Regreso a la Edad Media

La bruma densa se había apoderado del páramo agreste, y desde la distancia no obstante se podía observar la silueta de un sólido castillo. Las casas humildes se apiñaban alrededor de sus murallas, y algunos campos de labranza herían con sus líneas simétricas el suelo de la campiña. Solo algunas casas de familias nobles o adineradas, se encontraban intramuros al cobijo del edificio militar. Y por supuesto compartía esta seguridad, una iglesia de mediano tamaño, que además hacía las veces de hogar de los monjes que tanto hacían por la comunidad y por el señor feudal.

Cuando atacaban los enemigos en alguna de las razias habituales en aquélla época oscura, solo los ricos y los curas estaban a salvo bajo el manto del poder militar y político. La ley impuesta por la fuerza protegía a los religiosos, y a cambio como no, éstos otorgaban sus bendiciones y el visto bueno divino al dueño del castillo. La Iglesia y la Política, iban cogidos de la mano.

Y pasaron los años y los siglos, y la Iglesia siguió cobijada bajo el poder cambiante, a cambio del apoyo directo de Dios al rey, presidente o cabecilla de turno. Se asentaron en la clase eclesial, una serie de privilegios políticos, fiscales, sociales, económicos e incluso morales, ajenos al resto de los ciudadanos. Al fin y al cabo, pensaban los monarcas, los jefes de estado y los dictadores, había que estar a bien con “el de arriba”, y por tanto sus embajadores en la tierra podían hacer “lo que les diese la gana”. Pero finalmente el pueblo despertó. Llegó la revolución liberal, la ilustración, la reforma religiosa, la revolución industrial, social y cultural, el mundo se hizo más pequeño, y aparecieron otras religiones politeístas o ateas, sin dios, y la Iglesia comenzó en apariencia a perder su poder político. Las democracias occidentales dictaron constituciones laicas, y en la mayoría de países, al menos sobre el papel, los privilegios de la Iglesia cesaron.

En teoría, esos muros protectores que en la Edad Media protegían al clero, habían sido derribados, y al fin, en España algo más tarde por mor de la pervivencia de la dictadura, los ciudadanos éramos iguales ante la Ley sin importar las creencias que profesáramos y sin depender de la voluntad del clero.

Sin embargo, en 2012 hemos vuelto a la Edad Media en España. Los religiosos mantienen gran parte de sus privilegios, y pueden no acatar la Ley y las decisiones judiciales, sin importarles estar en un estado democrático, laico y libre, regido por una Constitución.

Porque en octubre de este año que ya agoniza, la Jueza de 1ª Instancia 9 de la ciudad de Valencia, dictó una resolución en la que reconocía a 21 valencianos el derecho a conocer la identidad de sus madres biológicas, y para ello obligaba a las religiosas de la Casa Cuna Santa Isabel de Valencia a entregar los datos de las mismas, pues en esa institución religiosa fue donde se asilaron las mujeres para dar a luz a sus hijos que ahora con anhelo las quieren encontrar.

Sin embargo, y para sorpresa de todos, menos quizá de la propia clase eclesial que aún es conocedora de que sus privilegios medievales subsisten, las monjas no han cumplido la orden judicial. Para ello, sabedoras de que la Ley les obliga, no han dudado en mentir al propio Juez, diciendo que no tomaban los datos de las mujeres que acogían en su institución, y además que ninguna de las monjas que en la actualidad trabaja en la Casa Cuna, estaba en los años 60 a 80 del S. XX, y por tanto no pueden ser conocedoras de los partos ni de las adopciones que allí se tramitaban.

Dos mentiras sangrantes cuya falsedad se puede fácilmente demostrar, hechas con absoluto descaro e impunidad, con el único objetivo de no cumplir la Ley, y frustrar el legítimo derecho de esos hijos a saber de las mujeres que les trajeron al mundo.

Pero hemos vuelto a la Edad Media. Y esas mentiras flagrantes hechas ante un órgano judicial de la democracia, quedarán posiblemente impunes. Ya la madre superiora, antes de recibir la orden judicial, se interesaba vivazmente por la identidad del Juez que llevaría el caso, presumiendo descaradamente de que su institución estaba muy protegida por el poder. Si el delito de falsedad que han cometido, no acarrea la consiguiente condena, no tendremos más remedio que asumir que la iglesia sigue bajo la sombra de ese castillo protector, contra el que el pueblo llano, por mucha democracia que exista, no podrá hacer nada.

Pero las monjas no sólo ostentan ese poder para no cumplir una resolución judicial. También mantienen íntegro su desprecio por los que tratamos de ejercer la ley laica y democrática. Ese desprecio y altanería que dan tantos años de poder dictatorial.

Así, cuando conocieron la demanda de esos valencianos para conocer la identidad de su madre biológica, manifestaron a los medios de comunicación que ellas, ¡cómo no!, iban a acatar la decisión del Juez.

Sin embargo, su burla fue cruel, pues al recibir esa orden judicial, como hemos dicho, mintieron diciendo que no tenían datos y que ellas no estaban “allí”, pero que para demostrar su espíritu de colaboración con la justicia darían todos los datos desde 1.992, eso sí, después de dejar bien claro que desde 1.989 en la Casa Cuna ya no habían nacimientos ni adopciones… Humillante respuesta para los hijos adoptados que buscan la identidad de sus madres ¿para qué vamos a querer los datos de mujeres que no dieron a luz y que en nada nos atañen por tanto?

Por otro lado, y de forma ya no pública, las religiosas siempre se han burlado de los intentos de los hijos por conocer sus orígenes. Siempre han sido conscientes de su poder y de la protección de los que mandan, y cuando esos hijos han hablado con ellas pidiéndoles extrajudicialmente los datos de sus ascendientes, ellas se han reído diciendo que nunca los darían, que se los llevarían a la tumba, y que les daba igual la Ley, la Constitución, los jueces los fiscales y los derechos civiles democráticos. Ellas pensaban que no debía haber reencuentros entre madres e hijos, y no los habría jamás. Ni tan siquiera como en los casos en los que tanto la madre como el hijo se han buscado.

Ellas viven en otro mundo. Todavía están en la Edad Media, protegidas tras los muros infranqueables de sus Señores, los que ahora se llaman políticos democráticos.

Y un grupo de ciudadanos valencianos, impotentes, nos encontramos al otro lado de esas piedras de silencio, sin armas, sin esperanza, engañados, y viendo como nuestra democracia y nuestras leyes se diluyen sin poder, ante el monstruo omnipotente al que nos enfrentamos.

Y lo que es peor, sin lograr conocer ni abrazar a las madres que nos trajeron al mundo, y que en algún lugar lejano estarán derramando sus lágrimas de dolor por el recuerdo de sus hijos, mientras una bruma densa se apodera del páramo agreste en el que se han convertido sus vidas de ausencia.

ENRIQUE J. VILA TORRES
Abogado, Escritor
Presidente nacional SOS BEBES ROBADOS
Secretario nacional SOS RAICES ADOPTADOS
www.bufetevila.blogspot.com
bufetevila@bufetevila.com
+34 661 857 939

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