Secuelas de una agresión durante la visita del Papa

La agresión por parte de un católico a una joven el pasado agosto dio como resultado una operación de riesgo en un hospital de gestión pública-privada.

Una bandera del Vaticano, una broma, y los ánimos encendidos del vecino del barrio de Malasaña que la llevaba anudada a su cintura, dieron lugar una disputa que acabó, tres días después, en una operación de riesgo en un hospital de Madrid.Sucedió el 20 de agosto, durante la celebración en la capital de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Tres jóvenes, Mónica H., de 33 años y dos acompañantes, Rubén y Gonzalo, se encontraban a la altura del metro de Tribunal cuando, al cruzarse con el joven papista, uno de los amigos de Mónica le interpeló con la frase “feliz vigilia, amigo”. Aunque los tres amigos intentaron calmarle, el individuo que portaba la bandera golpeó en la mandíbula a Gonzalo, que quedó inconsciente. Mónica se interpuso entre Rubén y el papista, quien la empujó dos veces. El segundo empellón acabó con ella en el suelo. El alboroto de la trifulca y los gritos de dolor de Mónica alertaron a la Policía.

Operación de riesgo

Mónica prefiere que no trascienda en esta información el nombre del hospital en el que le atendieron. En su primera estancia en este centro, la radiografía que le hicieron no detectó nada. El dolor y la insensibilidad en parte de su cuerpo la llevaron a pedir que le realizasen una resonancia magnética, una prueba que cuesta entre 300 y 500 euros, pero, pese a que refirió que tenía una hernia, los facultativos de este centro, gestionado por el primer grupo sanitario privado del Estado español, le dieron sedantes y le enviaron a casa. El efecto de la medicación permitió a Mónica redactar la denuncia contra el atacante pero, antes de dirigirse a presentarla en comisaría, el dolor se intensificó. En su segunda estancia en el hospital, los facultativos le dieron sedantes y morfina y la enviaron de nuevo a su domicilio. Cuando terminó el efecto del opiáceo regresó el dolor.

En la tercera visita a urgencias, el 22 de agosto, hasta cuatro cirujanos examinaron el caso y, tras realizarle la resonancia magnética, detectaron que el disco se había desplazado hasta la llamada “cola de caballo”, el final de la médula espinal. Los doctores le dijeron que debía ser operada de urgencia y que un día más sin intervención la habría dejado paralítica. “Afortunadamente salió bien”, cuenta Mónica, quien aún está haciéndose pruebas para saber si las secuelas del accidente serán permanentes. Tiene incontinencia urinaria y persiste la pérdida de sensibilidad en la parte izquierda de su cuerpo. Ella explica que nadie de la administración ni del equipo legal del hospital se ha puesto en contacto con ella.

En noviembre, Mónica pidió ayuda a varias redes de apoyo mutuo de Madrid de cara a la vista preliminar del proceso contra su agresor, el 22 de diciembre, un juicio que tardará uno o dos años en resolverse. Demanda al agresor, que a su vez ha denunciado a Mónica y sus dos acompañantes aquella noche. La lesión y la operación le hicieron perder el empleo de profesora de traducción con el que se mantenía. Las secuelas de la operación de espalda a la que se sometió le han impedido desplazarse, por lo que ha perdido varios trabajos, lo que le ha llevado a atravesar dificultades económicas, ya que tampoco tiene derecho a paro. A pesar de que reconoce que ha vivido “un infierno” desde aquella noche, Mónica es optimista y agradece el apoyo de todas las personas que se han interesado por su caso.

MADRID. Partidarios del Papa durante la JMJ. Foto: Elena Buenavista

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