Sahar Saba, representa la Asociación Revolucionaria de Mujeres Afganas

Sahar Saba es un nombre falso: la clandestinidad nos es necesaria para enseñar a leer a las afganas. Nací en Afganistán: he vivido 23 años de guerra. Me eduqué en una escuela secreta para niñas de la RAWA, que ha sido premiada por la Fundación Alfonso Comín. EE.UU. venció al terror talibán para reponer el terror y el caos de los yihaidines
“¡Y ahora buscan talibán moderados!”

   -Habrán respirado ustedes: ya llevan dos años sin talibán…
–Si le diera la razón, ignoraría la realidad. Y la primera realidad es saber quién ganó la guerra de verdad.
–Los americanos… ¿no?
–La verdad es que los militares estadounidenses pagaron fortunas en dólares a cada cabecilla guerrillero de la Alianza del Norte para que hicieran la guerra por ellos y echaran a los talibán. ¿Y sabe quiénes son esos señores de la guerra que vencieron?
–Los llaman “señores de la guerra”.
–Sí, esos yihaidines son los mismos que entre 1992 y 1996 se repartieron el país durante el periodo más aciago y miserable de nuestra historia. Sin dejar de combatirse entre ellos, aplicaron entonces un brutal y represivo código coránico en medio del terror y el caos. Ésos son los mismos guerreros
a los que EE.UU. ha reemplazado en el poder hoy.
–Pese a todo, parecía que la situación de las afganas había mejorado.
–Se lo explicaré: los talibán promulgaron leyes que prohibían a la mujer ir al colegio y aprender a leer…
–Lo recuerdo, sí.
–… Y ahora no hay leyes así, pero los guerrilleros yihaidines de la alianza del norte pegan unas palizas tremendas a las mujeres que se atreven a ir a la escuela, y la “burka” sigue siendo obligatoria allá donde ellos gobiernan.
–¿Y qué han hecho estos jefecillos con esos dólares que les pagaron los americanos?
–Construirse mansiones en todo el mundo, pagarse todas las esposas que han querido y enviar a sus hijos a estudiar al extranjero, pero sobre todo, lo han invertido en continuar reclutando y armando a más guerreros.
–¿Para qué?
–Para seguir con lo que llevan haciendo todos estos años: seguir matándose entre ellos hasta que uno consiga más guerreros que los demás y se imponga. Mientras tanto, aplican a la población de los territorios que controlan los mismos códigos y la misma moral fundamentalista y criminal que los talibán,pero con una lamentable diferencia…
–¿Cuál?
–… Los talibán imponían un orden injusto y brutal, pero estos jefes guerrilleros apoyados por EE.UU. aplican el fundamentalismo talibán en medio de un completo caos: la anarquía y los tiroteos a diario.
–Pero los ejércitos extranjeros, la comunidad internacional, la ONU…
–No nos sirven para nada. Fuera de Kabul y aun en el mismo Kabul no existe la mínima seguridad para la población.
–Y el proyecto constitucional en marcha…
–Papel mojado, realidad virtual para la prensa internacional: en realidad, el actual Gobierno no tiene ningún poder para imponer nada a los guerreros de la Alianza. Cuando EE.UU. y la ONU se cansen de pagar y mantener su presencia simbólica allí,estos guerreros volverán a imponer su capricho con
las armas en la mano y la brutalidad de siempre sin ningún tapujo. ¿Y sabe la última broma absurda de nuestra historia?
Ahora el presidente Karzai y los aliados internacionales hablan de encontrar ¡“talibán moderados”! para conseguir un nuevo régimen político estable. Están desesperados porque todos sabemos que, sin tropas extranjeras, todo ese régimen virtual caerá como un castillo de naipes y seguirá el terror.
–¿Y usted mientras qué hace?
–Soy una refugiada afgana más, pero formo parte de la Asociación Revolucionaria de las Mujeres de Afganistán (RAWA). Somos más de 2.000 mujeres afganas organizadas clandestinamente para educar a las afganas en nuestras escuelas y resistir.
–¿Por qué clandestinamente?
–Los yihaidines y sus señores de la guerra nos odian y nos temen, y si pueden nos asesinan, porque creemos que algún día será posible un Afganistán laico y democrático donde las mujeres tengan los mismos derechos y obligaciones que cualquier ciudadano. Yo vivo en un campo de refugiados y entro y salgo de mi país para coordinar nuestras escuelas.
–Cuénteme su historia.
–Nací en Afganistán cuando aún estaba en paz, pero a los 7 años, la URSS nos invadió y desde entonces llevo toda la vida de guerra. Al final, toda la familia huimos a Pakistán y vivímos en una tienda de campaña alimentándonos con las raciones de la ONU para refugiados.
–¿Pudo usted ir a la escuela?
–Sólo gracias a la RAWA. Mis padres creían en la educación y me enviaron a una escuela clandestina que hacían pasar por taller y donde nos formaban para desarrollar nuestra identidad y potencial como mujeres y como ciudadanas demócratas.
–¿Cuánto tiempo estuvo?
–Tres años. Pude educarme gracias a las donaciones de organizaciones feministas de todo el mundo.
–Pues habla usted un inglés excelente.
–Como el pashtún y el iraní. Le aseguro que aprender era mi único juego y mi única libertad en aquel campo. Cuando crecí, empecé a ser maestra en otras escuelas clandestinas en Afganistán y en los campos de refugiados para alfabetizar mujeres, y después ingresé en el comité ejecutivo de la RAWA.
Éramos más de 2.000, aunque nuestra fundadora, Meena, ya había sido asesinada en 1997.
–¿Qué va a hacer usted ahora?
–Volver a mi escuela y seguir educando a las niñas para la libertad y la democracia. En Afganistán a las mujeres no nos queda nada, y el futuro no pinta mucho mejor que el pasado, pero tenemos montones de esperanza.

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