Ramadán con novedades

El calendario islámico avanza el inicio del mes, que coincide con los días de más horas de luz solar

Parece que el próximo día 21 de agosto la mayoría de musulmanes empezarán el Ramadán, es decir, se iniciará el noveno mes del calendario islámico en cuyas horas de luz nada puede entrar en el cuerpo de los fieles del islam que estén sanos de mente y cuerpo. Generalmente, se asocia este precepto con la prohibición de beber y comer, pero tal como lo redacta el texto sagrado, se incluye cualquier materia ajena al cuerpo de los musulmanes: masticar chicle, fumar, inhalar cualquier sustancia, realizar el coito, etcétera.
Es evidente que todo tipo de medicamentos están permitidos, sea cual sea la vía y la frecuencia de su administración. También se procura leer y meditar sobre el islam, hacer el bien, ayudar al prójimo, fomentar la convivencia, las buenas costumbres y las buenas relaciones. Esto es así porque el islam cree que durante el Ramadán se inició la primera revelación que más adelante constituiría el Corán.

Este libro sagrado estipula, asimismo, que no deben observar las citadas prohibiciones diurnas los musulmanes que se encuentren de viaje porque, siendo como fue revelada la doctrina del islam en la primera mitad del siglo VII y en un medio desértico de población mayoritariamente nómada, es natural que fuera muy difícil para sus seguidores pasarse el día viajando y, además, sin beber. Muy distinto resulta ahora para algunos ricos del petroislam que viajan en sus jets particulares, con aire acondicionado y todo tipo de comodidades.
Muchos musulmanes creen que las mujeres menstruantes están exentas porque equiparan la menstruación con una enfermedad, pero el motivo es otro: dado que en el judaísmo y el islam el fiel tiene que estar en estado de pureza ritual para que tenga validez cualquier acto religioso que realice, y puesto que se cree que cualquier líquido que emane del cuerpo de una persona (salvo el sudor) le hace perder a esta su estado de pureza, observar el Ramadán, rezar o cumplir con cualquier acto de culto resulta inútil para una mujer menstruante.
Partiendo de esta premisa, algunos creyentes han llegado a defender la inferioridad de la mujer con la siguiente argumentación: «como toda mujer tendrá una media de cinco o seis días de menstruación, unas 13 veces al año, y que esto sucederá a lo largo de unos 40 años de su vida, las mujeres tienen, en consecuencia, menos días de religión y, por lo tanto, están disminuidas desde el punto de vista religioso».
Por otro lado, es evidente que en este mes de agosto se inician una serie de ramadanes especialmente duros, porque como el calendario islámico tiene unos 13 días menos que el occidental, su inicio va adelantándose cada año, y pronto se dará en los días de más horas de luz solar hasta que no vuelva a caer en febrero o enero, hacia los años 2029 y 2030.
Los musulmanes llevan tiempo descompasados respecto a la fijación del inicio y el final de los meses de su calendario, y esto se pone especialmente de manifiesto en el Ramadán: en general, chiís y sunís no lo empiezan ni lo terminan en las mismas fechas y se producen un par de días de desfase. El motivo radica en la peculiar redacción del texto sagrado, que indica que hay que ver el creciente de la luna nueva de cada ciclo lunar para empezar un nuevo mes y el del siguiente ciclo para darlo por terminado. Esto provoca que, si un atardecer está nublado en un determinado lugar, no pueda verse la luna. Hasta hace poco, los musulmanes catalanes que viven del Maresme hacia arriba seguían el aviso de la observación del creciente emitido por una radio islámica francesa, mientras que los que viven al sur del Maresme siguen el de una emisora argelina. Los chiís lo deciden por su cuenta y siempre, como mínimo, con un día de retraso.
No hace falta decir que muchas más diferencias se han producido y se producen entre musulmanes chinos, africanos, americanos o malayos, y eso a menudo dificulta la fijación y el estudio de datos históricos porque no siempre los meses han empezado homogéneamente a lo largo de todo el vasto Imperio del islam. Así se pudo comprobar el buen asesoramiento con el que contaba el Gobierno de Clinton cuando, en diciembre de 1998, emitió un comunicado en el que advertía a Sadam Husein que dejaría de bombardear Bagdad «al inicio del Ramadán», sin especificar la fecha del fin de las hostilidades.

No obstante, es sabido que puede determinarse muy fácilmente el inicio de cada creciente lunar mediante los cálculos astronómicos pertinentes, tal como hace ya tiempo que han aceptado hacer los judíos para fijar el inicio de sus meses y tal como podemos comprobar en los numerosos calendarios que dibujan las cuatro fases lunares.
Este año, y con el fin de unificar las fechas de una vez por todas, la sección catalana de la Unión de Comunidades Islámicas de España y la Comisión Islámica de España acaban de publicar (el pasado 4 de agosto) un llamamiento en el que recuerdan a los musulmanes hispánicos que, en 1986, el Consejo Internacional de Expertos en fiqh o derecho islámico ya acordó que todo el mundo siguiera la aparición del creciente lunar de la población de La Meca, ciudad emblemática, como es sabido, para todos los musulmanes.
En caso de que el día correspondiente no pudiera producirse la visión del creciente lunar, se esperaría al día siguiente y, si ese día también las nubes lo impidieran, al tercer día se fijan los inicios de cada uno de los meses del calendario islámico.
¡Ojalá este llamamiento tenga efecto! Los musulmanes coincidirían en su celebración y los futuros historiadores lo tendrían más fácil dentro de un tiempo.

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