Seamos laicos

En un túnel lo que más se anhela es la luz. Por eso en tiempos de incertidumbre los traficantes de dogmas van ganando la batalla de la crisis. Retornan las religiones a instalar sus mágicas franquicias en las neuronas de los acobardados mortales. La fe adoctrina con eficacia porque ahuyenta la duda; es un producto adictivo y muy contagioso si no se aprende a usar críticamente la razón. Pienso, luego dudo; obedezco, luego no pienso. El laicismo es un signo de civismo democrático, una manera educada de ordenar el mundo desde la racionalidad y la tolerancia. Hoy los dioses cabalgan de nuevo con su carga de mansedumbre y sumisión. Las religiones son espiritualmente benévolas para el ámbito privado, pero a menudo pretenden invadir el espacio de lo público y hacerse vinculantes. Las religiones tienen vocación de universalidad porque cuentan relatos sencillos, fascinantes, exigen fidelidades perpetuas y acaban por rellenar las cabezas con sus dogmas incontrovertibles.

Algunos místicos exaltados aman tanto a sus semejantes que rebañan las cabeza de los infieles, impíos que no la inclinen al nombre del único grande y verdadero dios, el suyo. La línea que separa el misticismo del homicidio es muy tenue. ¡Dios nos libre de las religiones¡, clamaba mi abuelo agnóstico y republicano apuntado al cielo con su huesudo índice nicotínico.

La ofensiva clerical vuelve con similar voluntad de sumisión que en pasados siglos y apunta otra vez a reconquistar la hegemonía educativa que tuvo. “La próxima gran batalla se librará en torno a la cuestión de la escuela laica” dejó escrito Jean Jaurès socialista de los de antes: fundador del diario L’Humanité, demócrata radical, militante internacionalista, profesor de filosofía y defensor conspicuo y atinado de la escuela pública y popular.

No es un mal ejercicio releer hoy su histórico discurso “A favor de la enseñanza laica”, pronunciado en la Cámara de Diputados francesa en enero de 1910. Con un excelente prólogo que las contextualiza, Trama Editorial (Madrid 2011) ha publicado las actas de aquellas dos apasionadas sesiones parlamentarias junto a otros textos breves de Jean Jaurés, ilustre defensor del laicismo y de la tolerancia que fue acallado a tiros por un fanático nacionalista en 1914, justo un día antes de estallar la Primera Guerra Mundial. El libro tiene un título que parece un mandato para ahuyentar el fantasma del neoclericalismo: Seamos laicos.

20081125 crucifijos Manel F

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