Secretos de librepensadores, masones y anarquistas

Rossend Arús, masón y librepensador, creó la primera biblioteca pública de la ciudad H Los estantes del centro todavía esconden algún enigma H A principios del mes de julio volverá a abrir sus puertas

¿La biblioteca misteriosa de la masonería? ¿Repositorio de la historia anarquista? ¿Sociedad secreta? ¿Biblioteca pública? ¿Mansión con recovecos fantasmales y troneras de espionaje? ¿Ficheros cibernéticos para las hermandades del siglo XXI? ¿Todo eso junto?
Con esas y otras preguntas, más propias de una nueva versión de En busca del arca perdida, nos acercamos a la Biblioteca Pública Arús; sin Indiana Jones, caravanas de camellos, látigos, ni antropólogas encantadoras, sencillamente en el metro. Se puede bajar en Arc de Triomf, de la línea roja o en Tetuán, de la morada, porque el sitio está en el paseo de Sant Joan, 26.
Después de sortear cortinas protectoras, andamios y restauradores –de frisos y pinturas, no de cocina de diseño– porque las renovaciones tienen eso, que nos llenan de polvo en cuanto nos descuidamos, nuestro guía e introductor en la vida de esta biblioteca, Joseph Maria Brunet, nos inició en el conocimiento, comenzando por el principio.
En el principio no fue exactamente el Verbo, pero sí algo muy parecido, porque Rossend Arús, nacido en Barcelona en 1845, fue un entusiasta de las letras y puso su firma a más de 50 piezas teatrales, una parte de ellas en catalán. Era un librepensador, un hombre moderno de una época en que la iluminación, las apelaciones al racionalismo, se daban de tortas con las corrientes oscurantistas y, aunque ahora cueste creerlo, iban ganando la pelea. También se lo conocía como catalanista adherente a la ideología republicano federalista, muy cercano a las ideas de Pi i Margall.
Lo cierto es que sus pasos lo encaminaron a involucrarse políticamente con la Primera República y, en otro grado, a manifestarse con una obra de teatro titulada Nunca más monarquía. Como dato curioso, y digno de un universalista, hay que recordar que muchos de sus artículos los firmaba como El andaluz del Clot.
Gran divulgador de los ideales democráticos y de tolerancia, en una sociedad que era todo menos tolerante, impulsó y editó varias revistas que buscaban clarificar el pensamiento de sus lectores.
Rossend Arús ingresó en la masonería en 1866 y en unos años no solo alcanzó los máximos grados sino que fue miembro de muchas logias en Catalunya, Madrid, Lisboa e Italia; al tiempo que fundador de la logia Avant número 149, con sede en Barcelona. Murió en 1891, pero antes, decidido a que su obra no muriera con él, hizo testamento y nombró albaceas para que continuaran con su sueño hecho realidad de una biblioteca pública en Barcelona. Y así llegamos a las maderas y los secretos mínimos de la Biblioteca Pública Arús.
Escalinata noble
En los primeros días de julio estará abierta al público, remozada y con sus tesoros al alcance de los estudiosos, por lo que si sube las escalinatas de la entrada llegará donde esperaba: toda la biblioteca es de caoba, madera que como las heroínas del romanticismo, sabe defenderse sola, al menos de las polillas.
Dos salas, la de música y la de lectura, permiten sentirse en la piel de los lectores de otro siglo, tal vez hasta de la biblioteca de En nombre de la rosa. Los espacios no apabullan por su tamaño sino que acogen, al tiempo que ilustran sobre las preferencias del Gran Maestro Arús.
Un friso pegado al techo alterna los nombres de filósofos, narradores y poetas de todos los siglos, donde conviven Balmes con Petrarca y Bakunin con Verne, con una cosa en común; fueron todos laicos.
Los fondos documentales de esta biblioteca reseñan las ideas del XIX, de la masonería y las luchas anarquistas en Catalunya, España y el mundo. Digitalizadas en parte, están a mano de los investigadores.
¿Secretos? Algunos. Para ascender a la pasarela y los libros en lo alto de la sala de lectura tendrá que dar con el panel librería que gira sobre un eje y abre camino a la recóndita escalera. Otro: detrás de alguna hilera, los libros esconden mirillas. Las usaban los criados de Arús para vigilar a lectores sospechosos de robar libros. ¿Raro? No tanto, ahora nos sucede a cada rato con las cámaras de vigilancia. Aquello, al menos, tenía la elegancia de los clásicos.

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