Religión y propaganda

La provocación está medida, no sólo por recurrente, sino también porque responde a un plan. Que el Presidente viole el Estado laico y la Constitución puede ser escandaloso, pero no tiene consecuencias y lleva la conversación por donde él quiere.

El más importante campo de batalla para el actual gobierno es la percepción ciudadana y ahí busca revertir el costo por el operativo fallido en Culiacán, acudiendo a la ayuda celestial.

Todavía no se conocen los entretelones de lo sucedido en aquel Jueves Negro en la capital de Sinaloa, pero buscan desviar la atención de los errores que significaron 14 muertos, la fuga de 51 presos, cuantiosos daños materiales y exponer la seguridad de los habitantes de esa ciudad, al grado de convertirlos en rehenes de facto, hacia la decisión última de liberar a Ovidio Guzmán, cediendo al chantaje de los criminales.

Como si realmente hubieran tenido opción, con el pánico social extendido y las familias de los militares amenazadas en la unidad habitacional en la que viven, el mandatario mexicano asegura que actuaron con “humanismo” por preferir salvar las vidas que su gobierno puso en peligro a mantener detenido al hijo de El Chapo. Es su forma de tratar de convertir la derrota en victoria. Y para que no quede duda de la “superioridad moral” que mostraron al encarar ese supuesto dilema, identifica explícitamente su doctrina con el cristianismo.

Que un ferviente juarista recurra a la religión para justificar las políticas de su gobierno es una gran incongruencia. Sin embargo, eso no le afecta en lo que más le interesa que es su popularidad. Al contrario, se aprovecha de la devoción del pueblo para afianzarla, lo mismo que al perfil mesiánico que ha cultivado desde que estaba en la oposición, sabiendo que no pocos progresistas que están en su proyecto fingirán demencia y voltearán hacia otro lado.

La propaganda no es un espacio académico y, por lo mismo, ahí tratan de resignificar planteamientos y conductas, así resulte histórica y semánticamente absurdo.

Los conservadores del siglo XIX pelearon en nombre de la religión, pretendiendo que ésta definiera el comportamiento de los gobernantes y se usara como herramienta proselitista, exactamente lo que hoy hace el presidente López Obrador. Y, sin embargo, éste insiste en calificar a sus adversarios como “conservadores” y polarizar permanentemente con ellos como estrategia de comunicación.

De la misma manera llama “transformación” a la restauración hiperpresidencialista; “libertad de expresión” a la descalificación moral de la prensa que lo incomoda; “democracia directa” a la farsa de consultas con resultado predeterminado; “Estado de derecho” al uso discrecional y político de la justicia; y así…

Nadie comunica mejor que el Presidente y ha logrado darle vuelta a situaciones desfavorables, como el desabasto de combustibles generado por malas decisiones que convirtió en una “épica” guerra contra el huachicol.  Pero no es inmune al desgaste ni todo se puede remediar con pura saliva.

Estamos padeciendo el año de mayor violencia en lo que va del siglo y la prédica de amor cristiano desde Palacio Nacional no le va a salvar la vida a nadie. Llenarse la boca de paz y acusar a los adversarios de querer la guerra no exime de responsabilidad a las autoridades por la creciente inseguridad.

El temor de enfrentar al crimen organizado para “evitar masacres” no ha impedido que éstas se sigan repitiendo y muchas comunidades se sientan con razón desprotegidas frente a criminales despiadados.

Es grave el daño impune al Estado laico, el cual no se limita a las lamentables expresiones religiosas del Ejecutivo para acusar a la oposición de ser anticristiana. La entrega de la Cartilla Moral editada por el gobierno y repartida por iglesias, así como la pretensión de otorgarle a éstas canales de televisión, muestran el tamaño del retroceso.

Llama la atención que en el cristianismo del Presidente todos pueden ser redimidos, menos los disidentes. Para los delincuentes, programas sociales, tolerancia e invitaciones a portarse bien. Pero para los opositores, calumnias, prisión preventiva, cuentas bloqueadas, extinción de dominio… y gas pimienta.

Fernando Belaunzarán

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