Semana de Pasión

Como cada año por estas fechas semanasanteras, vuelven a asaltarme muchas dudas acerca de lo que entienden muchos de nuestros políticos y bastantes de nuestros conciudadanos por vivir en un estado laico, como el que dibuja la Constitución Española. Y me adelanto al argumento que alguno estará tentado de estamparme en la cabeza: ya sé que la Constitución habla de un Estado aconfesional, pero que alguien me explique si las instituciones de un estado que no profesa ninguna confesión pueden ser otra cosa más que laicas. El debate sobre supuestas diferencias entre Estado aconfesional y Estado laico prefiero dejárselo a los teólogos de Bizancio.

Puede entender uno que en 1978, con una abrumadora mayoría de españoles que se declaraban católicos, se hiciera incluso una mención en el texto constitucional a la Iglesia Católica, pero de ninguna de las maneras deducir de ahí alguna posición de privilegio para ella. Recordemos exactamente lo que dice el Artículo 16 en su punto tercero: Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones. Las cursivas y los subrayados, naturalmente, son míos.

En la España de 2017 las cosas han cambiado tanto que, a mi juicio, convendría releer este artículo o, por lo menos y como dice la Constitución, tener en cuenta esos cambios. El fenómeno de la inmigración ha tenido, entre otros efectos, el de aumentar significativamente el número de personas que profesan religiones distintas a la católica. Y los ateos, agnósticos y en general quienes no siguen ninguna religión son ya mayoría en el país, según el CIS. Para ser exactos, el CIS indica que tres de cada cuatro españoles se declaran católicos, pero también que solo un 12 por ciento de ellos acude a misa los domingos y festivos. Y que el 65 por ciento de los católicos no pisa una iglesia más que para bodas, bautizos y funerales: se denominan a sí mismos católicos no practicantes. Curiosa expresión que, como dijo alguien con bastante gracejo, sería equivalente a comer carne habitualmente, incluso a diario, y definirse como vegetariano no practicante.

Bueno, pues a nuestros gobernantes (sobre todo los de la derecha, pero no faltan de los otros) todo eso les da igual. Además de condecorar profusamente a santos y vírgenes, además de seguir acudiendo a procesiones y romerías con los atributos de sus cargos públicos bien visibles, además de convertir los funerales de Estado en ceremonias católicas, este año se han superado. La ministra de Defensa ha dado un paso más y ha tenido a bien ordenar que en los establecimientos militares ondease la bandera a media asta entre el jueves y el domingo de la Semana Santa. El tiempo que, según los cristianos, permaneció muerto Jesús de Galilea antes de resucitar. Me pregunto qué entenderá la señora ministra por aconfesionalidad. Eso sí que es un misterio, y no el de la Santísima Trinidad.

Pero todo hay que decirlo: si incoherentes resultan ciertas actitudes de los gobernantes, las del personal de a pie no van a la zaga. Aquí pasamos olímpicamente de cumplir los preceptos religiosos, de ir a misa, de observar los mandamientos (si mal no recuerdo, el séptimo era No robarás, y no hay más que ver la cuantiosa nómina de fervientes católicos empapelados por los jueces en casos de corrupción) y, en general, de todos esos engorros. Pero la Semana Santa de nuestro pueblo, que no nos la toquen. O la de nuestra ciudad, que hasta ahí podía llegar la broma. Así, ciudadanos y ciudadanas cuyas caras son desconocidas para el cura de su parroquia se esfuerzan estos días en atronar las cabezas del prójimo aporreando tambores y bombos. O se desloman junto a otros para sacar a cuestas el pesadísimo paso de su cofradía y hacerle recorrer kilómetros ante multitudes entusiasmadas. No hay cosa igual en el mundo. En el mundo civilizado por lo menos.

¿Y qué puede hacer el buen ateo desamparado en medio de semejante desparrame? ¿Cómo mantenerse al margen de este estallido de religiosidad programado a fecha fija, antes de que las aguas vuelvan a su cauce y su ciudad deje de estar tomada por centuriones, nazarenos, caballos emplumados, cristos ensangrentados, vírgenes dolorosas con el corazón partío a puñaladas y el resto de la parafernalia? Una opción es largarse a la playa (y rezar laicamente para que no le pille también allí una procesión), y la otra es someterse a una dieta de ajo y agua.

Una tercera a la que estaría dispuesto a apuntarse el abajo firmante, congruente con mi apostasía (sí, sí, yo apostaté de la religión católica, y eso sí que es un calvario… o un viacrucis), es la que el otro día sugirió el presidente de la Asociación de Ateos y Librepensadores de Andalucía (José Carlos Carmona se llama, para que conste) en una entrevista radiofónica. El hombre, después de lamentarse por lo mal que lo pasa estos días en su ciudad (un ateo en Sevilla, por Semana Santa, debe de sentirse tan exótico como un langostino en el Himalaya), reconocía que los pasos son bonitos, que algunos tienen valor artístico, que la gente lo pasa bien en las procesiones… pero lo comparaba con lo bonito que es ver a los niños disfrutar con la llegada de los Reyes Magos: una hermosa tradición que hace felices a las criaturas y que no hace daño a nadie porque, cuando la infancia empieza a quedar atrás, los padres les cuentan a sus retoños que aquello era mentira. Proponía este caballero celebrar la Semana Santa, sí, pero bajo la condición de que el Lunes de Pascua se les explique a los que participan en ella que todo era mentira.

Una idea a tener en cuenta… (Iba a añadir ¡vive Dios!, pero me lo callo).

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