Semana Santa

En otro tiempo, la visita del Papa a Barcelona en coincidencia con una convocatoria electoral habría levantado todo tipo de especulaciones y polémicas. Hoy nadie piensa que la presencia en noviembre del líder de la Iglesia católica pueda condicionar o cambiar el voto de un solo elector. La Iglesia catalana ha hecho de la discreción su manera de estar en Cataluña. Ha encontrado en el nacionalismo el territorio compartido que le da legitimidad civil. Se ha movido con eficacia entre una clase política que ha rehuido siempre la confrontación con ella, con lobbistas bien situados (en casi todos los partidos y centros de poder) que han defendido con eficacia sus intereses, especialmente en el campo de la enseñanza, en el que la Iglesia tiene privilegios impropios de una sociedad laica. Ha tejido sus redes sociales evitando los protagonismos excesivos. Y ha asistido al proceso de secularización de la sociedad sin grandes aspavientos. E incluso cuando ha sido convocada a participar del espíritu de cruzada de la Iglesia española, ha evitado los ruidos excesivos. De modo que a veces parece como si las batallas -todas perdidas- que ha dado en la calle la Iglesia católica española en los últimos años -del divorcio al aborto, pasando por las células madres y los matrimonios homosexuales- en Cataluña tuvieran otra relevancia.

El Papa, pues, consagrará este adefesio que es la Sagrada Familia de Gaudí, impunemente maltratada por los que se empeñan en reconstruirla a su antojo. Ninguna autoridad civil ha sido capaz de impedir este desastre en una ciudad que se vende como paradigma del buen gusto y de la cultura urbana. Pero este lamento a estas alturas ya es pura melancolía. Es un edificio, además, que ha servido de banderín de enganche de una movilización digna de otro tiempo: el súbito ataque de miedo al progreso que provocó el túnel de AVE. La Sagrada Familia volverá estar en los telediarios de medio mundo. Y la vida seguirá entre la satisfacción de unos y la indiferencia de muchos.

El Papa, sin embargo, no llega en un año cualquiera. Viene cuando la pérdida de los monopolios geográficos por parte de las religiones y la lucha sin cuartel por el mercado de las almas que la globalización ha provocado, ha permitido que se rompiera uno de los grandes tabúes de la Iglesia católica y estallara definitivamente el escándalo de la pederastia masiva. La reacción del Papa pidiendo comprensión con los pederastas y alentando a la Iglesia contra las murmuraciones -¿son murmuraciones los testimonios de miles de víctimas en todo el mundo?- confirma que el único criterio que guía la política del Vaticano es la razón de Estado y que se puede incluso negar lo evidente y amparar a los criminales -contra los propios principios de la religión- por el interés de la institución. Las denuncias que señalan responsabilidades del propio Papa por no haber actuado contra pederastas bajo su jurisdicción quizás expliquen este repliegue del pontífice. Cualquier gobernante democrático en su situación estaría en situación límite, pero la Iglesia no es del mundo democrático, es del inefable mundo de Dios.

Mientras la Iglesia no analice a fondo por qué se dan en su seno tantos casos de pederastia y obre en consecuencia, ni sus excusas ni sus medias palabras podrán ser tomadas en serio. Sin duda, la primera causa en que uno piensa es el celibato. ¿No sería ya ahora de acabar con esta antigualla? Pero hay otros factores: el contacto continuado con niños y jóvenes desde posiciones de autoridad (revestidas además de la aureola del que habla en nombre de Dios) que les da la enseñanza y la catequesis. Sin embargo, entre los educadores civiles no se dan abusos masivos de este tipo. La cultura de secta de algunas organizaciones religiosas es territorio habitual de los abusos sexuales. Y, sobre todo, la sensación de impunidad del que sabe que no será perseguido, que a lo sumo será cambiado de sitio; del que siente su condición de funcionario de Dios como una especie de pasaporte para la irresponsabilidad. La reacción del Papa no hace más que alimentar esta sensación de impunidad. En vez de amparar a los pederastas atacando las murmuraciones de las víctimas, debería analizar qué semilla lleva la condición del religioso que tan a menudo produzca estos brotes.

El obispo de Sigüenza, José Sánchez, ha dicho que ha habido "fallos de la jerarquía". "Pero no somos etarras", ha añadido. El tímido ejercicio de autocrítica se estrella contra la segunda parte de la frase. No, los pederastas no son etarras, son pederastas. Que también es un crimen. Tampoco los que maltratan a las mujeres son etarras, pero no por ello dejan de ser criminales.

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