Sacramentos civiles

Carecer de creencias religiosas no significa minusvalorar la enorme importancia que tienen determinadas ceremonias de la vida, puede que al contrario; tal vez la falta de trascendencia acentúa la urgencia por vivirlas intensamente

No sé si el eco mediático alcanzado por la boda y bautizo civil de Muskiz -tecleen estas últimas palabras en Internet y ya verán- se debe tanto al carácter pionero de la iniciativa o a otros detalles que le dieron al evento un cierto tono 'friki', fuera la camiseta del Athletic que lució el novio o el vestido que ella había comprado por diez euros en un chino. En cualquier caso, la noticia constituye toda una invitación a cavilar sobre los nuevos modos de celebrar los acontecimientos importantes de la vida.
Primero fueron las bodas en el Juzgado. Toscas y vergonzantes en sus inicios -las suegras lamentaban su destino parapetadas en la acera de enfrente- hasta hoy, con la sala más noble del ayuntamiento decorada para la ocasión y abarrotada de invitados. Luego empezaron las despedidas laicas: monte, mar y viento para las cenizas del difunto. Flores, poemas y canciones para esquivar el mal sabor de boca de ese funeral en donde el cura confundía el nombre del fallecido y decía cosas que le habrían hecho removerse en su tumba. Iniciativas cuasi secretas de entonces que se han convertido ya en decreto en Vitoria y en muchos otros municipios donde se ha regulado la cesión de locales públicos para quienes quieran oficiar los llamados funerales civiles. No es de extrañar así que lleguen también los bautizos o las primeras comuniones alternativas en donde los trajes, los regalos y la comilona relegan a un plano accesorio a esa modesta oblea que en teoría justificaba el acto. Y eso por no hablar de otras modas recientes como celebrar también los divorcios, la cincuentena y otros aniversarios variopintos o, se lo juro por Snoopy que lo vi en un vídeo con propuestas innovadoras de educación sexual, la merienda de amiguitos para festejar la primera regla de Mari Pili o la primera eyaculación de Alfonsito.
Es natural que quienes han vivido las ceremonias sacramentales con la gravedad y el rigor ritual que imprimía la Iglesia católica manifiesten su sorpresa o su repulsa por los atrevimientos formales con que ahora se realizan los festejos que las emulan. Pero tengo para mí que los auténticos creyentes respirarán aliviados cuando dejen de celebrarse primeras comuniones entre las familias que nunca van a misa o cuando la complacencia familiar mal entendida deje de justificar ante el altar la palabrería obsoleta de novios que no creen en el matrimonio o las oraciones por difuntos que nunca quisieron rezos. Quiero creer que a los creyentes no puede hacerles gracia la manera en que se solapan sus convicciones religiosas bajo los ritos sociales, devaluando su contenido en una especie de costumbrismo pueril.
El proceso de secularización que estamos viviendo en España es, en mi opinión, imparable y conlleva una separación forzosa entre los ritos de paso que los seres humanos necesitamos compartir con los más allegados y la liturgia, el santoral y los rituales festivos con que la Iglesia católica se apoderó hace siglos de la manera de afrontar tales momentos. Un modo totalitario, todo hay que decirlo, que condenaba a la exclusión social a quien se atreviera a no nacer, arrejuntarse o morir como Dios mandaba. Así, bautizos, comuniones, bodas y funerales eclesiásticos podrán permanecer unas décadas como signo de respeto a las tradiciones y creencias de nuestros mayores pero difícilmente podrán perpetuarse en una sociedad progresivamente más laica o, en todo caso, atomizada en confesiones religiosas diferentes que, obviamente, no podrán pretenderse la argamasa moral que una a la ciudadanía, como la Iglesia católica ha venido reclamando.
Pero atendiendo a la etimología del término, a la que asocia la palabra religión a religar, a unir, no sé si con el cosmos o con los cielos pero sí entre los humanos, no hay duda de que el compromiso de la pareja, el nacimiento de los hijos o el fallecimiento de los seres queridos son momentos que piden compañía, comunicación y expresión afectiva de las alegrías y tristezas a través de un cauce más o menos establecido. Tal es la función de los ritos sociales, de las ceremonias y de algunos símbolos, ofrecer un conducto, un modo establecido, instituido, que ayude a vivir tales momentos del mejor modo posible. La crisis del modelo eclesiástico es manifiesta pero resulta tan difícil y tan lento reinventar un nuevo modo de despedir a los muertos y de saludar a los recién llegados que no es de extrañar que se produzcan excesos, desfases, alardes de chabacanería, de exhibicionismo o defectos de todo tipo en la búsqueda de nuevos formatos sacramentales. Y utilizo el término sacramental sin ánimo de ofender a nadie, como se dice de lo que acompaña a las alubias, en el sentido de importante. Carecer de creencias religiosas no significa minusvalorar la enorme importancia que pueden tener determinadas ceremonias de la vida, puede que al contrario; tal vez la falta de trascendencia acentúa la urgencia por vivir intensamente los momentos principales de una existencia que se presume única e irrepetible.
Quizás por ello, para consolidar la importancia que tiene entre la ciudadanía el desarrollo de marcos laicos que permitan socializar alegrías y tristezas de un modo satisfactorio, las autoridades deberían seguir los pasos de la cultura anglosajona en donde no se deja en manos de concejales o alcaldes bienintencionados la conducción de tales ceremonias porque hay profesionales entrenados para ello que gestionan la realización de estos nuevos ritos a satisfacción de los usuarios. ¡A ver si estamos ante un nuevo yacimiento de empleo y las autoridades no se han enterado!
De cualquier modo, pensar en el futuro de esta inevitable disociación entre la liturgia sacramental y los nuevos rituales socializadores laicos resulta mareante. ¿Nos quedaremos sin Navidades? ¿Perderemos las vacaciones de Semana Santa? ¿Volverán los ritos de fertilidad agrarios? ¿Dejará de ser fiesta el 15 de agosto? En fin, viene un nuevo mundo, amigos, y antes o después acabará reflejándose en nuestros calendarios.
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