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Semana Laica

Con motivo de la publicación de “Ladrona de rosas” entrevistamos a Laura Freixas en “Nos gusta la gente”, el programa que entonces conducía en directo en las tardes de los sábados en Radio ECCA. A raíz de aquella conversación, en 2010, nos citamos en Madrid. Me invitó a comer en un coqueto restaurante cerca de Lavapiés y fue un rato entrañable. No sé por qué en la conversación surgió el tema de la relación entre la fe y la sociedad. Le confesé que, en ocasiones, estaba cansado de tener que andar defendiendo mi fe y mi pertenencia a la Iglesia en medio de cierta progresía que me trataba como a un vestigio del pasado. Laura se sorprendió y me dijo: “No entiendo, no me parece que haya una persecución de la religión”.

En Lima, gracias a los nuevos medios, leí el domingo de Pascua una nota publicada en La Vanguardia por Glòria Serra bajo el título “La semana laica”. Por “laica” no se refiere a los miembros no clérigos de las iglesias, sino a la ausencia de las religiones en el entorno público. Aporta el dato de que un 35% de las personas en España no se reconocen creyentes, sino agnósticas o ateas, de acuerdo al estudio de la Fundación Ferrer y Guardia. Eso significa que el 65% tiene algún sentido de fe. Claro está que donde el catolicismo fue hace cincuenta años confesión oficial del Estado, la religión circula ahora con menor relevancia pública.

Cierto que esto no es una novedad mayor. Harvey Cox publicó “La ciudad secular” en 1965, hace ya casi sesenta años. Describía que lo religioso pasaba a la interioridad o privacidad de la persona. Mi adolescencia es coherente con esta visión. La inmensa mayoría de mis compañeros (entonces los chicos estudiábamos en el Instituto Masculino) no iban a misa los domingos y dejaban su práctica religiosa después de hacer la comunión (por entonces, en torno a los ocho años). Aunque un grupito se sintiera comprometido con lo que se proponía en la parroquia, las masas juveniles no se concentraban en torno a una celebración religiosa, sino más bien en torno a un partido de baloncesto, un concierto de una estrella rock o una celebración juvenil con un vaso de vino o un cubata en la mano.

A día de hoy las tradiciones de origen religioso y las instituciones que se inspiran en los valores del cristianismo siguen teniendo relevancia y, en ocasiones, ocupan buena parte de las calles (como sucede en las Semanas Santas tradicionales de muchas de nuestras ciudades). Algo de perplejidad me asalta cuando, en programación especial de la COPE, el periodista Carlos Herrera dirige una espectacular retransmisión de la “Madrugá” sevillana, capaz de desplazar al programa estrella de deportes, “El partidazo”. Mientras tanto, mis padres, que no andan para muchas bullas, siguen encantados las retransmisiones de los actos solemnes y de las principales procesiones de Santa Cruz de La Palma desde su salón a través de la tele local, que cuenta con alegría su éxito en el “share”.

Aunque hay de todo “en la viña del Señor”, me parece que Laura Freixas tenía razón hace una década. De aquella conversación, me quedé principalmente con su perplejidad ante mi malestar por sentirme cansado ante los juicios de algunas personas no creyentes. Pero mi malestar no obedecía a una persecución orquestada de los fundamentos de mi fe. De hecho, la fe, entendida como espiritualidad trascendente, era entonces y es ahora mayoritariamente aceptada, tolerada o vivida. Otra cosa es que mis prácticas religiosas no sean tan normativas como hace cuatro décadas o que, y esto me parece muy relevante, las posiciones que podamos sostener en el debate público entren en el mismo choque dialéctico que se suele dar en esos ambientes: posiciones sobre la familia, el comienzo o el fin de la vida, la orientación sexual, la idea de nación, la convivencia intercultural e interreligiosa, la cuestión migratoria, el respeto que se debe a las instituciones, la denominada cuestión de género, el tratamiento de lo religioso en la escuela, las celebraciones públicas, las políticas educativas, etc., son evidentemente objeto de una batalla política, en la que los grupos contendientes pueden usar su posicionamiento de fe (o no fe) como un argumento más de la esgrima. En ese debate, dada la polarización de los tiempos, es normal que se pretenda desacreditar cualquier razonamiento del adversario. Así que no es extraño que se hable de los abusos sexuales, la hipocresía de algunos clérigos, la intolerancia de otros, los errores de la diplomacia vaticana o las incongruencias institucionales de las organizaciones de la Iglesia. Es algo que sucede en paralelo al resto de los debates sociopolíticos: se habla de las incoherencias de los políticos, se tergiversan sus mensajes o se caricaturizan sus posiciones en la dialéctica del combate. Para vencer, parece necesario demonizar al enemigo.

Harvey Cox escribió en los años 80, “La religión en la sociedad secular”, algo parecido a un retorno de Dios a la ciudad laica. Probablemente, en el corto plazo y en el marco geográfico determinado de algunas ciudades europeas, los cambios sociológicos y culturales parecen afectar a las prácticas religiosas de modo estrepitoso como apunta Glòria Serra en su artículo de La Vanguardia. Pero quizás, en mirada más a largo plazo, menos eurocéntrica, la dimensión religiosa del ser humano, con sus muchos cambios, sigue más o menos igual de presente y paradójica que cuando a comienzos de nuestra era un judío marginal reprochaba a sus contemporáneos sus prácticas religiosas o cuando, unas décadas después, a quienes seguían a aquel nazareno se les acusaba de ateísmo en las principales ciudades del muy politeísta imperio romano.

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