República y Laicidad

La II República fue el único oasis de laicismo real en este país. El Artículo tercero de las Disposiciones Generales del Título Preliminar expresa literalmente: “El Estado español no tiene religión oficial”

El pasado martes, 14 de abril, como todos los 14 de abril, millones de españoles conmemoramos, muy lejos, como siempre, de cualquier apoyo oficial o institucional, el inicio de la II República española, hace exactamente ochenta y cuatro años. Colectivos republicanos, agrupaciónes de defensa de la Memoria Histórica y contra la impunidad de los crímenes del franquismo, así como algunas, muy pocas, fuerzas políticas se manifestaron en las calles de todas las ciudades de España un día que se constituye, extraoficialmente, en una fiesta; la fiesta laica de los valores republicanos, de libertad, igualdad y fraternidad. Esos mismos valores que, difundidos por la Ilustración, fueron el origen y el motor primigenio de las democracias modernas.

Pocos medios de comunicación, muy pocos, se hacen eco de esta fiesta anual republicana. Los públicos, por supuesto, ignoran con descaro, y más en época neoliberal, esta efeméride. Lagarto, lagarto, ese día los del PP habrán cruzado los dedos y se les habrá venido a la mente la imagen del anticristo. Ya sabemos que para la derecha española hablar de democracia, de derechos humanos, de libertad y fraternidad es poco menos que hablar del diablo. Para los ámbitos clericales, para qué contar. Ya sabemos que la dictadura fue una cruzada cristiana contra la peste de la democracia, aunque quien diera la cara fuera ese dictador de pacotilla cuyas absurdas arengas aburrían hasta a las marmotas en hibernación.

El primer Presidente de la II República española, quien gobernó en el primer bienio (1931-33), fue Manuel Azaña. Considerado por muchos como el mejor estadista español de todos tiempos, fue, junto con Niceto Alcalá Zamora, el gran artífice de la Constitución Española de 1931, paradigma indiscutible de la condensación de los valores democráticos, que fue inspiración, incluso, de la Carta Magna de los Derechos Humanos de 1948. La mejor Constitución, sin duda alguna, de este país, aunque su vigencia fue muy corta. El paréntesis más democrático que ha habido en este país. La excepción que permitió a los españoles, aun por muy escaso tiempo, vivir en un país igualitario, fraternal, democrático, moderno y avanzado.

No pudo ser. La España negra reaccionó con fiereza y con violencia. Fue Franco el militar que acabó, con un golpe de Estado, con la España democrática de la II República española. Fue Franco, pero podía haber sido cualquier otro fanático. El nombre y la identidad del golpista era, en el fondo, lo de menos. Detrás de él estaban esos poderes oscuros y totalitarios que no permitieron que este país dejara de ser el país sometido, provinciano y tercermundista que perpetuaba la miseria de buena parte de los españoles en beneficio de los poderes tiranos de siempre.

La II República fue el único oasis de laicismo real en este país. El Artículo tercero de las Disposiciones Generales del Título Preliminar expresa literalmente: “El Estado español no tiene religión oficial”. El Artículo 25 (Título III, Capítulo primero) expone, a su vez, que “No podrá ser fundamento de privilegio jurídico: la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la riqueza, las ideas políticas ni las creencias religiosas”. El Artículo 26, en el mismo capítulo, declaraba: “Una Ley especial regulará la total extinción, en un plazo máximo de dos años, del presupuesto del Clero”. Apaga y vámonos, dice un aforismo coloquial. Y poco después a España llegó el terror.

En ese período de tiempo se concentraron los mayores avances en derechos y libertades de toda la historia de este país nuestro. Instauracion de un sistema democrático y parlamentario, con reconocimiento de la libertad ideológica y de pensamiento, sufragio universal, derechos de los trabajadores, igualdad de la mujer, educación pública, laica y científica, sanidad, desarrollo de la ciencia, justicia igualitaria, laicidad de los poderes públicos, aplicación del principio de separación Iglesias- Estado, empuje a la cultura, derecho al divorcio, libertad de conciencia y de culto, separación de poderes, renuncia a la guerra como instrumento de política internacional fueron algunos de los avances políticos y sociales que se produjeron en la España de la República. ¡Ya quisiéramos ahora!, casi cien años después.

Decía Gregorio Marañón que toda la historia de la humanidad se puede reducir a la lucha de la razón contra la superstición. La II República Española significó, sin duda, la mayor expresión de la razón jamás habida en la vida política y social española. Un ejemplo a seguir, un orgullo que muchos españoles recordamos y conmemoramos. Porque muchos, cada vez más españoles somos, con mucho orgullo, demócratas y republicanos. Aunque, parafraseando a Ortega y Gasset, a la República sólo ha de salvarla pensar en grande, sacudirse de lo pequeño y proyectarse hacia el porvenir. ¡Salud!

Coral Bravo es Doctora en Filología

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