de un ser inmortal, cuando el orden temporal debe reposar en la voluntad de los propios mortales como beneficiarios de ese orden. En quinto lugar, porque frente a la elección desde arriba, a la gracia concedida como un don por Dios para escoger a los suyos, especialmente a sus vicarios, por una especie de mecanismo de divina cooptación inapelable, se alzan las voluntades humanas de participar en un sistema electivo e igualitario, siempre apelable y siempre renovable. En sexto lugar, porque frente a la creencia de un mundo creado y decidido de una vez para siempre por el deseo de un ser superior, está la idea de un mundo natural en constante descubrimiento y reformulación y de un mundo social en constante recreación.

En definitiva, que ante los designios de Uno de dotar de un orden definitivo a muchos, están los deseos de muchos de dotarse de su propio orden; y frente a un orden dado, por muy divino que sea, hay, pues, un orden dándose, reformulándose. Más aún, frente a la pretensión de fundar el orden social en los deseos de un ser superior imaginario parece más sensato -mientras no se demuestre la existencia de ese ser imaginario y la bondad del sistema propuesto en su nombre- fundar el orden social sobre el acuerdo de los reales, imperfectos y limitados seres humanos.

Hasta la llegada de la modernidad, la historia política del mundo ha sido la historia de los regímenes inspirados en el pretendido mandato de seres superiores a los humanos, la historia teológica del poder político, pero también la historia de los sucesivos fracasos de órdenes definitivos, de regímenes instaurados con la pretensión de ser imperece-deros. Olvidémonos, entonces, de los sistemas políticos hechos a imagen y semejanza divina y partamos de lo perecedero, de lo humano, de lo temporal, de lo precario y artificial, de lo falible y, por tanto, de lo mudable, criticable y mejorable. Partamos de los ciudadanos que aspiran a ser cada día más dueños de sus condiciones de vida y trabajo, más dueños de sus destinos, no de los súbditos, como la base social necesaria -la materia prima- para instaurar un régimen político democrático, entendido como un régimen que reposa sobre el acuerdo de muchas voluntades humanas y que es, por lo tanto, el ámbito de las negociaciones, de las concesiones, de las renuncias, de las deliberaciones y debates, que precisa mucha información y mucho conocimiento de los otros; mucha empatía, en suma.

TENEMOS POCO TIEMPO. Por otra parte, si hemos sido arrojados al mundo sin pedir nuestra conformidad y si sólo tenemos una vida -la de este mundo- y cada individuo, irrepetible como ser y como proyecto, tiene una sola oportunidad -en este mundo, no en otro-, hay razones más que sobradas para procurar que el orden social sea del agrado de muchos, de la mayoría.

Si no existe otra vida que compense las desventuras de ésta; si no existe el paraíso, hay que hacer lo posible para evitar que esta vida, la vida en este breve tiempo y en este único mundo compartidos, no sea, al menos, un infierno. Para ello hay que organizar la gobernación de la sociedad contando con la máxima participación, hacer que el sistema conseguido sea lo más beneficioso para muchos o que perjudique a los menos y evitar la pesimista idea del Sartre más individualista -el infierno son los otros- de que vivir asociados es un infierno o al menos una molestia difícil de soportar .

Tenemos poco tiempo y todos tenemos derecho a disfrutar en este poco tiempo de una vida digna de tal nombre, de una vida que no sea sólo mera supervivencia, y tenemos derecho a esperar y a promover cambios de los que podamos disfrutar en vida, por ello, los cambios políticos que se producen casi con la lentitud de los cambios geológicos pueden ser muy convenientes para la estabilidad de los sistemas y, desde luego, para la labor de los gobernantes, pero no pueden despertar mucho entusiasmo en aquellos que sabemos que disponemos de poco tiempo.

Una respuesta engañosa a este planteamiento sería vivir de modo más intenso -la vida del héroe que muere joven, acortando voluntariamente un tiempo concedido que ya es escaso- o más deprisa, consumiendo velozmente el tiempo disponible, pero ahí no está la solución que nos conviene, sino en hacer más de prisa los cambios necesarios para vivir mejor y más despacio -si no tenemos mucho tiempo de vida (un soplo), al menos que podamos saborearla-.

