Réplica al arzobispo de Granada

Inspirado por el Espíritu Santo, personaje celestial que unas veces se muestra a los humanos en forma de pichón volador y otras como lengua de fuego, el arzobispo de Granada, don Javier Martínez, una vez más ha salido a la palestra para pontificar sobre el sida y criticar con el mayor énfasis el uso y disfrute del condón. En una pastoral, que reproducían los tres periódicos de la ciudad, hablando ex-cátedra, el prelado de una buena parte de granadinos -por fortuna, cada día menos- después de una introducción digna de tebeo, nos informaba de que, contrariamente a lo que dicen médicos y científicos, el condón no sólo no preserva del sida, sino que incluso ayuda a su propagación. Estas son sus palabras textuales:

"El dato -perfectamente constado- demuestra que el uso masivo de los preservativos no ha retenido el sida en África, sino que lo ha propagado. (?)Y se silencia el número de suicidios que se producen entre las mujeres que han abortado. (?) Y se silencia que en Andalucía la primera causa de muertes entre los adolescentes y jóvenes no son los accidentes de tráfico, sino el suicidio".

Causa a la vez risa e indignación la cita del monseñor. ¿Cómo se atreve a hablar de algo, según él, "perfectamente constatado", sin decirnos quien ha realizado tal constatación? ¿Qué organismo, eminencia médica o científica, ha llegado a tal conclusión? Silencio total. Lo mismo ocurre con la frase siguiente relativa al suicidio de las mujeres que han abortado. ¿Qué fuentes ha utilizado el monseñor para llegar a tal estadística? ¿Dónde están? ¿Quién se las ha facilitado? Ni una palabra sobre el particular. También ocurre lo mismo con la tercera afirmación relativa a los accidentes de tráfico y el suicidio de adolescentes y jóvenes en Andalucía. Ni la menor alusión a la fuente informativa.

El rigor informativo nunca fue el plato fuerte de la Iglesia y el monseñor de Granada no es precisamente una excepción. ¿Será acaso que don Javier nos está pidiendo un acto de fe? ¿Debemos creerlo porque lo dice él, sin más análisis ni razonamiento? Ante tal hipótesis las ovejas y borregos de su rebaño quizás se sientan obligados a hacerlo; pero los demás, mientras no nos aporte pruebas evidentes e irrefutables, continuaremos negando todos los sofismas y proclamas del monseñor por más que él nos los quiera endosar como verdades. Ni siquiera se pueden aceptar como verdades a medias.

En la parte final de su apología a favor de la castidad y denuestos contra el preservativo, el monseñor de Granada nos dice que él se declara a favor de la vida y en contra de la muerte. ¡Enhorabuena por esa toma de posición! Sólo le falta, para que fuese creíble, que, además de condenar el aborto, también hubiese condenado todas las guerras pasadas y presentes, -incluidas las que promovió o alentó el Vaticano-, todas las dictaduras, -incluida la del general Franquísimo que tuvo en la Iglesia uno de sus pilares más firmes-, todos los actos de tortura y barbarie, incluidas las hogueras de la Inquisición y la pena de muerte. En todos casos aludidos no se trata de un espermatozoide que acaba de atrapar un óvulo y comienza a reproducirse, sino de seres reales, hechos y derechos, que fueron sacrificados o asesinados con el beneplácito y bendición de la Iglesia y sus más altos representantes. El día que el monseñor de Granada añada en su lista todos estos condenados, podremos empezar a creerlo.

No queremos terminar sin una última alusión al tema de los que hacen su agosto vendiendo preservativos. ¿Se ha olvidado el monseñor de Granada de los que durante siglos hicieron su continuado agosto vendiendo indulgencias? ¿Se ha olvidado de que en el día de hoy el estado más rico por metro cuadrado del planeta Tierra es el Vaticano.

FRANCISCO GIL CRAVIOTTO. EN REPRESENTACIÓN DE LA ASOCIACIÓN GRANADA LAICA

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