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Señor, perdona a tus obispos, porque no saben lo que hacen

La resistencia episcopal a investigar la pederastia debilita a la Iglesia: no saben que lo que la hace respetable es lo que le queda de santa, no lo que tiene de poderosa.

A lo más que llegan los obispos de la Conferencia Episcopal Española que se sienten más liberales es a conceder que se investiguen todos los casos de pederastia de todos los estamentos donde hayan podido producirse y no únicamente los habidos en el seno de la Iglesia y cometidos por sus ministros. Buscan la paja en el ojo ajeno para empequeñecer la viga que todo el mundo salvo ellos ve en el propio.

La actitud no es nueva entre quienes detentan cualquier tipo de poder: cuando el Congreso de los Diputados, donde el PP no tenía mayoría absoluta, aprobó en 2017 la creación de una comisión de investigación sobre las escandalosas cuentas del Partido Popular, éste replicó la iniciativa de la Cámara Baja creando en la Cámara Alta, donde sí tenía mayoría absoluta, una comisión para investigar las cuentas de todos los partidos.

La Conferencia Episcopal Española se comporta según los parámetros de conducta propios de la ejecutiva de cualquier partido político, no según los propios del Evangelio. La lógica de los obispos españoles ante la pederastia es la lógica del poder, no la lógica de la misericordia.

Al resistirse a la creación de una comisión independiente que investigue la pederastia en España como se ha hecho en otros países, los obispos españoles creen estar protegiendo a la Iglesia, pero en realidad están protegiendo únicamente lo que hay en ella de institución temporal, de estructura de poder, y no aquello que justifica su supervivencia tras tantos años: su compromiso con la caridad proclamada en los Evangelios canónicos y no canónicos y en las cartas de San Pablo.

Quienes, según los días, somos más bien agnósticos tirando a ateos o más bien ateos tirando a agnósticos nos preguntamos si la Iglesia de Roma habría durado dos mil años si hubiera estado dirigida por la Conferencia Episcopal Española. De tener algo de fe, lanzaríamos al cielo esta plegaria: “Señor, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

La Iglesia de España se encuentra ante una antigua encrucijada, la misma a la que antes o después tienen que enfrentarse todas las instituciones inspiradas por una cierta idea del bien, pero necesitadas de un cierto poder sin el cual les sería imposible practicar el bien para el que nacieron. La encrucijada se resume así: o ser santa o ser poderosa. Y no es cierto que la Iglesia siempre se haya inclinado por lo segundo y no por lo primero.

Con la elección de Juan XXIII en el pasado, como con la de Francisco en fechas más recientes, Roma quiso ser más santa que poderosa, mientras que con la elección de Juan Pablo II o de Benedicto XVI eligió ser más poderosa que santa, temerosa sin duda de que demasiada santidad acabara con el poder sin el cual no podría practicar la santidad.

Y no piensen los descreídos laicos que este es un dilema en el que se encuentra atrapada solo la Iglesia. En verdad, todos los grandes debates de las democracias liberales -ética pública, transparencia institucional, rendición de cuentas, buenas prácticas- son al cabo variaciones del antiquísimo combate interior que todas las instituciones acaban sosteniendo consigo mismas: es el combate entre ser santas y ser poderosas, la batalla entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, la contienda entre hacer lo que se debe hacer pero a costa de perder poder o no hacer lo que se debe hacer pero a costa de perder ejemplaridad.

Naturalmente, los hombres, sean obispos o no, y las instituciones, sean partidos o iglesias, hacen lo que pueden, procurando nadar y guardar la ropa en proporciones que dependen de circunstancias externas que suelen escapar a su control. No es fácil conservar el equilibrio. Si la balanza se inclina demasiado del lado del poder, la institución pierde su razón de ser, pero si se inclina demasiado del lado del bien, entonces pierde el instrumento sin el cual le será imposible practicarlo.

La Conferencia Episcopal no ha entendido que, en los tiempos que corren, la Iglesia no puede permitirse el lujo de apostar por el poder en vez de apostar por la santidad; en este asunto de la pederastia en sus filas, practicar sin reservas la misericordia -virtud consistente, como se sabe, en compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos– debilitará su poder a corto plazo, pero lo incrementará a medio y largo plazo.

Y es que, al contrario de lo que imaginan demasiados obispos, la Iglesia no es santa porque sea poderosa sino que es poderosa porque es santa: lo que la hace poderosa es la santidad, sin la cual está perdida; su verdadero poder, e inspiración para cientos de millones de personas en todo el mundo, proviene de su compromiso con la caridad, no del éxito de sus maniobras para no denunciar ni castigar las faltas, delitos y pecados -pavorosos pecados- de sus ministros.

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