Sátira sobre Sri Sri Ravi Shankar: «El día que el ser humano deje de respirar, dejará también de existir»

La sabiduría de Sri Sri Ravi Shankar: «El día que el ser humano deje de respirar, dejará también de existir»

La visita de Sri Sri Ravi Shankar a la Argentina volvió a convertir en centro de atención a ese hombrecito de barba, sonrisa bondadosa y ojos de marinero recién llegado al cabaret. Sus técnicas para "respirar mejor" y liberar así el estrés, el miedo y las preocupaciones ya fueron adoptadas por millones de personas en todo el mundo.
 
Pero la polémica no es ajena a la figura del gurú nacido en la India. La fundación El Arte de Vivir, que lo tiene como referente global, tiene una recaudación multimillonaria por los cursos de meditación que se dictan en todas partes, y siempre están bajo sospecha sus vínculos con gobiernos de aquí y allá.
 
Sin embargo, contra cualquier suspicacia, el discurso de Ravi Shankar se extiende como un líquido derramado sobre una superficie horizontal. Angaú Noticias consideró por eso de sumo interés tener una charla mano a mano con el hombre que es guía de vida para multitudes en más de 150 países.
 
Este es el diálogo obtenido con él durante algo más de veinte minutos en el hotel que lo aloja en Buenos Aires. Allí arrojó verdades de a puñados, como cuando, sin hesitar, aseguró: "El día que el ser humano deje de respirar, dejará también de existir".
 
-Usted sostiene que la respiración puede mejorar la situación emocional de las personas, ¿por qué?
-La respiración es un puente entre el cuerpo y la mente. Cuando usted tiene una emoción, respira de un modo, y cuando la emoción es otra, el patrón respiratorio también es otro.

 
-¿Pero y por qué respirar puede ayudar a controlar las emociones?
-Porque también ocurre lo inverso: si usted respira de un modo, genera una cierta emoción; si modifica su forma de respirar, también modifica su condición emotiva.

 
-¿Hay algo en su vida que lo haya hecho descubrir esto, o fue un proceso?
-Mi abuelo era un hombre muy severo, y nada de mí le agradaba. Si le mostraba un dibujo, me pegaba en la cabeza. Si hacía una figura en la arena, me pegaba en la cabeza. Si le contaba una broma, me pegaba en la cabeza. Un día, me pidió que lo ayudara a reparar un mueble. Yo debía sostener una madera para que él pudiera martillar un clavo en ella. Mi abuelo no veía bien. Me dio un tremendo martillazo en el primer movimiento. Hacía mucho frío. Yo quería gritar, morderlo, tomar el clavo e incrustárselo en los ojos, decirle cuánto lo despreciaba.

 
-¿Lo hizo?
-No. Él tampoco se disculpó. Sólo emitió un sonido de contrariedad. Sentí lágrimas de rabia caer por mis mejillas. Volví a acomodar la madera. Mi abuelo golpeó el clavo a la perfección, pero de inmediato volvió a fallar y me dio en la otra mano. No podía gritar, no podía llorar, sabía que eso sólo generaría más furia en él hacia mí. Me mordí los labios, cerré los ojos, pedía a mi mente que hiciera pasar el dolor lo antes posible.

 
-Qué duro.
-Sí, pero como decía mi abuelo, yo tampoco era un niño. Ya era un hombre y debía soportarlo.

 
-¿Qué edad tenía usted?
-Nueve años.

 
-Ah. ¿Luego qué pasó?
-Mi abuelo siguió fallando y aplastándome las manos. Yo ya tenía los dedos inflados como globos de payaso, y entonces algo luminoso sucedió.

 
-¿Qué?
-Me di cuenta de que cuando hacía todo lo posible por no gritar y por no asesinar a mi abuelo, lo que me ayudaba a controlarme era respirar de un cierto modo. En ese caso, lo que hacía era respirar más profundamente y con mayor potencia. Cuando el dolor se diluía, regulaba la respiración para apurar el proceso. Me sentí como si descubriera otro mundo.

