Rodrigo García monta una carnicería con los restos de Cristo

«Gólgota picnic» es el primer estreno del autor en el Centro Dramático Nacional

R odrigo García no atina: en su anterior espectáculo, los actores Juan Loriente y Juan Navarro asustaban a unos pollitos en una caja de cartón, entre zarandeos y música estridente a todo volumen en el interior de una pequeña estancia oculta al público, pero retransmitido por unas cámaras. Aparentemente, eso hirió a los espectadores que fueron a ver Muerte y reencarnación en un cowboy, en el Festival de Otoño, que se marchaban a grito pelado de la sala del Matadero. Este viernes, en el estreno de Gólgota picnic, en el Teatro María Guerrero de Madrid, el personal empezó a levantarse ante Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, de Joseph Haydn, interpretado con bravura por Marino Formenti, desnudo frente a su piano de cola negro, sobre un suelo cubierto por miles de panes de hamburguesa. Esta vez no hubo gritos ni improperios por parte del medio centenar de personas enfurecidas que abandonó el espectáculo a la mitad.

Las reacciones que levanta el director y dramaturgo son inescrutables. Con la aceptación del teatro oficial español (su entrada en el Centro Dramático Nacional como digna representación contemporánea, después de que el resto de Europa hace años que le ha cedido sus espacios escénicos más importantes), se demuestra que, ya sea cuando aparece la bestia, ya cuando lo hace la bella, nunca cumple con las expectativas que el público ha puesto en él. Lo más curioso de su relación con los espectadores españoles es que en los 25 años que hace que fundó su compañía La Carnicería Teatro no ha variado su propuesta dramatúrgica ni un ápice. Si acaso, sus producciones ya no las soporta el presupuesto de una sala alternativa.

El acusado ahora es Dios, un farsante de poca monta que ha alimentado el odio

Gólgota picnic es una demostración del Rodrigo García en esencia: verborrea colérica en clave menor, que camina entre el desahogo y la iluminación, entre el panfleto y el aforismo, ante una humanidad mentirosa, ignorante, desesperanzada y cínica. Con la diferencia de que el acusado, ahora, además del hombre, es Dios, un farsante de poca monta que ha alimentado el odio, el dolor y el sufrimiento de la humanidad. El autor acompaña su palabra lúcida con imágenes capaces de trabar ideas y poesía al tiempo, construidas con los desperfectos de la sociedad de consumo. Sus creaciones crecen desde el suelo de un escenario sin vestir; en este caso, el mencionado acierto de la manta de hamburguesas.

Otro motivo de alegría: García vuelve a confiar en la palabra y la política, cuyo momento álgido en las dos horas y media de espectáculo sucede al lanzar Gonzalo Cunill, con una careta y un camisón blanco, el monólogo que estructura toda la obra. «Le siguieron pocos [a Cristo]: sólo 12 hombres entre millones que le escucharon, 12 despistados entre millones es una estadística que te obliga a retirarte del dudoso arte de la política, pero se mantuvo al pie del cañón hasta el final».

Lo grotesco

El dramaturgo vuelve a confiar en la palabra y la política

Como Haydn evita cualquier apunte de monotonía en Las siete últimas, García y su equipo conduce movimientos lentos entre los contrastes de lo grotesco. Entre los monólogos de cada uno de los cinco actores (junto a los mencionados, Jean-Benoît Ugeux y la fantástica Nùria Lloansi), sus cuerpos se retuercen desnudos entre pintura roja y azul, formando uno de esos cuadros a los que el autor de Gólgota picnic llama a quemar. El descendimiento de Van der Weyden o la Crucifixión de Rubens han hecho de nosotros y de nuestra memoria un saco violento y cruel, porque «las palabras se olvidan, pero las imágenes, no».

Y ninguno de ellos actúa. Porque no saben cantar, no saben encuadrar la cámara con la que se comunican con el espectador, no saben bailar, no saben tocar la guitarra, no saben fumar en escena, no saben picar carne pero, Dios, qué bien les sale todo. No se lo pierdan.

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