Reflexiones sobre educación e Iglesia en el Estado Liberal español

En principio, el naciente Estado liberal en el siglo XIX planteó desde la propia Constitución de 1812 que la educación era una competencia fundamental del Estado. En este mismo texto constitucional fue elevada a derecho, aunque luego no apareciera en las siguientes Constituciones. Para cumplir con la garantía del mismo había que construir un sistema educativo nacional, ya que, además, el liberalismo español era claramente centralista y buscaba la uniformidad educativa como uno de los pilares de la afirmación de la nación española frente a cualquier particularismo o concepción territorial distinta.

Pero la Iglesia española no estaba a dispuesta a perder su función educativa, después de estar perdiendo su poder administrativo, económico y ver cómo entraba en crisis su función de asistencia social. Pero la educación era una función casi sagrada, fundamental en la tarea evangelizadora, así como conformadora de la moral y los valores que la Iglesia consideraba que debían tener los españoles y, especialmente, sus élites, y más en un momento histórico en el que avanzaba la secularización y el anticlericalismo. Así pues, se planteó un conflicto entre un Estado que quería monopolizar la educación, y una Iglesia muy reacia a perder su papel casi hegemónico en esta materia desde el pasado más remoto.

La solución al conflicto llegó cuando el liberalismo más moderado consiguió el cuasi monopolio del poder con el reinado efectivo de Isabel II en la Década Moderada, después de los vaivenes políticos de la época de las Regencia donde el liberalismo progresista había conseguido avanzar en varios frente arrancando poder a la Iglesia, al menos en lo económico. Efectivamente, los moderados llegaron a un acuerdo con Roma para establecer sólidos y perdurables vínculos con el nuevo Estado liberal, a través del Concordato de 1851. Además de frenar la desamortización eclesiástica aunque, eso sí, sin derecho a devolución de lo ya vendido, la Iglesia consiguió el control ideológico de la educación en España al exigir su confesionalidad. La Iglesia ejercería la inspección y control de todos los aspectos no sólo ideológicos, sino también morales de todo lo que debían aprender los españoles en los distintos niveles educativos, además de velar por la educación religiosa de los mismos, tanto en la escuela privada como en la pública.

La victoria de la Iglesia fue producto no sólo de la propia tendencia conservadora de una gran parte del liberalismo español, sino de su propia movilización. En este sentido, empleó dos argumentos para justificar el mantenimiento de su papel en la educación. Uno era eminentemente religioso, y el otro apelaba a la Historia. En primer lugar, la Iglesia era la única institución que había recibido el mandato divino para enseñar, y, en segundo lugar, el Estado nunca se había preocupado por la educación, aspecto que, por otra parte, era casi incontestable, ya que, solamente la Ilustración había intentado influir a través del despotismo ilustrado para reivindicar el papel del Estado en el fomento y sostenimiento de la educación.

Por fin, la Iglesia empleó un tercer argumento justificativo sobre su planteamiento educativo, y para ello, hizo suyo uno de los objetivos del Estado liberal, el que relacionaba educación con nacionalismo y patriotismo, aunque reinterpretándolo en clave religiosa. Si lo que se pretendía era fortalecer la unidad de España, y ésta se vinculaba a la religiosa, estaba claro que la enseñanza religiosa era patriótica. Este argumento tendría un evidente éxito en el futuro, especialmente en el franquismo, tanto en el listado de justificaciones de la sublevación del 18 de julio, como en la construcción del primer sistema educativo en la posguerra donde el Estado cedió evidente terreno en materia educativa en favor de la Iglesia.

El momento clave del predominio católico en la enseñanza llegaría después del Sexenio Democrático con la Restauración borbónica. La Iglesia española reafirmó su poder, y en la educación fue el campo donde fue más evidente. Las órdenes religiosas se adueñaron de la educación frente a una clara dejación del Estado construido por Cánovas del Castillo. La única respuesta a este incontestable poder religioso tuvo que venir del ámbito privado progresista y laico que supuso la Institución Libre de Enseñanza, que planteó un modelo alternativo muy moderno.

A pesar del carácter minoritario de la ILE, la Iglesia se aprestó a combatirla con vigor. La Institución Libre de Enseñanza planteaba, como hemos apuntado, un modelo que resultaba muy atractivo porque primaba claramente el aprendizaje significativo, de materias y ámbitos no tratados, y con un nivel muy alto. Al calor de la ILE el progresismo español en todas sus facetas comenzó a abrir escuelas laicas que cuestionaban el modelo memorístico y rígido de gran parte, aunque no de toda, que tenía la Iglesia. Por eso las autoridades eclesiásticas se empeñaron no sólo en la crítica de estas escuelas, sino en intentar influir en el gobierno para que no se autorizase la apertura de las mismas, y eso que el número de escuelas laicas nunca se acercó, ni de lejos, al de las escuelas católicas.

Eduardo Montagut. Historiador

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