Sectas, la amenaza en la sombra

Cíclicamente salta a la primera plana informativa, a raíz de un suicidio colectivo o de algún caso de abuso de menores, el fenómeno de las sectas destructivas. Las prisas y la economía del lenguaje llevan a una cobertura descontextualizada y sin matices de esta realidad, y la atención mediática acaba muriendo, al cabo de un par de días, diluida bajo la dictadura de la actualidad.

Es necesario hacer una clara distinción entre sectas y sectas destructivas. Una secta es, estrictamente hablando, sólo un grupo que se ha separado de un tronco religioso previo o de la sociedad en la que nació. El problema surge cuando, en lugar de perseguir una realidad trascendente, los objetivos de la organización se orientan hacia fines menos elevados y buscan enriquecerse a costa de sus miembros, pasando por encima de su bienestar psicológico, económico y social. Es en este punto cuando una secta o nuevo movimiento religioso pasa a convertirse en una secta manipuladora.

El poder de les sectas ha sido instrumentalizado a menudo para combatir ideologías que amenazaban el orden establecido. Así, por ejemplo, Estados Unidos fomentó durante la década de los 60 el establecimiento de múltiples sectas evangélicas en América del Sur con tal de frenar el avance del comunismo. Esta operación, legitimada a partir del informe Rockefeller (1969) y reafirmada posteriormente por los documentos de Santa Fe (1980 y 1986), era para el Gobierno estadounidense la mejor manera de consolidar su poder político y económico frente a la Teología de la Liberación, la opción por los pobres por la que abogaban muchos de los representantes de la Iglesia católica. En esta línea, en 1982, ocho obispos mexicanos denunciaron la acción proestadounidense de diversos misioneros protestantes -entre los que destacaban a mormones y testigos de Jehová- que predicaban la sumisión al vecino de arriba. También cabe destacar el apoyo que dio la Administración Nixon a Sun Myung Moon y su Iglesia de la Unificación, principales impulsores de la Liga Mundial Anticomunista, creada en 1966.

En Guatemala, aparte de participar activamente en el asesinato de 200.000 opositores, el gobierno estadounidense contribuyó a que la secta pentacostalista Asamblea de Dios se hiciera fuerte hasta el punto de llegar a controlar 1.500 lugares de culto, además de diversos canales de televisión y emisoras de radio. La Administración Reagan estuvo también detrás de la implantación de la Iglesia del Verbo que colaboró en el golpe de estado liderado por el general José Efraín Ríos Montt en 1982. Este dictador guatemalteco generó un régimen de terror que se cobró miles de muertos y dejó centenares de miles de desplazados en sólo un año. Devoto del movimiento pentacostal, favoreció el crecimiento de la Iglesia del Verbo hasta convertirla en un poder fáctico.

Precisamente el neopentacostalismo, representante de la versión más fanática del evangelismo, hizo especial fortuna en Brasil, donde la Iglesia Universal del Reino de Dios ha conseguido construir un auténtico imperio mediático capitaneado por TV Record, la tercera cadena televisiva del país con 47 canales. La meca del fútbol se ha ido rindiendo al poder de Edir Macedo desde que este pastor pentacostalista fundó su lucrativo grupo el año 1977 que, en la actualidad, cuenta con seis millones de fieles (la mayoría de ellos en Brasil), 2.000 templos, 30 radios y dos diarios nacionales (uno de ellos, Folha Universal, con una tirada de un millón y medio de ejemplares). En 2000 tuvieron unas ganancias de 735 millones de euros, 400 millones más que Autolatina, la empresa privada más rentable del país.

Con tal de aumentar su influencia política, la congregación terminó abrazando la candidatura de Inácio Lula Da Silva. Para conseguir la victoria electoral, Lula ha defendido el pacto con el Partido Liberal, organización bajo control de la Iglesia Universal del Reino de Dios y, tras las elecciones, el mandatario brasileño ha colocado en la vicepresidencia al empresario José Alencar, devoto fiel de la Iglesia.

En México, el potencial económico de los Legionarios de Cristo ha penetrado profusamente en las altas esferas del mundo político, mediático y social gracias a un sistema endogámico. En España, la primera dama, Ana Botella, es una de las más destacadas figuras de esta secta junto con los ministros de Interior y Justicia, Ángel Acebes y José María Michavila. Se da la circunstancia de que la esposa del presidente José María Aznar es sobrina de José Botella, uno de los miembros fundadores del Opus Dei. Este grupo que, aunque no esté considerado secta destructiva, presenta elementos sectarios, ha logrado una profusa expansión en el continente americano, especialmente en Argentina -con una amplia camarilla adosada al gobierno de Carlos Menem- y Chile, donde el líder de la oposición, Joaquín Lavín, es un opusdeista convencido (cabe recordar que fue el Opus Dei quien impulsó la mediación vaticana en favor del general Pinochet).

La falta de mecanismos legales para frenar las acciones de estos grupos y la nimia voluntad de una clase política cada vez más impregnada de aromas sectarios hacen harto difícil la lucha contra unas organizaciones que viven y se enriquecen a costa del sufrimiento ajeno.

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