Religiosidad popular y secularización en el País Vasco

El autor de este artículo promueve la religiosidad popular (procesiones, cofradías, peregrinaciones, romerías,…) como forma de mantener la fe religiosa en las gentes sencillas y evitar otros «credos» con sus reuniones, liturgías, martires,..

Una de las principales razones por las que el País Vasco presenta mayores niveles de descristianización que, por ejemplo, Andalucía estriba en que la religiosidad popular cuenta con menor arraigo en nuestra comunidad autónoma. Ciertamente, y desde una perspectiva histórica, hemos de reconocer que la religiosidad popular en el País Vasco -y en general en el norte de España- no ha sido tan notable como en las zonas más meridionales de la Península. Pero al mismo tiempo debemos puntualizar que, en los años posteriores al Concilio Vaticano II (1962-5), la religiosidad popular empezó a dejar de ser respaldada, y a veces a ser expresamente abandonada, por una parte no pequeña del propio clero vasco. En los años 70 y 80 del siglo XX, dentro del ambiente de 'progresismo eclesial' que se respiraba y distinguía a las diócesis vascas, promover -o simplemente conservar- la religiosidad popular apenas despertaba interés en las agendas pastorales.
 
Pero, afortunadamente, en los años más recientes, la Iglesia vasca -y la sociedad de la que forma parte- ha ido recuperando, con más o menos éxito, algunos de los eventos más señeros de la religiosidad popular, como la Semana Santa bilbaína. Con todo, las peregrinaciones a la Basílica de Begoña, que tienen lugar hoy, 15 de agosto, son el acontecimiento más tradicional y señero de la piedad religiosa de Vizcaya.
 
Puede que de modo explícito no se perciba, pero la religiosidad popular comprende, posiblemente, el mejor espacio de encuentro entre la fe y la cultura, ya que está abierto a todo tipo de personas y, en especial, a las gentes más sencillas. Sería un craso error limitar el diálogo entre la fe y la cultura al plano puramente académico; porque sólo sería accesible para unos pocos, es decir, para una 'elite intelectual'.
 
Desde luego, en la religiosidad popular no todo vale y, en consecuencia, compete a las autoridades eclesiásticas reconducirla, cuando confunde y sobre todo vulnera los valores cristianos. Pero, así y todo, las muestras de piedad religiosa más populares o arraigadas no pueden ser tildadas en algunos sectores de la Iglesia católica, despectivamente, como 'anacrónicas', 'poco comprometidas socialmente' y propias de la 'fe del carbonero'. Más bien al contrario, la religiosidad popular debe ser potenciada y aprovechada como activo en la 'nueva evangelización'. Las palabras de Juan Pablo II eran muy claras al respecto, al afirmar que la religiosidad popular, «cuando es genuina, tiene como fuente la fe y, por lo tanto, tiene que ser apreciada y favorecida».
 
En concreto España, y los países de Latinoamérica que colonizó o la misma Filipinas, son los territorios en donde la religiosidad popular ha echado más raíces. Justamente, en el discurso que Benedicto XVI pronunció en la sesión inaugural de la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, hace menos de un año, se refería a la religiosidad popular como «el precioso tesoro de la Iglesia católica en América Latina, y que ella debe proteger, promover y, en lo que fuera necesario, también purificar».
 
La religiosidad popular configura entonces -y dicho en lenguaje laico- uno de los patrimonios más sui generis de la historia y la cultura hispanas. No es casualidad que España -y no otros países de tradición católica- haya proporcionado a la Iglesia universal y al mundo místicos de la talla de Juan de la Cruz o Teresa de Jesús. Ambas figuras surgieron en una tierra fecunda en cultura espiritual y abonada por la religiosidad popular.
 
En realidad, en el contexto de una sociedad secularizada, la religiosidad popular puede ser más oportuna que nunca. Las procesiones, el Camino de Santiago, los eventos de folclore y música sacra o la multitud de romerías que se celebran son, para cada vez más ciudadanos, su único puente o toma de contacto con la fe y la tradición cristianas.
 
Si un agnóstico o un ateo se siente acogido, en las distintas demostraciones de religiosidad popular, difícilmente se mostrará hostil o simplemente suspicaz hacia las creencias religiosas. Tal vez, gracias a su integración en la religiosidad popular, despierte su interés por acercarse a la fe cristiana, en toda su plenitud. En nuestros días, la búsqueda de 'odres nuevos' implica también recuperar las tradiciones pertenecientes a la religiosidad popular.
 
Hasta los años 70 del siglo XX, no había pueblo en el País Vasco que no celebrara el día de sus fiestas locales una procesión, en la que los mozos portaban sobre los hombros las imágenes de los santos patronos. Estos santos patronos eran orgullo, símbolo y estandarte de cada uno de los municipios y de sus habitantes. En muchos de estos pueblos, estas procesiones han ido desapareciendo paulatinamente. Y en algunos de ellos, las procesiones cristianas han sido sustituidas por otras 'procesiones', en donde grupos de jóvenes recorren las plazas y las callejuelas, durante las fiestas patronales, portando pancartas y carteles con las fotos de los miembros de ETA del pueblo, presos en las cárceles. Ya no veneran a los santos y los mártires cristianos, a quienes antaño se encomendaban sus antepasados, y que representaban con gran satisfacción a cada uno de sus respectivos pueblos. Tristemente los 'santos' y los 'mártires' del pueblo son, para ellos, otros: Los militantes de ETA.
 
Al hilo de esto, quisiera añadir que el proceso de secularización tan brusco y acelerado que tuvo lugar en el País Vasco, entre 1965 y 1975, no implicó exactamente que la sociedad vasca fuera menos religiosa sino, más bien, supuso que se sintiera menos identificada con el cristianismo. La religiosidad popular cristiana, sobre todo en algunos núcleos rurales de Guipuzcoa, fue desplazada por la 'religiosidad popular' del conocido como Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV). Y fácilmente podemos comprobar que, en cierta medida, esta 'nueva religiosidad popular' ha asimilado la simbología cristiana, creando su particular 'mesianismo', sus 'espacios sagrados', 'liturgias', 'procesiones', 'santos' y 'mártires'.
 
Pero, aparte del paralelismo en las formas, bien sabemos que el contenido de la religiosidad popular cristiana va por otros derroteros, extremadamente diferentes a los planteados por la dialéctica y la praxis del MLNV: Su fundamento final es el Dios de Jesús de Nazareth, que llegó a amar incluso a sus enemigos y hasta les perdonó cuando fue a morir en la cruz.

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