Rajoy y su profunda espiritualidad

Tenemos un presidente de Gobierno que los españoles no merecemos. No sólo dedica un día de sus vacaciones a visitar Almonte y participar en la fiesta religiosa (aunque de orígenes pre-cristianos) del llamado Rocío Chico, sino que, además, reblandecidas sus neuronas por la emoción rociera, dejó constancia de su famosa adhesión a lo religioso dignándose a expresar con efusión su honda espiritualidad. Y mostró, a su vez, sus profundos conocimientos de los ámbitos más sublimes y transcendentes del género humano, probablemente derivados de arduas y complejas lecturas sobre sabiduría universal. ¡Vaya!, que se emocionó, y de ello dejó pruebas documentales, para las generaciones venideras. ¡Qué bonito!, razonó, aludiendo a los sentimientos.

Entre devociones marianas, sevillanas, castañuelas y algún fandango de Huelva, nuestro presidente, ya digo, no pudo menos que exaltarse y, en unos momentos de febril entusiasmo, dar rienda suelta a su intenso sentir humano y religioso. “A veces estamos pensando siempre en lo material…”, dijo, “…y, al final, los seres humanos somos sobre todo personas, con alma y con sentimientos, y esto es muy bonito y me reconforta mucho”. Ni el sabio  Krishnamurti  lo hubiera expresado mejor. Vaya, que los grandes filósofos y los más avezados avatares y pensadores sobre lo trascendente se quedan lejos ante tan profunda y reflexiva afirmación, sólo equiparable a las más excelsas sentencias, como el Oráculo de Delfos.

No cabe duda de que Mariano Rajoy se siente reconfortado ante las celebraciones marianas (valga la redundancia), ya que todos conocemos su estrecha relación con los dictámenes de la Iglesia. Se opone al aborto legal: ya sabemos todos que las mujeres peperas que quieran abortar sin riesgo médico lo hacen en clínicas privadas o del extranjero ¿para qué más zarandajas? Se opone al matrimonio homosexual, porque, a todas luces, los homosexuales tienen derecho a ejercer su condición, eso sí, como dios manda, a escondidas, y que no se quejen, que antes se les quemaba en las hogueras. Se opone, como de todos es sabido, a esa asignatura del demonio que los socialistas impusieron en las escuelas, y que por fin ha suprimido, ésa que hablaba de conocimiento, de derechos, de democracia y de libertades ¿a dónde vamos a llegar?

Total, desligarse de la aconfesionalidad del Estado Español, que reza (también valga la redundancia) en la Constitución de 1978, es pecata minuta al lado del bienestar moral que brindan estas pintorescas y místicas celebraciones. Porque tampoco cabe duda de la inmensa espiritualidad que subyace en el trasfondo de esta visita. Se hacen evidentes la energía, el tiempo y el interés que el presidente ha dedicado a conocer las cuestiones humanas y espirituales para llegar a la sabia conclusión (de la que muchos de sus colegas probablemente estén a años luz) de que los seres humanos somos sobre todo personas, con alma y con sentimientos.

Y no es que se le olvide al presidente ese humanismo rociero cuando se percata de que en los últimos meses, a causa de la crisis y de los recortes, los suicidios se han incrementado en España alrededor de un sesenta por ciento. No, ¡qué va! Seguramente lo sentirá en el alma, que ya conocemos que sabe que las personas tenemos alma y sentimientos. Pero acaso, como devoto creyente en la vida de ultratumba eterna, se sienta también reconfortado por la idea de que esos desesperados han pasado, literalmente, a mejor vida. Porque estarán en el limbo, o hasta quizás en el cielo; y allí no necesitarán comer, ni pagar hipotecas, ni trabajar para salir adelante. Allí, seguramente, vírgenes, santos, ángeles y arcángeles se lo darán todo hecho. La religión, como bien sabe el presidente, siempre es un bálsamo y un consuelo.

Coral Bravo es doctora en Filología

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