Religión fuera de la escuela. Argumentario A

En un aparte de una reunión crítica surgió el debate citado a raiz de mi comentario sobre los inconvenientes que sigue propiciando la jerarquía eclesial en la educación y en la crisis actual. Una pareja (él de familia de izquierdas y descreído, ella demócrata bienintencionada) quiso pegar la hebra interpelándome y concitando la atención de varias personas próximas. Él se mostró de acuerdo en mi reivindicación sin ocultar las dificultades para realizarla en su pueblo de origen. Y ello tras recordar que su niñez en que casi ningún hombre y pocas mujeres, éstas en funerales y pocos más, entraban a la iglesia Ella, que no veía tal necesidad, explicando que había cursado formación profesional pudiendo eludir las clases de religión, pidió que argumentara mi drástica y conflictiva postura.

Empecé citando al sabio humanista José Luis Sampedro: “A nuestros niños primero se les obliga a creer en algo, y luego a razonar o comprender ese algo arbitrario en lo que ya creían”.

Seguí describiendo la llorosa desorientación de Dani, un ex-alumno mío de once años, cuando hace más de veinte me decía: Maestro, estoy hecho un lío. En naturales estudiamos que los seres vivos se han ido formando por evolución. Sin embargo, en religión la maestra insiste en que todo ocurrió en siete días, como dice la Biblia.

No tuve que insistir, una otra compañera presente relató la experiencia estigmatizadora que tuvo que sufrir ella y su propia familia en su escolaridad cuando era la única alumna que salía de clase a la hora de religión. No eran pocos los comentarios denigrantes por no ser “como Dios manda” en boca de compañeros, sus familiares y/o algún enseñante integrista que nunca faltaban.

El compañero de la interpelante inicial se animó detallando las experiencias familiares de su tía-abuela pelada por descreída y roja, o de su abuelo repitiendo un lacónico siempre juntos, que me acabarían aclarando, referidos al cura y al cacique que elegía a los jornaleros humildes en la plaza.

Ella insistía en que muy bien, que todo eso que se decía eran cosas del pasado, hoy felizmente superado. Bueno, quizá alguna cosa como la imposición del aborto es ese mismo pasado.

Anita, probablemente la persona más veterana de la reunión, rompió su prudente silencio , con una voz serena que contrastaba con el temblorcillo de sus labios, diciendo –Muchacha, perdona que nos hayamos equivocado las personas mayores y que (por miedo, por prudencia o por una ingénua ilusión pacificadora) hayamos ocultado una dura realidad que nos ha confundido a todos. Anita tomó un respiro mientras construyó su más venerable sonrisa para continuar. Decías que el tiempo de vuestros abuelos estaba felizmente superado. ¿Hay grandes diferencias entre aquellos jornaleros de las plazas de los pueblos con pocos y escasos jornales, y la gente joven de hoy con salarios de esclavitud y obligados a la emigración? Pero en esa situación se vuelve a meter a la religión. Para solucionar el problema, la ministra Báñez como la Sra. Botella o Felipe VI con Rajoy y Sra. Merquel se encomiendan a la virgen de turno o a Santiago Matamoros. Eso de proponer que los ricos sean menos ricos para que los pobres lo sean menos es cosa de “antiespañoles”. Es mejor rezar que aplicar racionalidad combatiendo la corrupción y los privilegios de la España, España, España. Para solucionar los problemas policiales del consecuente “desorden” público nos volvemos a encomendar a la virgen y le damos la medalla al mérito policial. Así los inmigrantes muertos en Melilla o por la concertinas o las personas cegadas al defender sus derechos, lo serán por designio divino. Ah, sí en la educación hay que mantener también la influencia de los colegios del Opus Dei y la segregación por sexos. Esa es otra de las prioridades de Wert, como frente a los recortes educativos defender la fiesta nacional taurina. No compañera, el nacional catolicismo no está felizmente superado. Mira. En su mano izquierda apareció una antigua moneda de peseta que enfocada por la lupa de su temblorosa mano derecha, nos permitió seguir sus palabras : Francisco Franco, Caudillo de España por la gracia de Dios. Ante cierta extrañeza en algunas caras, Anita continuó: Tras la Cruzada, como Franco llamaba a su sublevación, el general acudía bajo palio a frecuentes actos. Los no creyentes o “antiespañoles” tenían que simular la fe impuesta en la escuela y en la política. Hoy pese a la creciente secularización social, en la escuela y en la vida política va a más el número de autoridades que entran bajo el palio o manto religioso. Así se reverdecen esas creencias dogmáticas infantiles.

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