Rouco y otros disfraces

«Nos gusta apostarnos en otros cuerpos, agazaparnos en otros rostros, en otras vidas, en otras direcciones que no son las que vivimos»

A la gente le gusta disfrazarse. A la gente le gusta disfrazarse, esto es un hecho. Nos gusta apostarnos en otros cuerpos, sentir los pliegues de otras carnes como si fueran nuestras, agazaparnos en otros rostros, en otras vidas, en otras direcciones que no son las que tenemos, las que vivimos, las que marcamos a diario. Y no se trata tanto de que seamos camaleónicos, ni de que abracemos el cálido pero también arriesgado cuerpo de la versatilidad, qué va. No es tan complicado como eso.
La mayoría de los homo sapiens somos simples como protozoos ciliados y 'en teniendo una idea' no nos saca ni el sol de nuestro erre que erre. Esto es así desde el principio de los tiempos y, mucho me temo, seguirá siendo así para rato. Somos testarudos, básicos y poco dados -siempre hay honrosas excepciones, claro está- a modificar nuestra postura, nuestra idea e incluso, muchas veces, nuestro peinado, ni un ápice de lo marcado, de lo establecido. Somos de ideas fijas, vaya, pero que el homo sapiens sea un mastuerzo bípedo con las miras tan mermadas como el coxis, no quita para que le guste disfrazarse, fingir que es lo que no es, que no es lo que es, y todo lo contrario.
Así que es por eso que el mastuerzo bípedo decidió instaurar, hace ya tiempo, unos días al año para dar rienda suelta a su necesidad de fingimiento y campar a sus anchas por la vida de los otros, con el antifaz, la careta, el 'eyeliner' o lo que quiera que tenga a mano, y se manifieste necesario en el trasiego de vidas impostadas que es el carnaval. El carnaval, sí, la celebración de la carne, de lo profano, de lo dionisíaco, de todo lo que mola, en definitiva, un par de días antes de que venga Dios con la rebaja de la cuaresma y nos joda la fiesta. Ya, pero no estoy hablando de eso, sino más bien de lo poco que habitamos en el cuerpo de los otros. De lo poco que nos sirve el fingimiento. De lo poco que cala en nosotros el sudor del cuerpo que habitamos esos días, de lo mucho que dura la resaca del olvido cuaresmal y de lo poquísimo que nos dura la fiesta.
Este año, por ejemplo, a los tiranos sociópatas, megalómanos y magnicidas de algunos países de Oriente Medio les ha dado por disfrazarse de salvadores de la patria, con algún toque de cabeza de turco de la comunidad internacional o conspiración -déjenme decirlo, por favor- judeo-masónica. Gracias, ya me encuentro mucho mejor. Otros, como John Galiano, han decidido hacer de su capa un uniforme de las SS y jugar a ser Hitler sin dejar de ser gay y gibraltareño, lo cual, a pesar del claro estado de embriaguez en el que se encontraba el diseñador cuando fue Adolf, tiene un mérito innegable, no me digan que no.
Pero si tengo que elegir, si tengo un favorito de verdad capaz de ponerme los pelos como escarpias en cada intervención, ése es sin duda Rouco. Rouco, más chulo que un ocho, pero no con 8, sino con 75 años, valida su ya cuarto mandato de la Conferencia Episcopal, que es como una asociación vecinal pero de obispos, con más dinero, eso sí, aunque con menos representación ciudadana, claro. La cosa no pasaría de ahí, y el bueno de Rouco y sus ministriles no me podrían en el disparador si no fuera porque el discurso con el que fue reelegido líder fue verdaderamente un festival carnavalesco.
El nuevo gurú de los obispos -que no son los maridos de las avispas, como escuché alguna vez en boca de alguien, sino los maridos de Dios que, aunque también vuela, como las avispas, sólo tiene aguijón en El Antiguo Testamento- ha arremetido contra internet y el uso de las redes sociales, poniendo como ejemplo de las maldades de éstas, las revueltas de Túnez, Egipto y Libia. Un discurso cojonudo, sí señor. Pero oye, que Rouco es un tipo generoso, así que no solo tuvo para el ciberespacio, sino también para el Estado, las familias monoparentales, el matrimonio homosexual e incluso el relativismo al que, según él, se está viendo abocada nuestra actualidad. Un discurso que, de ser ficticio, me acojonaría como la caja de Buried y me parecería merecedor de un Goya, pero que, siendo verdad, me acojona como la caja de Buried, y no creo que merezca ni siquiera estas líneas. Sobre todo ahora que veo con asombro que en google hay más de un millón de resultados que contienen las palabras conferencia episcopal y que la presidida por Rouco tiene su propia página web. Me vuelvo completamente esquizoide. Tal vez debería descargarme uno de esos rezos que van a colgar los jesuitas en la página de descargas directas y divinas que han venido a llamar casi como una canción de Kiko Veneno. Lo que os decía, en cuestión de disfraces, el clero arrasa.
Por eso, por eso y porque sé que hay ciertos disfraces que nunca se aprenden del todo, ciertos agujeros en ciertos antifaces que te hacen ver el mundo en peligrosas direcciones, en ángulos que abren brechas en vez de posibilidades, me he convencido de que, tal y como están las cosas, el mejor disfraz viene siendo, sin lugar a dudas, aquel que nos obliga a ponernos, pero de verdad, en la piel del otro. Así que en medio de esta santa locura mediática, he optado por despojarme de todo atuendo y salir disfrazada de yo, como mi madre me trajo al mundo. Y sepan que es un disfraz que me ha costado años conseguir.
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