¿UN PARTIDO DE ATEOS?. ¿Tiene sentido, hoy, que un partido político -o una federación- de izquierda y además ecologista se defina en materia religiosa y se declare ateo? Pues, modestamente, opino que sí; que tal definición o tal adscripción es necesaria aún en los albores del siglo XXI y que está especialmente indicada en España, donde la crítica de la religión ha sido y sigue siendo a todas luces insuficiente y donde la influencia de la Iglesia católica en la vida pública alcanza niveles difícilmente imaginables en un Estado moderno (pero no laico). Y tendría justificación pronunciarse en tal sentido incluso para un partido de derecha por el carácter de novedad que supondría, pues no existe en el vigente espectro político ningún partido de derecha que no sea católico (y monárquico). La fe católica, además del amor -cristiano, por supuesto- al capital, al mercado y a la propiedad privada, es el componente común de los partidos de la derecha, aunque estén, por otra parte, muy enfrentados por la defensa de sus respectivos proyectos nacionales, pues el Partido Popular defiende una España grande, indivisible y católica; el Partido Nacionalista Vasco una Euskal Herría grande, indivisible y católica; y Convergencia i Unió una Cataluña no menos grande, no menos indivisible e igualmente católica. Y no hablemos de Galicia, donde gobierna el franquismo residual.

En el ámbito del pensamiento no faltan filósofos, sociólogos, politólogos, intelectuales modernos y postmodernos que reflexionan con más o menos fortuna sobre los avatares de la sociedad civil, pero que en los que está ausente, en la mayoría de los casos, la crítica de los valores religiosos, y salvo individualidades -Puente Ojea , entre las más notables- no es fácil toparse con una obra larga dedicada al estudio en profundidad de la religión y a la crítica de los mitos en los que se funda el credo católico. No es difícil hallar en algunos diarios y algunas revistas opiniones críticas con los privilegios de la Iglesia católica, pero son raras las críticas a la religión y aún más raras las apuestas por un orden social y político instaurado sobre una noción laica de la existencia. En todo caso, queda, como una de las tareas pendientes de la inacabada y sinuosa modernidad habida en España, que los poderes públicos tomen distancia con respecto a la religión, en particular la dominante, y sobre todo, con respecto a la interesada institución que administra sus verdades.

Desde la izquierda se ha afrontado el fenómeno de la alienación religiosa de manera insuficiente, entre otras razones, por las paradójicas relaciones que la izquierda y la Iglesia, que estaba en el poder y en la oposición, han mantenido en la historia reciente y por el escaso nivel teórico -justificado por dramáticas causas históricas- del que partía la izquierda antifranquista, pero no es este el momento más adecuado para abordar tales cuestiones. Hoy, la izquierda existente, la que tiene cierta voz y presencia en el espacio público, se ha acomodado al orden vigente también en esta materia y sólo alza la voz para criticar los aspectos más bochornosos de la actitud de la Iglesia. Les queda, pues, mucho trabajo por delante a aquellos que pretenden continuar la vieja labor de los ilustrados -secularizar el orden social y erradicar la superstición- impulsando una corriente de pensamiento atea o al menos agnóstica que pueda medirse de igual a igual con el catolicismo imperante.

Esta tarea -ciclópea-, que debiera brotar como una corriente espontánea y vigorosa de nuestra sociedad civil, es hoy difícilmente imaginable a causa del desencanto y de la debilidad de los planteamientos democráticos que aquejan a aquella y a nuestro régimen político, por lo cual no parece desacertado que un partido -o una federación- que se lanza a la palestra política con la intención de defender unas ideas -el ecologismo político- que considera tan absolutamente necesarias como débilmente implantadas, incluya en el mismo programa la defensa de un sistema político basado en principios estrictamente laicos. Por ello, no puedo estar de acuerdo con una vieja idea de Vidal Beneyto -que hoy no sé si aún defiende-, expuesta en Diario de una ocasión perdida, en el sentido de que secularizar los comportamientos no debe hacerse desde un partido político, pues: la lucha por un laicismo coherente y responsable en la vida pública española suscitaría, necesariamente, por la inevitable rivalidad en torno al protagonismo partidista, una cierta inhibición, si no antagonismo, de los partidos de centro e incluso de izquierda, ya que se trata de eso precisamente, de plantear un debate acerca de la necesidad de asentar la vida pública sobre una base laica y obligar, si ello es posible, a que los partidos de izquierda asuman tal postura o al menos se pronuncien de manera favorable sobre ella, lo cual habrá de provocar el antagonismo de los partidos de la derecha, tan sensibles en esta materia, pero ése es el riesgo -cabrear a la derecha- que conlleva la lucha por cambiar las ideas y por transformar la sociedad. Es más, un partido -o federación- como Los Verdes-Izquierda de Madrid, cuya actividad política tiene la justificada pretensión de sustentarse en una base científica, no puede por menos que hacer profesión de ateísmo o por lo menos de agnosticismo, porque, en favor de la coherencia política -algo difícil de hallar en nuestro días-, la defensa a escala humana de una biosfera que se degrada es incompatible con creencia en la existencia de Dios. Es así de sencillo.

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