Santa Rita Rita

Los españoles de mi generación, y de las generaciones anteriores con mucha mayor intensidad, crecimos, a pesar de no haber vivido apenas la dictadura franquista, rodeados del halo de religiosidad que seguía impregnándolo todo, hasta lo más prosaico de nuestra vida más cotidiana. Me eduqué, afortunadamente, en la enseñanza pública. Pero era prácticamente lo mismo. Recuerdo con estupor las visitas del cura que, en horario lectivo, nos ofrecía unas charlas muy confusas en las que, en lugar de ofrecer datos y realidades que nuestra mente infantil empezaba a requerir, nos embaucaba en unos galimatías irracionales muy difíciles de digerir.
 
El caso es que mi infancia y adolescencia, como la de todos, estuvo intensamente marcada por la superstición del imaginario religioso católico. Y hablo de los años 70 y 80. Recuerdo, por ejemplo, el nombre de algunas flores que las niñas recogíamos en primavera, a saber, la sangre de cristo, los zapatitos del niño Jesús, las lágrimas de la virgen. Recuerdo también algunos juegos infantiles relacionados con los fenómenos naturales que nos rodeaban; la corona de la virgen eran esos grupos de golondrinas que vuelan en semicírculo, o las procesiones de hormigas, o los suspiros de Jesús, que eran esas flores volátiles que se deshacen y vuelan al ser sopladas, o el manto de la virgen, que eran esas nubes extensas que se difuminaban ocupando gran parte del cielo.
 
Añadamos topónimos, gentilicios, nombres de calles, de ciudades, de personas, de fiestas, de santos del día… Todo estaba, y sigue estando, ideado para que todo tuviera relación, como en cualquier proceso coercitivo de cualquier secta, con el pensamiento único, y fuera un imposible escapar de él, alejando y anulando cualquier fuente de información ajena a ese ideario. Por supuesto, se recuerda con cariño, pero porque cualquier cosa relacionada con la infancia se asocia, inevitablemente, con la afectividad y la inocencia de aquella época; época en que era un imposible tomar consciencia de que esas palabras, frases, ideas y juegos formaban parte, en realidad, de un adoctrinamiento inmisericorde en la irracionalidad religiosa.
 
Una de esas frasecillas lúdicas que formaban parte de la comunicación cotidiana en mi infancia es una frase que a muchos les resultará familiar: Santa Rita Rita (lo que se da no se quita). Mi memoria ha olvidado muchas de esas sentencias infantiles, pero ésta me suele venir a la mente de vez en cuando, quizás por el sonido reiterativo y vibrante de sus sílabas. Recuerdo que me encantaba pronunciar eso de Santa Rita Rita; me sonaba como muy divertido y musical. A día de hoy a veces utilizo esa expresión para referirme, con sarcasmo, a las supuestas bondades que se atribuyen a algunas personas por actitudes que, como el fundamentalismo o la defensa de lo indemostrable y de lo irracional, representan justamente lo contrario de lo que ahora me parece lo deseable. Aunque confieso que santa Rita me cae especialmente bien. No sé nada de su vida, aunque intuyo, por pura lógica, que debió ser lúgubre y triste; pero sólo por la chispa que su nombre repetido proporcionaba a las conversaciones infantiles me parece que probablemente era la santa menos radical, más divertida y más moderada.
 
Pues algo parecido a lo que me ocurre a mí con Santa Rita debe de ocurrirle, aunque en grado surrealista y superlativo, al actual ministro del Interior del gobierno Rajoy. A él le ocurre con Santa Teresita del niño Jesús. Y tanto es su fervor por esta santa que hace unos días, en una charla en FITUR, expresaba públicamente y en su calidad de ministro que está “convencido de que Santa Teresa estará intercediendo para España en estos tiempos recios”. ¡Hombre!, aunque tengamos en común ciertas preferencias en cuanto a las mujeres del santoral, creo que no es de cajón equiparar las fantasías y creencias irracionales de los juegos infantiles con las declaraciones de un ministro del Interior de un país supuestamente laico, supuestamente democrático, y supuestamente civilizado. Hablamos de un país arrasado por el abuso, y eso algo muy serio.
 
Se trata de uno más, sólo uno más, de tantos disparates y absurdos confesionales que los miembros del gobierno Rajoy vierten para asombro de los españoles, al menos de los españoles con un mínimo de neuronas en su sano juicio. Y es que nada mejor para consolar a las mentes crédulas que proporcionarles, después del horror, el falso consuelo, aunque sea con simples supersticiones. Porque, en primer lugar, no vivimos tiempos recios, sino tiempos dantescos y de abusos intolerables, justamente promovidos por los que tanto apelan a los personajes del santoral cristiano; y, en segundo lugar, porque es el señor ministro, y no Santa Teresa, quien murió el 1582, el que debe, o debería, trabajar por España y por los españoles, entre otras cosas porque cobra un sueldo millonario más dietas para ello.
 
Y, finalmente, me parece intolerable que un cargo público que, supuestamente, está al servicio de todos los españoles, tengan las creencias que tengan, muestre un confesionalismo y un irracionalismo tan absurdos y tan primarios, únicamente propios del pensamiento único que imponen las dictaduras. Las creencias personales son eso mismo, privadas y personales, y ajenas  a los asuntos de Estado, porque, entre otras cosas, como dijo Diderot, no hay más que un pequeño paso desde el fanatismo religioso hasta la barbarie.”
 
Coral Bravo es Doctora en Filología
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