República laica

Tal día como hoy, en 1814, el Borbón Fernando VII volvía desde Francia a España para recuperar la corona cedida a Napoleón Bonaparte, el cual a su vez la había entregado a su hermano José I. Nada más pisar tierra española, disolvió las Cortes procesando a todos los diputados, aboliendo el régimen constitucional y restableciendo la inquisición.

Aquella Constitución (Pepa), aprobada dos años antes, estableció que la nación española es libre e independiente y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona, siendo en la nación donde reside la soberanía.

Las formas del Estado son muy variadas y legítimo es defender cualquiera de ellas, pero solo la república laica es consustancial a la democracia. Después de 33 años bajo la vigente Constitución de 1978, seguimos protegidos por una monarquía católica defensora de las esencias patrias pero lejos, por tanto, de una democracia plena.

De esta anomalía somos todos responsables, y ya pueden caer chuzos que nada nos apartará de la sumisión que representa, en un sálvese quien pueda de la crisis, el paro y las sotanas. Como si estas calamidades no tuvieran nada que ver con la democracia. La escuálida asignatura de Educación para la Ciudadanía, está siendo contestada por más de cuatrocientas demandas ante el Tribunal de Estrasburgo, con la pretensión de sustituirla por el catecismo. Los símbolos religiosos invaden todos los ámbitos civiles, con el patrocinio de los gobernantes de turno. Figuras destacadas del socialismo abrazan con entusiasmo tan amorosa cohabitación, y salvo caminar bajo palio, escenifican su amor mutuo en toda clase de actos públicos presididos por cruces, libros sagrados y púrpuras eclesiásticas.

De tales desatinos, el más próximo en el tiempo lo ha protagonizado el presidente de Castilla la Mancha, Barreda, recuperando la Semana Santa religiosa que se nos estaba escurriendo por entre los dedos del turismo pagano. Su antecesor en el cargo, Bono, o el ex ministro Belloch y muchos otros, son exponentes de la riqueza ideológica del Partido Socialista que, como en un automóvil, representan el freno y el acelerador de la democracia.

La buena noticia la representa Izquierda Republicana, el partido de Azaña, que ha regresado a la coalición de Izquierda Unida después de nueve años de ausencia, asegurando el crecimiento del electorado republicano y laico, a costa de un PSOE rendido a su ala derecha más confesional.

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