 
-¿Tan así?
-Sí, porque mi abuelo siguió fallando, continuó martillándome las manos a razón de ocho martillazos en mí por cada un martillazo en el clavo, pero ello ya no me afectaba. Yo respiraba de un modo controlado y consciente, y él seguía descargando la maza en mis dedos sin que yo sintiera el impacto. Y a cada nuevo golpe yo tenía la técnica más perfeccionada, a cada momento yo era más inmune y más poderoso.
Ravi Shankar cuando explicó su teoría trinaria del Universo. Sobrevivió controlando la respiración.

-¿Su abuelo se daba cuenta de algo?
-Él se vio asombrado de que yo ya no me retorciera ante cada nuevo golpe. Pienso que no lo podía creer. Quedó tan admirado que entonces, por curiosidad, supongo, ya no sólo me dio martillazos en las manos, sino también en los antebrazos, los codos, los dedos de los pies, la espalda…

 
-¡Por Dios!
-Sé que suena terrible, pero luego yo aprendí a comprender a mi abuelo, y aprendí, sobre todo, a comprender a cada ser humano. Uno no puede escapar de su esencia, y a veces tampoco de sus condiciones. Eso no debe impedirnos amarlos.

 
-¿Usted lo logró incluso aquella vez?
-Sí. Al día siguiente del episodio que le relaté, me acerqué a mi abuelo mientras almorzaba con mi abuela, le mostré mis manos azules convertidas en guantes de goma inflados con 800 libras y le dije: "Abuelo, te amo, aunque seas un reverendo hijo de remil putas".

 
-¿Él cómo reaccionó?
-No sé, no me acuerdo. Sólo recuerdo despertar en el hospital y mi madre acariciándome el rostro.

 
-¿No hay límites para lo que se puede conseguir controlando la respiración?
-Prácticamente no.

 
-Disculpe si la pregunta le parece vulgar, pero ¿esto también tiene una utilidad en la vida sexual?
-¡Claro!

 
-¿En serio?
-Le daré un ejemplo. Una vez, estando en Montreal, se me acercó un hombre joven durante la cena en el hotel, y me pidió hablar un momento conmigo. Me dijo que era un empresario de allí, que estaba en otra mesa con su novia y que era el primer encuentro de ellos luego de una primera etapa de relación que había sido muy tormentosa por un problema de impotencia de él. Me dijo que esa noche lo volverían a intentar, y que para él sería algo determinante, porque si no lograba amarla, nunca más volvería a verla, aunque sabía que era la mujer de su vida.

 
-Wow. ¿Y qué pasó?
-Le dije "quédate tranquilo, la respiración lo resolverá todo". Le dije a uno de mis asistentes que le diera su número de teléfono, y al muchacho le dije que me llamara ante cualquier problema.

 
-¿Lo llamó?
-A la madrugada me despertó mi secretario. "Es el muchacho", me dijo. Se le escuchaba llorando, me dijo que llevaba hora y media sin lograr una mínima erección. Le pedí que se calmara, le indiqué cómo debía respirar. Estaba muy nervioso, pero poco a poco fue logrando el patrón respiratorio necesario.

 
-¿Y consiguió la erección?
-No, pero la forma de respirar hizo que no le importaran las risas de ella.

 
-¿Hay una aplicación de estas técnicas sólo en "los grandes temas" o también en la vida cotidiana, en las cuestiones más comunes?
-Por supuesto que sí.

 
-¿Me podría dar ejemplos prácticos?
-Hmmm… a ver… Por ejemplo, si usted respira únicamente por la fosa nasal izquierda, evita el salpicado del anillo del inodoro  al orinar de pie. Respirando con dos aspiraciones cortas intercaladas con una expiración larga, cuando va a pagar impuestos se reduce en un 87% el riesgo de elegir la fila más lenta. Si respira de una manera extraordinariamente profunda, quebrando la cintura de modo que su cabeza quede a media altura, y luego realiza varios giros de 360 grados, reduce el impacto en el entorno por flatulencias de elevada fetidez lanzadas por su culo contra su voluntad.

 
-¿La respiración también puede ayudar a tener una situación más próspera?¿Alguien mejora su condición económica con estas técnicas?
-¡Por supuesto, con él está hablando, jio jio jioooooo!
La mirada repleta de luz de Ravi Shankar. (Foto gentileza departamento de marketing de Kolynos)
Mientras sale de Buenos Aires con sus bolsillos repletos de plata.

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