Religión y neocolonialismo, el origen del terror

Cuando en 1931 Azaña pronunció el discurso en el que afirmaba que España había dejado de ser católica, desató la ira de los sectores más reaccionarios y cavernícolas del país, sin embargo, el último presidente de la II República española, que casi todos los domingos viajaba al Escorial para hablar con los frailes agustinos que allí moraban, no se refería a las creencias particulares que cada cual pudiera tener, sino al peso que la religión había tenido a lo largo de nuestra historia y a la necesidad de separarla totalmente del Estado para entregársela a la intimidad de las personas. Azaña, que conocía perfectamente la experiencia turca de Ataturk y, sobre todo, las leyes laicistas de la III República francesa, era consciente de que España jamás entraría en la modernidad mientras la Iglesia Católica siguiese ostentando el enorme peso que tenía en la vida política, en la economía y en la Educación del país. Pues bien, pasados ochenta y tres años de aquel memorable discurso, la iglesia sigue inmiscuyéndose en los asuntos políticos de una manera insolente, controla una parte sustancial de las empresas del país mediante la formación de sus cuadros dirigentes y educa a más de la mitad de los niños y adolescentes, es decir, que sigue influyendo decisivamente en nuestro devenir, detrayendo miles de millones de euros del progreso común, ello pese a que casi todo el mundo sabe que los países con mayor grado de evolución humana y bienestar social son aquellos que hace tiempo se decidieron por la laicidad.

Del mismo modo que durante el franquismo y el neofranquismo la religión católica se convirtió en uno de los cimientos doctrinarios y doctrinales del régimen, en los países musulmanes el peso de la religión ha ido aumentando progresivamente a medida que lo han hecho la corrupción interna y la agresión exterior. Tras los procesos descolonizadores que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los Estados nacientes –Túnez, Argelia, Libia, Egipto, Irak, Siria- cayeron en manos de oligarquías que habían sido formadas en la metrópoli, oligarquías occidentalizadas que, imitando a Atarturk, quisieron modernizar sus países apartando a la religión e introduciendo costumbres y modos Occidentales bajo férreo control militar, de tal manera que en las grandes ciudades y en el seno de las clases medias la religión llegó a ocupar un lugar muy secundario. Empero, a medida que la presión de Occidente por la guerra fría, que volvió a dividir en bandos a los países de Oriente Medio, y por el sometimiento de las élites directoras y de los intereses nacionales a las grandes potencias fue creciendo, creció también la corrupción y los sacerdotes musulmanes comenzaron a construir escuelas islámicas y a dar de comer a los hambrientos que eran la inmensa mayoría del país, un país rural ajeno a las modernidades de Occidente. En principio, la acción de los sacerdotes musulmanes iba encaminada a captar adeptos y a difundir los dogmas del Corán como seña de principal de identidad. Los saqueadores de las potencias occidentales nunca tuvieron en cuenta lo que estaba ocurriendo de verdad en las capas populares, ni tampoco que la situación llegaría a estallar algún día si no se posibilitaba el desarrollo y el progreso del conjunto de los ciudadanos. Fiados a los gobiernos autoritarios que manejaban con mano de hierro cualquier disidencia o protesta, creyeron que la situación estaba controlada por mucho tiempo.

La caída de la URSS –otra vez- dejó a Estados Unidos como potencia hegemónica y única en la zona, aunque ayudada por Francia, Reino Unido, Alemania y hasta España, que apenas pintaba nada. La confluencia de esa circunstancia con el temor por los suministros futuros de petróleo y la llegada a la Casa Blanca de los sectores más reaccionarios del republicanismo encabezados por Reagan y los Bush, descartó cualquier salida inteligente para unos Estados cada vez más corruptos, con una población cada vez más pobre y un ejército cada vez más cruel. La decisión tomada por el primero de los Bush en la primera Guerra del Golfo fue el pistoletazo de salida de una política imperial devastadora que ha causado millones de muertos, heridos y desplazados en casi todos los países del petróleo y que al final sólo ha servido para que buena parte de Irak esté bajo el yugo de unos desalmados medievales y para que Siria lleve más de cuatro años de guerra brutal con armas que no se fabrican allí. Ante esa coyuntura, el discurso de muchos sacerdotes musulmanes –ni mucho menos todos- se fue radicalizando, llegando a calar en amplios sectores de la población pobre, maltratada y sin formación: Occidente es el enemigo, ha destruido nuestras costumbres, se lleva nuestras riquezas y mata a nuestras mujeres y niños desde aviones que ni siquiera alcanzamos a ver. La Guerra Santa habría, de ese modo, un doble camino, por un lado se podría devolver parte del daño a los causantes, por otro, convertida la vida terrenal en un valle de lágrimas, cabía la posibilidad para los más valientes guerreros de pasar al Paraíso mediante el heroísmo y la inmolación.

Aunque parezca mentira, la única iniciativa inteligente que se tomó en ese periodo partió de Rodríguez Zapatero y su Alianza de Civilizaciones, una iniciativa que, por otra parte, causó mucha risa a los reaccionarios de aquí y de fuera de aquí, pero podría haber sido el principio de una cambio de enfoque muy beneficioso para todos basado en el diálogo y en la ayuda al desarrollo de países riquísimos en materias primas pero que no veían la riqueza por ninguna parte. Muerta la iniciativa por inanición, sólo quedaba la guerra, y nadie puede esperar que en una guerra la violencia solo la ejerza una parte. La radicalización violentísima de un sector del mundo islámico sólo se puede explicar si tenemos en cuenta esas premisas, si somos capaces de entender que matar a millones de personas por petróleo nunca fue una buena idea, ni mucho menos algo que iba a pasar sin dejar factura. Cuando se vive en la pobreza extrema, cuando se llevan o mal administran los bienes que podrían haber dado bienestar a la población, cuando se lanzan millones de bombas sobre la población civil, cuando ves morir a tus seres más queridos sin ni siquiera saber por qué, la religión puede llegar a convertirse en el único camino para la desesperación. Si mi vida y la de los míos no vale nada, la vuestra tampoco.

Los brutales atentados de París, como antes los de Madrid y Londres, demuestran que hay mucho odio hacia Europa, pero también que Europa ha claudicado de los principios democráticos esenciales que la hicieron envidiable al resto del mundo. La religión, como dijo en su día Manuel Azaña, debe quedar en el interior de las personas, que es su sitio, y ser abolida fuera de ahí. El laicismo hoy es una razón de Estado junto a la urgencia de un plan de ayuda económica perfectamente urdido que logre arrancar a cuantas más personas mejor de las garras del fanatismo. Podremos seguir explotando, bombardeando, preparando una nueva invasión, pero cada acto de violencia sistemática contra los pueblos de Oriente Medio será como regar el vivero donde ese fanatismo crece.

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