Razones para no morir

No hay valor religioso, moral ni intelectual que pueda imponerse sobre el derecho a una muerte digna

La publicidad moderna ya no vende productos, sino emociones. Nos invita a comprar un determinado modelo de coche porque conduciéndolo vamos a sentirnos aventureros, seductores y libres, y cuando canta las excelencias de un perfume omite describir cómo huele porque en realidad eso es lo de menos; lo que debe saber el comprador es que su rociado le transportará a algún lugar exótico. No importa qué vendas, sino cómo lo vendas. Es algo que parece haber tenido muy presente la Conferencia Episcopal en el lanzamiento de su última campaña publicitaria en favor de la vida.
El vídeo de presentación está tejido de escenas conmovedoras donde el dolor y la enfermedad acaban pareciéndose más a un chollo que a una desgracia. Esta vez no hay hipérboles ni concesiones al tremendismo, aunque sí acertijos como el que dice «la vida es tuya pero no te pertenece». Pero el gran argumento de la cinta es el gol de Iniesta. En una habitación de hospital, un paciente longevo postrado en cama y su acompañante, otro hombre joven que podría ser tanto hijo como nieto suyo, oyen la retransmisión del partido. Y en el momento del gol, el válido salta de la silla haciendo aspavientos de alegría mientras el dependiente esboza una sonrisa de distante satisfacción. Luego recibe el abrazo desaforado del otro mientras por la radio suena la voz del locutor que celebra el histórico tanto.
¿Por qué merece la pena prolongar la vida contra viento y marea? Porque si no lo haces te puedes perder un gol de Iniesta, cosa que lamentarás durante toda la eternidad. Mientras el Gobierno anuncia para dentro de pocos días la presentación en el Congreso de los Diputados de un proyecto de ley de regulación de los cuidados paliativos, la Iglesia condena el ejercicio del derecho a una muerte digna con poderosos argumentos. Siempre hay una razón para vivir, recuerda el vídeo. Y es cierto, pero cuando se tienen muchos y fuertes motivos para abandonar la vida no parece que baste una sola razón, por muy balompédica que esta sea, para desistir de hacerlo.
A veces, sin darnos cuenta, creemos razonar cuando en realidad estamos haciendo el trabajo al adversario. Suponiendo que el modelo de razón para vivir venga dado por la victoria de la selección en el Mundial de Sudáfrica, ¿qué pasará cuando Iniesta no meta goles y La Roja quede eliminada en los cuartos de final? ¿Habrá que invitar entonces al suicidio? Tan cierto como que la vida está por encima de cualquier otro bien es que nada justifica la condena a una agonía prolongada en medio del sufrimiento. No hay valor religioso, moral ni intelectual que pueda imponerse sobre el derecho a morir dignamente. Tal vez como los obispos lo saben su campaña ha tenido que renunciar a la argumentación racional para cobijarse en la retórica meliflua de las emociones. No parece una brillante aportación al debate pendiente sobre la eutanasia.
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