Retíreme ese Jesucristo

Carecemos de prueba histórica irrefutable que nos demuestre cómo nació el cristianismo (si hubo un Jesús, si nació de madre virgen, si caminó sobre las aguas, si hizo aquello del vino…), pero sí sabemos cómo se diseminó el cristianismo en sus primeros años. Lo hizo a merced de lo que ahora llamamos efecto Streisand, ya saben, cuando el esfuerzo de unos por silenciar algo acaba provocando justo lo contrario.

Gracias precisamente al ánimo censor de sus enemigos, lo que empezó como el club de tiempo libre de un puñado de desarrapados acabó dando lugar a una multinacional con Estado propio y bienes inmobiliarios por todo el mundo que es, además, artífice y garante de los valores occidentales.

Y, sin embargo, a pesar de su innegable importancia histórica, el efecto Streisand no forma parte de la teología cristiana, ni siquiera bajo otro nombre, ni siquiera como efecto Iscariote o efecto Pilatos. Esta flagrante laguna intelectual hace que, cada cierto tiempo, los seguidores de las enseñanzas de Jesús den voz, por pura torpeza, a quienes tratan de silenciar. Es lo que le ocurrió, hace una semana, a Carlos Iturgaiz.

Quien fuera la gran esperanza de los populares vascos puso el grito en el cielo el mismo día que arrancaba la Semana Grande de Bilbao, la colosal celebración anual del alcoholismo y el desparrame de la capital vizcaína. Iturgaiz, valiéndose de Twitter, denunció que una de las txosnas (para entendernos: una de las casetas), exhibía una ornamentación de lo más ofensiva.

Se refería a la caseta de Hontzak, una comparsa vecinal cuyo eslogan declara: «Ni dios, ni estado, ni patrón, ¡Athletic campeón!». En ella, como se aprecia en el tuit, se recreaba el interior de una carnicería donde, bajo el perfil de la basílica de San Pedro, un cartelón detallaba el despiece del Jesús crucificado: manitas, jeta, paletilla, costillar… Frente al cartel, en una cámara frigorífica, se presentaban las diferentes viandas crísticas, incluido el Sagrado Corazón envuelto en espinas, listo para el asado o la cocción.

Debe apuntarse que, a unos trescientos metros de allí, otra txosna exhibía fotografías de presos de ETA en un muy consciente ejercicio de provocación (estas imágenes llevan años siendo motivo de gresca en fiestas). Imagino que Iturgaiz tuvo que elegir una batalla, o Dios o la Constitución. Eligió a Dios (al fin y al cabo, Él creó todo, también la Constitución, también a España) y su clamor tuitero llegó hasta el Obispado de Bilbao, del Obispado pasó al Ayuntamiento, de ahí al juez y del juez a la ertzaintza, en una modélica ejecución de la conga institucional vasca.

La carnicería vaticana fue parcialmente desmotada por los agentes, quienes, solo Dios sabe por qué, dejaron donde estaban las viandas y la maqueta de San Pedro. Dicen quienes lo presenciaron que los ertzainas fueron amables, que buenos días, egunon, retíreme, por favor, ese Jesucristo, las costillas puede dejarlas, el Sagrado Corazón ni lo toque.

Como era previsible, el efecto Streisand no se hizo esperar. Gracias a la eficiente labor de Carlos Iturgaiz, la carnicería vaticana acabó en los periódicos y la imagen del Jesucristo despiezado fue colgada en casi todas las txosnas (salvo precisamente en la de Hontzak), convertida en icono provisional de libertad de expresión y provocación festiva.

Quienes en la ciudad defendieron la medida judicial, alegaban que el montaje les ofendía. Que era de mal gusto. Y se atrevían a decirlo mientras bailaban a Enrique Iglesias. Se lo juro. O el último alarido en reguetón, epitome, qué duda cabe, de gusto refinado.

En el PP local piden ahora que se revise lo que haga falta para que atropello semejante no se repita en las próximas fiestas. Supongo que habrá ya una comisión mixta ayuntamiento-Iglesia buscando la manera de ponerle bolardos al humor. Porque, como todo el mundo sabe, se empieza riéndole las gracias a los perroflautas y se acaba en Venezuela.

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