Religión, libertad y laicismo

Cuando hace unos treinta años alguien profetizó que el siglo XXI sería “religioso o no será” probablemente no se imaginó la hipersensibilidad, el fanatismo o la activa violencia con que la presunta defensa de las creencias religiosas volvería a ser practicada en los inicios del nuevo milenio, sin que se cuente todavía con una aproximación teórica, clara y convincente, de las motivaciones psicológicas y culturales que subyacen en un fenómeno fascinante y terrible a la vez, del que apenas la semana pasada se ha producido un episodio más.

En efecto, durante su visita a Alemania, el papa Benedicto XVI ofreció una conferencia en la universidad de Ratisbona, una pequeña ciudad estudiantil en el estado de Baviera, en la cual, al argumentar que “actuar razonablemente” está en la “naturaleza de Dios”, introduce una cita en la que un emperador bizantino del siglo XIV le dice a un erudito persa, en torno a la relación entre religión y violencia: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba». Ratzinger concluye que la intención del emperador era explicar simplemente las razones por las cuales la “difusión de la fe mediante la violencia es algo irracional”.

Aunque la lectura íntegra de la lección académica dista, al menos literalmente, de ser en un ataque contra el islamismo, si bien los observantes de una fe siempre piensan que la suya es la única verdadera, la ira y la violencia con que muy diversos gobiernos y comunidades musulmanas han reaccionado ante las palabras del Papa —al igual que en el pasado inmediato lo hicieron contra unas caricaturas del profeta en un diario danés o contra la existencia misma del Estado de Israel o con los triunfos de Hamás en las elecciones palestinas o con el relativo fortalecimiento de Hezbolá en el sur de Líbano— no son sino un ejemplo más de la profunda complejidad que ha alcanzado el integrismo religioso en un momento en que la expansión de la globalización, las sociedades liberales y la democracia harían pensar, en principio, que el extremismo de cualquier tipo tendería a disminuir en el mundo. La realidad, sin embargo, es que numerosos indicadores evidencian que no es así y la pregunta central es: ¿por qué?
Si bien más de dos tercios de los casi 200 países que existen en el mundo clasifican en la categoría de naciones libres y democráticas, que la escolaridad va en aumento y que las tasas netas de pobreza están bajando lentamente —factores que en cierto modo debieran apuntalar el laicismo— también es verdad que la identidad religiosa ha aumentado en todas partes. En la actualidad el 64 % de la población mundial se declara perteneciente a uno de los cuatro grandes grupos religiosos —católicos, protestantes, musulmanes e hindúes— y se estima que para el 2025 dicha proporción llegará al 70 %.
Más aún: grupos “neo-ortodoxos” como los católicos del Opus Dei, los evangélicos norteamericanos o ciertas vertientes musulmanas de Oriente Próximo, todos ellos sectores ubicados en las franjas más radicales dentro de cada fe, exhiben un crecimiento importante y han llevado su influencia más allá de los confines rituales propios de toda religión para, por ejemplo, organizar campañas intensas para frustrar políticas más liberales en cuestiones demográficas y de salud como en México, para fabricar explicaciones alternativas a la teoría de la evolución como en EEUU o para intervenir directamente en la política electoral tal como ocurre en Irán o Palestina.
Dadas las aspiraciones dogmáticas y excluyentes de todas las religiones y su arraigada tentación de hacer que su “Verdad Revelada” sea una y única para todos, es natural que éstas trabajen incesantemente para ocupar mayores espacios y poder en el peculiar mercado de almas (mediante una especie, quién lo dijera, de selección darwiniana entre diversos sistemas de creencias); pero, a la vez, sus manifestaciones distorsionadas pueden ser en extremo peligrosas para los márgenes de libertad, laicismo y, en el fondo, democracia, que mal que bien se ha dado el mundo, en especial tras el final de la Guerra Fría, y para la consolidación de los instrumentos educativos, científicos y, en suma, racionales que, al lado de los nutrientes espirituales, proveen a los individuos de una vida razonablemente coherente en términos de bienestar y de plenitud interior. El resultado, de cualquier modo, es que la competencia intrarreligiosa podrían estarla ganando los segmentos fundamentalistas y ello augura un nivel de conflicto que puede lesionar tanto la práctica saludable de la fe como el ejercicio pleno de las libertades básicas de creencias, de expresión y de conciencia.

Aunque no hay todavía una reflexión suficientemente convincente y con alguna base empírica que aclare la naturaleza actual de este fenómeno podrían apuntarse dos ideas que parecen chocar entre sí. Por el lado digamos civilizado y razonable, la religión no es sólo una de las herencias fundacionales en la historia de la humanidad ni solo un conjunto de creencias que proporciona una herramienta psicológica y espiritual para complementar de una forma los misterios del universo material que la ciencia y la razón enfocan de otra, sino también un sitio de interacción social en el que conviven individuos o clases que, de otra suerte, jamás compartirían un espacio común.

Pero, por el lado negativo, la manipulación perversa de las religiones, atizada si se quiere por una supuesta pérdida de identidad étnica, política o cultural producto, en apariencia, de la pretendida homogeneización de patrones de conducta que genera la globalización o los valores llamados occidentales, ha degenerado en el afán de excluir al adversario, al que piensa de otra manera, al que elige un código valoral heterodoxo o, sencillamente, al que, en uso de su absoluta libertad, no cree.

Algo andará bastante mal en esa tensión interreligiosa —de la que la enfurecida respuesta a la conferencia de Ratzinger es la muestra más reciente como antes lo fue la Inquisición o el maltrato del Vaticano a los judíos— cuando los datos enseñan que, debido a los radicalismos religiosos de todo tipo y a su expresión política y/o electoral, desde el año 2000 el 43% de las guerras civiles han tenido un origen religioso, mientras que en la década 1940-1950 esa proporción era de solo 25% (T.S. Shah, M. Duffy Toft, Why God is winning, Foreign Policy, july-august 2005). Tal intolerancia es no sólo moralmente injustificable y condenable, sino también políticamente peligrosa e incompatible para las sociedades civilizadas y esto es algo que solo puede combatirse denunciando los abusos y los excesos cometidos por los integrismos religiosos, utilizando la mayor libertad para vivir, pensar y conducirse como se prefiera, defendiendo los Estados laicos y preservando la democracia representativa, en cuyo corazón está el derecho a elegir.
En ese sentido, el episodio de Ratzinger —quién probablemente pudo haber sido más cuidadoso dada la irracionalidad de algunos grupos musulmanes— debe ser aprovechado para insistir, en una era en que las creencias religiosas parecen derivar en fundamentalismos y radicalismos políticos, en que la tendencia hacia la exclusión de quienes piensan distinto lesiona gravemente el tejido social y, peor aún, puede volverse en contra de quienes la ejerzan. Esta es una lección que todos los que practican una fe —especialmente los fanáticos de cualquier religión— debieran aprender y valorar.
El establecimiento del laicismo como una forma de garantizar la convivencia civilizada de distintas culturas y el respeto a la pluralidad de credos ha sido, sin duda, uno de los pilares esenciales en la formación de las naciones occidentales y es la gran herencia de la Ilustración. Y es, en suma, la mejor manera que tienen el individuo y la ciudadanía de defender su independencia y su libertad de conciencia, principios que el estado tiene la obligación de garantizar para todos y en todos los ámbitos.

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