¿Qué se aborta cuando se aborta?

En la cuestión del aborto los teólogos no tienen nada que aportar que merezca la pena. Algo que yo encuentro especialmente vergonzoso en la religión es ese inculcar como virtud el estar satisfecho de la ignorancia, el buscar el vacío del conocimiento para, por defecto, llenarlo de Dios de modo deshonesto.

Ante todo y de salida hay que decir que el raciocinio y el pensar humano es quien determina y debe indicar qué es bueno y qué malo, qué verdad y falsedad, qué vida y qué muerte, es el hombre/mujer con su pensar y discurrir quien debe regular la normativa del aborto y no debe escaparse y dejar de hacer su tarea aduciendo otras voces divinas, normas escritas por ángeles o dioses o marcadas a fuego por no sé qué rayos congénitos.

La Iglesia católica y sus voceros, tan guerreros y acostumbrados a intervenir en las decisiones públicas de las gentes, familias, instituciones y gobiernos, recurren a las tablas de la ley divina para amordazar al humano en su pensar y discutir con su -cuando les conviene- llamado «magisterio no solapado», que declara que una cosa es lo científico y otra lo sobrenatural, pero -cuando no- sí lo solapan inmiscuyéndose en la regulación de las leyes de los humanos, en la «dramática» regulación del aborto. Es más problema humano el viviente asesinado, malnutrido y torturado que el no nacido. Porque ¿cuáles son esas cuestiones definitivas en cuya presencia la religión es el invitado de honor y la ciencia debe hacer mutis respetuosamente? «¿Por qué algunos científicos son tan ansiosamente respetuosos con las ambiciones de los teólogos sobre cuestiones en las que estos ciertamente no están más cualificados para responder que los propios científicos?». Si la ciencia no puede responder alguna cuestión definitiva, ¿qué es lo que hace que alguien piense que la religión sí puede? En la cuestión del aborto los teólogos no tienen nada que aportar que merezca la pena. Algo que yo encuentro especialmente vergonzoso en la religión es ese inculcar como virtud el estar satisfecho de la ignorancia, el buscar el vacío del conocimiento para, por defecto, llenarlo de Dios de modo deshonesto.

A la hora de explicar el proceso humano se debe partir de la evolución humana, de la evolución de las especies de Charles Darwin, y no del creacionionismo bíblico de Yahvé, de un dios creador. O, con otras palabras, se debe acudir a la ciencia y no a la superstición. El gran científico colombiano Rodolfo Llinás, con mucha investigación y muchos premios a su espalda, conocido mundialmente por sus trabajos sobre la actividad cerebral y la conciencia, sostiene que «los seres humanos no tenemos cerebro, somos nuestro cerebro. Cuando le cortan la cabeza a uno no lo decapitan sino que lo decorporan. Porque es en este prodigioso órgano donde somos, donde se genera nuestra autoconciencia, el yo de cada uno».

Y a la luz de los conocimientos actuales sobre el proceso embrionario autores prestigiosos en este campo, como por ejemplo Francisco J. Ayala, sostienen que estas capacidades cerebrales en el feto se ubican en la 26 o 27 semana de gestación. Por tanto, antes no se podría hablar de un yo humano o, en frase cristiana, no habría alma. En muchas manifestaciones antiabortistas subyace en el fondo que se sigue sin asimilar el hecho de la evolución, se sigue anclado en la vieja y caduca teoría religiosa-pseudocientífica del creacionismo. Es producto final de acumulación de eventos, de reacciones químicas, de procesos, de capas, de poco a poco. Resultado de una evolución, que se va generando en el vientre de mujer. Es producto de selección natural, de gradualidad, de numerosas, sucesivas y ligeras modificaciones. ¡Los creacionistas adoran y palmean los vacíos humanos como último refugio de Dios! Pero habría que decir con el genetista americano de USA Jerry Coyne que «si la historia de la ciencia nos demuestra algo es que no vamos a ninguna parte etiquetando nuestra ignorancia con la palabra Dios».

«Los vertebrados, desde los peces pasando por los lagartos hasta llegar a los humanos, se desarrollan de maneras que son notablemente parecidas durante las primeras etapas, pero se van diferenciando cada vez más a medida que los embriones se acercan a la madurez. Las semejanzas persisten durante más tiempo entre los organismos que están más estrechamente emparentados (por ejemplo, los humanos y los monos) que entre aquellos que lo están menos (los humanos y los tiburones)», Darwin y el diseño inteligente de Francisco J. Ayala. «Un conocimiento profundo del darwinismo nos enseña que el diseño (el creacionismo) no es la única alternativa a la casualidad, nos enseña a buscar escalas graduadas de complejidad incrementadas poco a poco» (Richard Dawkins). ¿Quién, antes de Darwin, podría haber imaginado que algo tan aparentemente diseñado como el ala de una libélula o el ojo de un águila fuera en realidad producto final de una larga secuencia de causas no aleatorias, sino puramente naturales?

Resulta absurdo, erróneo y tergiversador, a la luz de los conocimientos actuales, hablar desde el momento de la concepción de un yo humano. La gestación es un proceso evolutivo que, si todo transcurre bien, pasará un tiempo hasta que ese engendro humano posea la capacidad cerebral para ser un yo. Y entonces se puede hablar de un ser con capacidad humana. En la determinación de ese momento en ese proceso cabe un debate, pero antes no es lícito hablar de homicidio salvo para condenar las eternas muertes de nuestros gobiernos en su guerras de rapiña.

La regulación desde el conocimiento actual y el raciocinio y no desde la matraca y presión divina-episcopal es lo que exige el derecho de la mujer a abortar en un momento dado.

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