«Sana laicidad» según el Presidente de la CEE

Entre los tirios del sector más conservador del episcopado y los troyanos laicistas del Gobierno socialista, Ricardo Blázquez se queda, como siempre, en el medio. Y para ello, acuña el concepto de “sana laicidad”, que implica el que la Iglesia no intervenga directamente en política y que el Estado no se muestre beligerante ante el hecho religioso y respete los “símbolos religiosos en las instituciones públicas”.

“Don Ricardo nunca es partidario de ver la vida en blanco y negro, como algunos de sus compañeros. Por eso, matiza tanto y parece poco enérgico, pero, en realidad, tiene las cosas muy claras”. Así definía un laico muy cualificado el discurso de monseñor Blázquez en la inauguración de la Asamblea Plenaria.

 El presidente del episcopado desempolvó un viejo concepto del Vaticano II: “La autonomía de las realidades temporales”. Y, desde él, fue construyendo su teoría de la “sana laicidad”. Con dos postulados fundamentales. El primero: “A la Iglesia no corresponde indicar qué ordenamiento político y social es preferible; es el pueblo el que libremente determina las formas más adecuadas de organizar la vida política; toda intervención directa de la Iglesia en este campo constituiría una injerencia indebida”.

 El segundo reza así: “El Estado no considere a la religión como puro sentimiento individual, susceptible de relegarse al ámbito privado”. Al contrario, debe reconocer a la Iglesia su “presencia comunitaria pública”.

 Puesto el marco, Blázquez sacó las consecuencias: “que sea garantizado el ejercicio de las actividades de culto”;  que “sean respetados los símbolos religiosos en las instituciones públicas” y que los obispos puedan “pronunciarse sobre los problemas morales que se plantean a la conciencia de todos los hombres”.

 Con estas coordenadas, el Estado no cae en la tentación de convertir el laicismo radical en “emblema de la postmodernidad y de la democracia moderna” y la Iglesia “se siente institucionalmente bien”. Como se sintió durante la transición política, cuando “contribuyó eficazmente al consenso fundamental, del que podemos estar orgullosos los españoles”.

 Más aún, desde el espíritu de la transición y las coordenadas del Concilio Vaticano II, Blázquez apuesta por “la búsqueda y la afirmación de unas bases morales comunes pre-políticas o meta-políticas”. Es decir, una “base moral común”, que, a su juicio, tiene que fundamentarse en la “ley natural, inscrita en el corazón del hombre”.

 Tras brillar a gran altura en la parte de su discurso dirigida hacia fuera, el presidente de los obispos abordó temas más intraeclesiales. Como la eucaristía, “fuente y culmen de la vida cristiana” e instrumento contra la secularización. Eso sí, una eucaristía que no se limite a celebrar sino que sea también “pan partido para los demás”. Es decir, que impulse a los cristianos a luchar “por u mundo más justo y fraterno”.

 Blázquez dedicó un espacio importante en su discurso a alabar y felicitar a los profesores de Religión y a la escuela católica. Primero reconoció la labor que realizan los profesores de esa asignatura y pidió para ellos “estabilidad” que “es coherente con la dignidad del trabajador, produce serenidad ante el futuro y repercute benéficamente en la asignatura”.

 Recordó la reciente sentencia del Tribunal Constitucional que sanciona “la constitucionalidad del vigente sistema de contratación de los profesores”  y explicó que la clase de religión no es catequesis, sino una “disciplina académica” o “una teología católica en formato pequeño”.

 Por último no pasó desapercibido a nadie la sincera felicitación del presidente del episcopado a la Federación Española de Religiosos de la Enseñanza (FERE), a la que el sector conservador acusa de alinearse excesivamente con las tesis del Gobierno. Blázquez felicitó a los religiosos cordialmente “por su historia larga y fecunda” y se alegró de que “el Gobierno haya reconocido la inmensa labor social realizada por la escuela católica a lo largo de tantos años otorgando a la FERE la Corbata de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio”.

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