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Semana santa o no tanto

Muchos tenemos la mitad de nuestras vidas absorbidas por un nacionalcatolicismo en el que nacimos. Es por tanto comprensible que nos cueste romper con aquel seno caliente para instalarnos bajo la indefensión de las estrellas. El miedo a la intemperie, al desnudo, a desprendernos de la seguridad, real para unos, ficticia para otros, nos hace experimentar el escalofrío y el vértigo de la soledad que nos define como seres humanos. La soledad es consustancial a lo que somos como hombres y mujeres.
 
La guerra civil española fue bendecida como cruzada santa. Un a vez terminada, la Iglesia exigió cobrarse la ayuda que había prestado a Franco. Se consumó así la prostitución matrimonial Iglesia-Estado y entre ambos se dividieron el poder. Franco dispondría a su capricho de los cuerpos, encarcelando y matando a todo aquel que se opusiera a su mano férrea y la Iglesia ejercería la dictadura de las conciencias. Ninguna norma saldría a la luz por parte de la jefatura del estado sin ser bendecida con anterioridad por la jerarquía eclesiástica. Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera.
 
La Constitución del 78 define al Estado español como aconfesional. Esta aconfesionalidad no enfrenta al Estado con ninguna confesión religiosa. Más bien significa que debe realizarse al margen de todas ellas, que su legislación es autónoma y reclama para la conciencia ciudadana una capacidad de decisión conforme a las propias vivencias. La aconfesionalidad exige una independencia respecto a todas. Por otra parte las diversas confesiones religiosas, sobre todo la católica por motivos evidentes, debe renunciar al dominio de las conciencias y reconocer de forma gozosa la apertura del hombre al misterio de sí mismo y su decisión de plantearse a Dios como posible dimensión mistérica de la vida y de la muerte.
 
La Iglesia católica en España llora todavía la muerte del dictador que por razones inconfesables fue su gran valedor y que le dejó a su muerte una herencia económica y humana porque todo estaba atado y bien atado. Con la aprobación de la Constitución los españoles dejamos bien claro sobre la granítica tumba de Cualgamuros que el miedo, y sólo el miedo, nos había mantenido hipócritamente sometidos al poder de un dictador. La Iglesia católica no renunció a la enorme cantidad de dinero que recibía y se resiste con todas sus fuerzas a no ser la inspiradoras de las leyes que reconocen los derechos y obligaciones de los ciudadanos.
 
La aconfesionalidad de un gobierno no debe llevar consigo la prohibición de las manifestaciones religiosas de la semana santa (dejemos al margen el tráfico, el uso de las vías públicas, el mantenimiento del orden y otras cuestiones anejas), pero tampoco la Delegada del Gobierno ni los Tribunales de justicia deben prohibir una manifestación de los que hacen de su vida una opción atea. En un país libre nadie debe darse por ofendido por la libre opción existencial del otro.
 
En ninguna de esas manifestaciones deberían figurar signos externos de pertenencia a órganos estatales. Ni bandas de música militares, ni guardia civil rindiendo honores, ni legionarios haciendo alarde de músculo y cabra.
 
Queda mucho por decir. No es posible en un artículo periodístico. Sólo pedir a nuestros gobiernos y a nuestros conciudadanos que tengamos el coraje, después de treinta y tantos años, de cumplir una constitución que proclama nuestra libertad frente a poderes siempre dispuestos a usurparla.

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