Semana Santa, Semana Triste

Recuerdo con una mezcla de zozobra e inquietud las Semanas Santas de mi infancia. Lo religioso embargaba, si cabe más que en el resto del año, la vida de todos los ciudadanos.

Recuerdo las oscuras charlas del cura en el colegio, los viacrucis en la iglesia, ese rodeo a imágenes, ante las que había que hincar las rodillas en el frío suelo, y que representaban supuestamente las estaciones de la pasión de Jesús; eran sesiones de las que salíamos los niños con las rodillas doloridas para varios días, y con una lúgubre y profunda sensación de culpa y de tristeza (como no podía ser menos ante la siniestra idea de que los “míseros” mortales éramos los culpables del sufrimiento de aquel hombre cuyo dolor, supuestamente, nunca se acabaría de purgar).

Recuerdo las tétricas procesiones con imágenes de vírgenes con caras de inmensa pena, con cristos sangrantes con clavos en pies y manos, con barrocos ataúdes de cristal que dejaban ver el cadáver de Jesús el nazir, con hombres encapuchados y legiones de personas portando cirios y farolillos, cuya luz convertía rostros cercanos en verdaderas máscaras grotescas. El sonido aciago, solemne y acompasado de tambores y trompetas envolvía aquellos escenarios de densas energías de tragedia y congoja.

Ante tal panorama de aflicción y muerte, recuerdo haber llorado más de una vez mirando a aquel "pobre" cristo que, en parte por mi culpa, había pasado tantas calamidades. Recuerdo también la prohibición de comer carne, e incluso, de cantar o baliar. Se cerraban los bailes y los cines, solo ponían en la tele películas de temática sacra, y en el ambiente escolar se decía que “el que contara un chiste iría al infierno”…. Afortunadamente, el saborear en esos días las torrijas con miel y los buñuelos de crema que mi madre nos preparaba, contrarrestaba, al menos en parte, tanta sutil pesadumbre.

La tradición y el hecho religioso se siguen entremezclando en estos días. Independientemente de las creencias personales, muchas personas se siguen sintiendo ligadas a estos ritos que suelen "movernos" el bagaje emocional, y ligarnos a sensaciones ancestrales de nuestra memoria colectiva y de nuestro acerbo vivencial. De ahí que unas fiestas que derivan del cambio de ciclo que supone la llegada de la primavera, en lugar de celebrarse con la alegría natural que debería conllevar el final del invierno, la "resurrección" del sol y la explosión de la natura, se sigan celebrando con un cierto poso de tristeza y taciturnidad.

Como en tantas otras manifestaciones y ritos, la Iglesia católica se esmera, sutil pero implacablemente, en pretender alejar la alegría de nuestras vidas, en hacernos creer que somos "culpables" de algo, que merecemos castigos, que el dolor es el protagonista de la vida, que la alegría, el gozo, la satisfacción, la felicidad, la libertad, tienen el alto precio del castigo eterno .. Y, por más que creamos que se trata de actos relacionados únicamente con la cultura popular y la tradición ancestral, a nivel inconsciente, el contenido represor continúa vigente.

Cuando era una niña no podía defenderme, ni intelectual ni emocionalmente, de tanto despropósito. Y me parece importante proteger a los niños de tanto daño emocional que puede suponer el narrarles el mundo y la vida desde perspectivas irracionales, siniestras, manipuladoras y represivas. Los de mi generación, que pasamos la infancia en los últimos años del franquismo, lo vivimos, y, por desgracia, en pleno siglo XXI, muchos niños aún lo siguen viviendo. A día de hoy, sé muy bien quiénes son realmente "culpables", y sé muy bien los porqués.

Coral Bravo es Doctora en Filología y miembro de Europa Laica

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