Repicando y en la procesión

Todos sabemos que la Iglesia Católica -lo ha dicho y escrito por activa, por pasiva y por perifrástica- condena el divorcio, el uso de anticonceptivos, la homosexualidad, el aborto y tantos y tantos comportamientos y actitudes que no son compatibles con su estricta moral divulgada desde un púlpito, un catecismo, una hoja parroquial o cualquier otro medio al que esta sagrada organización tiene acceso; que son todos, al menos en el ámbito de nuestra civilización judeo-cristiana, -¡coño! si lo tuvo hasta en el B.O.E durante decenas de años-.

Es tan abundante y cierto el conocimiento que tirios y troyanos -creyentes e incrédulos- tenemos de la posición de la Iglesia Católica en los temas relacionados con la ética y la moralidad que nos llena de asombro determinadas reacciones que algunos católicos practicantes tienen cuando esta Iglesia actúa en coherencia con sus postulados.

Le ha ocurrido recientemente a un hermano mayor de la cofradía malagueña de la Humillación y Perdón y María Santísima de la Estrella. Resulta que Antonio Villalba -que así se llama el cofrade- se divorció de su mujer y esta circunstancia llegó a oídos del obispado de Málaga que ha decidido obligarle a presentar su dimisión de tan excelsa dignidad penitencial por no ser compatible con su perversa situación conyugal.

El hombre no levanta cabeza desde que fue informado de la decisión del obispado y ha manifestado que si se quiere empezar una caza de brujas contra los divorciados no quedará casi nadie para dirigir las cofradías. Tengo el convencimiento de que Antonio Villalba no vería con tan malos ojos que si la “camarera” de la Virgen María Santísima de la Estrella de la misma hermandad hubiese interrumpido su embarazo fuese fulminantemente expulsada. Y, aunque lo que acabo de afirmar es mera conjetura, no tendría nada de extraño que así fuese porque la sociedad ha digerido que los cónyuges malavenidos pudiesen separase y que, con independencia de lo que siga manteniendo la Iglesia, ya no está tan mal visto el divorcio incluso por los católicos más recalcitrantes. La sociedad librepensadora siempre tirando de la dogmática, irracional y casposa -¡pero mira que cuesta, eh!-.

Una última reflexión en forma de preguntas ¿veríamos anormal que una peña anti-alcohólica rechazase la admisión como socio de un borrachín empedernido que, no solo no tiene ninguna actitud de arrepentimiento, sino que presume de ello? ¿Por qué, entonces, divorciados u homosexuales, por citar sólo a dos colectivos, pretenden formar parte de una organización que los discrimina, los vilipendia y los condena? ¿por qué pretenden, al mismo tiempo, repicar y estar en la procesión? No quisiera faltar a nadie pero opino sinceramente que se lo tienen que hacer mirar.

cofradía Humillación Málaga

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